17 de septiembre del 2019
Fotografía AFP
11 de Agosto de 2016
Por:
Néstor Pongutá Puerto

La colombiana, que consiguió medalla de oro en salto triple, conversó con Revista Credencial sobre su entrenamiento para los Olímpicos de Río 2016. De paso, insistió en la necesidad de que le den la pensión a su abuelita y le otorguen por fin la nacionalidad a su entrenador cubano. Entrevista exclusiva desde Roma con una deportista con alma de atleta y vocación de dirigente. 

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Caterine Ibargüen, un oro más que merecido

La tarde del pasado 2 de junio, Caterine Ibargüen salió a la pista del Estadio Olímpico de Roma a buscar su trigésimo cuarto triunfo en línea en salto triple. Las condiciones climáticas en la capital italiana no eran las ideales. Notó, por ejemplo, que el viento estaba en contra y que, en consecuencia, sería difícil acercarse a sus mejores marcas. Aún así, conservó el optimismo de la mañana, cuando la vi en el hotel escuchando salsa mientras se reía porque Nike, que la surte de su indumentaria deportiva, le había enviado unas medias que todavía tenían adosado el pin de seguridad, y no sabía cómo quitárselo.

 

La competencia fue reñida hasta el sexto y último salto, cuando Caterine, tras haber pisado línea en los dos saltos anteriores, impuso la mayor distancia entre las doce atletas: 14,76 metros, suficientes para alzarse con el primer lugar. Se subió al podio sin parar de sonreír, abrazó a su técnico y luego me buscó para abrazarme a mí también y expresar: “Qué alegría por Colombia”.

 

Conocí a Caterine Ibargüen en 2013, en Bruselas, poco después de que ella obtuviera su primer campeonato mundial. Le propuse hacer un reportaje y, en vez de un artículo, surgió una excelente amistad, que se confirma cada vez que viene a Roma, o cuando nos encontramos en Colombia.

 

Roma es una de las ciudades preferidas de Caterine. Además de ser un lugar perfecto para su preparación, aquí tiene la oportunidad de maravillarse con la historia de la ciudad. Para el mundial en China, en 2015, estuvo casi un mes en la ciudad eterna, entrenando en el centro de alto rendimiento de la Guardia di Finanza de Italia. Se sintió como en casa y el resultado en Pekín fue el mejor: bicampeona mundial de salto triple.

 

Este año visitó de nuevo la capital italiana, para cumplir con la Liga Diamante. Viajó junto con su entrenador, Ubaldo Duany, con 15 días de anterioridad, para prepararse y, en sus pocos ratos libres, recorrer las calles romanas. Dos días antes de la competencia, fuimos a cenar a un restaurante cerca del Vaticano. Como siempre, fue un encuentro muy alegre. Me contó que había estado en la plaza de San Pedro, que le parecía majestuosa, y luego me bombardeó con preguntas: ¿Cómo es el papa Francisco? ¿En qué lugar fue el atentado a Juan Pablo II? ¿Quién hizo las columnas de la plaza? ¿Por qué son tan coloridos los uniformes de los guardias suizos? Escuchaba atentamente cada respuesta y me interrumpía con otras inquietudes.

 

En Roma, Caterine completó cuatro años invicta, pero tres días después, en Birmingham (Inglaterra) la racha llegó a su fin. La kazaja Olga Ripakova, la misma con quien perdió la medalla de oro en los Olímpicos de Londres, en 2012, le arrebató la que iba a ser la victoria número 35.

  

Caterine ni se preocupó. Hablamos minutos después por Skype. Se veía relajada y sonriente. Me contó que estaba alistándose para ir a entrenar y que la competencia había estado dentro de lo establecido. Remató diciendo que tenía ganas de hablar con su familia para saber cómo estaban. En ningún momento se refirió a su segundo lugar. De pronto fue lo mejor que le pudo pasar a dos meses de los Juegos Olímpicos. Es preferible perder ahora y no en las justas de Brasil. Además, su derrota sirvió para apaciguar ese triunfalismo de papel del que a veces padecemos los colombianos.

 

Lea la entrevista a Caterine Ibargúen haciendo clic aquí.

 

Aunque Caterine hace rato ganó el primer lugar en la historia del atletismo colombiano, no se lo cree. En la vida ha conocido el triunfo, pero también la derrota, la ruptura familiar y el sacrificio. Cuando apenas era una niña, se fue a vivir a la casa de la abuela, Ayola Rivas, en su natal Apartadó. Ayola era feliz viéndola jugar y correr, pero era estricta: primero estaban las obligaciones y el estudio. Si no había estudio, no había deporte. Es, quizá, la persona más importante de su vida. Añora su manera cariñosa de consentirla, la hace feliz ver cómo goza con sus triunfos, admira su generosidad y rectitud, y siempre tiene presente que, a pesar de las limitaciones, nunca permitió que le faltara nada:

 

“Mi abuelita siempre me educó con el ejemplo. Jamás vi que faltara a su trabajo y me inculcó que la responsabilidad es, sobre todo, con uno mismo”, afirma. Por eso la situación de su abuela es una de sus mayores amarguras: “Después de tantos años de trabajo, a mi abuelita del alma le están ‘embolatando’ la pensión y nadie hace nada. Cada vez que gano una medalla o una competencia importante, ahí sí me busca todo el mundo: los políticos y los dirigentes quieren estar conmigo. Otros me dicen que alcemos los brazos o hagamos la V de la victoria. Eso me molesta, no me gusta”. Es como si quisieran recoger los frutos de árboles que ni siquiera han regado. 

 

Ya recibió la Cruz de Boyacá, ha sido la deportista del año en varias oportunidades y le han dado otras distinciones y reconocimientos. Sin embargo, eso no la consuela: “Yo no necesito nada. Me haría más feliz que le dieran la pensión a mi abuelita. Eso me duele mucho, incluso un día me dijeron que, siendo yo campeona mundial, por qué no me ocupaba de ella. ¡Qué rabia! Fueron más de 20 años de trabajo honesto”, dice casi con lágrimas en los ojos y sin la sonrisa con la que ha conquistado el mundo.

 

Mejor saltar por el oro que brincar por la plata 

Después de un respetable silencio por la pesadilla de su abuela, intento cambiarle el ánimo y le cuento algo que leí en Twitter: “Dicen que tú les enseñaste a las mujeres colombianas que es mejor saltar por el oro que brincar por la plata”. Se queda mirándome un segundo y explota de nuevo con su risa maravillosa. Ella se ríe con los ojos, con las manos, con su cuerpo. Esa capacidad de recuperarse es la que le permite sobrellevar los momentos difíciles y, a pesar de “volar”, mantener los pies en la tierra.

 

Un día estábamos caminando por una plaza de Bruselas cuando, de pronto, apareció una madre con su hijo. El niño, colombiano, la reconoció. Se acercó primero tímidamente y, luego, cuando comprobó que era ella, le preguntó: “¿Nos podemos tomar una foto con usted?” La cara de Caterine se iluminó con su blanca sonrisa. El cuerpo monumental de 1,81 m se derritió. Abrazó al niño, le dio un beso, habló con él, se tomaron varias fotos y se despidió con la misma emoción. Se sentó nuevamente conmigo, y me dijo: ”Eso es lo que más me emociona, saber que tanta gente que ni conozco me quieren”.

 

El cuento es ya conocido. Aunque el deporte ha estado siempre presente en su vida, solo a los 26 años comenzó a rozar la posibilidad de ser la mejor del mundo. Ahora recuerda todo lo que hizo: “Jugué voleibol, corrí los 75 y los 150 metros, hice salto largo y salto alto. En el 2004 fui por primera vez a unos Juegos Olímpicos, en Atenas, en salto alto, pero ni pasé de la primera ronda”. 

 

Después llegaron otras decepciones: quedó por fuera de los Olímpicos de Pekín en 2008 y del mundial de atletismo en Berlín 2009. Incluso hasta llegó a pensar en el retiro. Pero en ese momento apareció el ángel de su guarda: el entrenador cubano

Ubaldo Duany, forjador de campeones, quien la tentó a entrenar con él en la Universidad Metropolitana de Puerto Rico. Ahí comenzó todo. El profe Duany no la quería en salto alto sino en salto triple. Él sabía que en esa modalidad sería la mejor.  Tenía razón. Después de la medalla de plata en Londres 2012, Caterine ganó tres ligas de Diamante y dos campeonatos mundiales. Hoy es la principal favorita para llevarse el oro en Río.

 

Por eso ella ve a Ubaldo Duany como un padre. Es, al mismo tiempo, su mejor amigo. Sin él, nada habría sido posible. Cada vez que triunfa o hay un revés, el primer abrazo es entre ambos. Antes de cada salto, se miran y se hacen un guiño: ella entiende el mensaje. Sabe si le está diciendo que el viento está en contra o a favor, a qué competidora prestar más atención, si hay que botar todo o reservarse para el próximo salto.

 

Caterine entra en situación: se concentra, mira al cielo, toma aire, abre sus brazos, los agita, baila un poco, anima al público para que le dé fuerzas, acaricia sus amuletos (los aretes que le regaló su mamá) y, finalmente, como una “gacela negra”, devora la pista. Con tres gigantescas zancadas, se suspende en el aire, levanta las piernas y aterriza, casi siempre sobrepasando los 14 metros, sin perder la sonrisa. Busca la mirada del profe y entiende, según la expresión, cómo le fue.

 

Por eso lo que pasa con su entrenador es otro dolor que le arruga el corazón: “Al profe le ha tocado duro porque son miles las cosas que tiene que pasar. Duany tiene pasaporte cubano y a veces es muy complicado sacar las visas”. De nuevo se pone seria: “Yo no me explico cómo no le han dado la nacionalidad colombiana. Se la merece por todo lo que ha hecho por el atletismo colombiano. Seguro que si fuera entrenador de fútbol o cantante, lo consentirían más; pero qué va, cada vez que debe renovar el contrato, le ponen todos los obstáculos, le dilatan los tiempos, demoran los pagos… y ni por esas ha dejado un día de entrenarme y jamás me ha dejado sola en una competencia. Eso no es justo”. 

 

 

*Publicado en la edición impresa de julio de 2016.