09 de diciembre del 2018
Archivo Particular
4 de Septiembre de 2018
Por:
Emilio Sanmiguel

El significativo caso de Nobuyuki Tsujii.

Un sueño en Carnegie Hall

Tocar en Carnegie Hall de Nueva York en el mundo del piano es el sueño largamente acariciado por los consagrados, y mucho más por quienes apenas empiezan su carrera. Triunfar allá consagra. Eso no tiene ‘vuelta de hoja’.

Pero en un caso como el de Nobuyuki Tsujii resulta doble, o triplemente significativo: nació en Tokio, el 13 de septiembre de 1988, y presentó anosftalmia, que es la ausencia completa de los ojos. No es el primer caso de un pianista invidente; en el jazz lo ha habido, como Ray Charles, Stevie Wonder, Tete Montoliu y Art Tatum. La historia registra el de Maria Theresia von Paradis, que quedó ciega a los 4 años, y para quien, aparentemente, Mozart escribió el Concierto Nº 18 en Si bemol mayor.

En todo caso, no son muchos los que se registran. Menos aún, que hayan desarrollado, como en el caso de Tsujii, una carrera deslumbrante y sin antecedentes, con faenas como medírsele a la Sonata Hammerklavier, de Beethoven, una de las obras más difíciles y exigentes de todo el repertorio, prácticamente una hora de música, en una de las rondas finales del Concurso Van Cliburn 2009, competencia en la que se alzó con la medalla de oro.

El talento de Nobu, como se le conoce en el medio pianístico, fue indudable a los dos años. A los cuatro empezó su formación en una escuela especializada para músicos invidentes, donde estudió el sistema Braille, que luego abandonó porque lo encontró extremadamente lento: aprendió de oído al escuchar grabaciones de pianistas, y para resolver los pasajes muy complejos pidió reducir la velocidad de los registros e hizo grabaciones independientes para la mano izquierda y la derecha.

Lo asombroso es que lo suyo no cayó en la repetición de esas versiones, por lo general paradigmáticas. El resultado es una interpretación personal, íntima y, en algunos casos, abiertamente novedosa y audaz. Justo lo que ocurre en su debut en Carnegie Hall, el 10 de noviembre de 2011, con 23 años.

Abrió el recital con una obra contemporánea del año 2008, Improvisación y fuga, de John Musto, para continuar con la Sonata Nº 17 en re menor “Tempestad”, op. 31 Nº 2, de Beethoven, donde se pone de manifiesto lo dicho: es su versión, por la manera cómo resuelve el último movimiento al hacer alternar trozos de lirismo con otros de amplio apasionamiento.

La primera parte cerró con Liszt. Primero, con el último de los Tres estudios de concierto, Un sospiro, donde subyuga verle resolver lo que hace famosa a la obra, los pasajes de manos cruzadas que se encargan de resolver la melodía. Enseguida, una pieza de bravura virtuosística, Paráfrasis sobre el cuarteto de Rigoletto, de Verdi. Es evidente que su técnica es de absoluta solvencia, pero sobre todo admira la limpieza en el manejo de las voces y la fluidez del fraseo.

La segunda parte es la obra de fondo de la noche: Cuadros de una exposición, de Mussorgsky. En ella puso a prueba el dominio técnico, en la que puede ser la obra más ambiciosa del piano ruso con la exitosa resolución de una partitura que es un compendio de la tradición nacionalista rusa; despliega toda una paleta colorística, no teme que el metal del piano domine en ciertos pasajes, como ocurre en La gran puerta de Kiev y en otros, como en las diferentes variables del Promenade, el sonido es aterciopelado.

El público, claro, lo ovacionó. No porque estuviera contemplando un fenómeno de superación personal, sino porque quien estaba en el escenario es un músico de muchos quilates, un artista.

Lo que siguió fue el resultado de esa ovación, los tres encores que le exigió la audiencia. El primero fue su versión de Jeanie with the Light Brown Hair, la canción de Stephen Foster; siguió con el Preludio en Re sostenido “la gota de agua” Nº 15, op. 28, de Chopin, y terminó con una obra de su autoría –olvidé decir que Nobu es compositor–: Elegy for the victims of the Earthquake an Tsunami of March 11, 2011, obra compuesta el mismo año de su debut en Carnegie Hall.

 

 

*Publicado en la edición impresa de julio de 2018.