17 de septiembre del 2019
14 de Enero de 2016
Por:
Fernando Gómez Garzón, editor

La orquesta de cámara canadiense Orpheus, que hace parte del Festival de Música de Cartagena, lleva cuarenta años demostrándolo. ¿Cómo lo hace?

 

¿Puede una orquesta tocar sin director?

La leyenda es la siguiente: durante una amigable pugna entre colegas alrededor del cuento, el escritor argentino Julio Cortázar admitió que sus cuentos nacían tras una especie de trance: le llegaban de pronto a la mente y luego, sin más, iban vertiéndose a la hoja en blanco sin que pudiera hacer mucho más al respecto, salvo servir de intermediario entre la musa y la tinta. Una vez terminado el cuento, ni siquiera lo corregía. Al informarse sobre esta extraña forma literaria de proceder, García Márquez sentenció: “Se le nota”.

Algo similar podrían pensar los críticos ortodoxos sobre la manera de interpretar, sin director, de la orquesta de cámara Orpheus, que por estos días se presenta en Cartagena como invitada del Festival Internacional de Música: por ejemplo, después de escuchar la bachiana brasileira número 9, de Heitor Villa-Lobos; o una pieza mucho más clásica: la suite para orquesta No. 3 en re mayor BWV 1068, de Johann Sebastian Bach. Son músicos de conservatorio, educados bajo los estrictos parámetros clásicos que, sin embargo, se las arreglan muy bien para tocar sin director. Alguien podría agregar: “Se les nota”. El gran mérito de Orpheus es haber podido constatar, con una consistencia en el tiempo de más de cuarenta años, que no, que no se les nota, y que ese es el secreto de su longevidad.

Durante la rueda de prensa en la que respondieron las preguntas del público, alguien preguntó: ¿Cómo así que tocan sin director? ¿Es que no han encontrado uno?

En realidad, no. La orquesta Orpheus nació a comienzos de la década del setenta. Un grupo de músicos, que se había reunido a crear un cuarteto, quiso añadir más músicos para formar una orquesta. En la época de la contracultura norteamericana, desdeñar el director era la manera de rebelarse frente al sistema, y de invocar el ideal romántico de los sesenta: no necesitamos que alguien nos diga qué hacer.

No se trataba de formar un grupo anárquico como, en un principio, amenazó en convertirse, sino de construir el medio más democrático de tocar música, es decir, libre del despotismo de los directores, muchos de los cuales suelen imponer su ley para perjuicio de los propios músicos.

La conciencia del trabajo en equipo obliga a los miembros de Orpheus a ensayar más que una orquesta con director; también, a buscar composiciones o adaptaciones exclusivas para ellos. Pero, por otra parte, gozan de la confianza de interpretar en el escenario lo que han ensayado juntos; de la complicidad de sus propios gestos para saber quién debe entrar primero, quién dicta el próximo compás, a quién hay que salvar cuando está en arenas movedizas. Porque ya no se trata del compromiso (o el odio) hacia el director. Si algo ha demostrado Orpheus es que una orquesta no es una suma de talentos que hacen lucir a una estrella, sino un acuerdo entre almas comunes que se ayudan mutuamente a ser sublimes.

Si quiere observar de cerca el trabajo de Orpheus, que ha motivado incluso rigurosas investigaciones sobre clima organizacional y otras disciplinas similares, puede buscar en YouTube sus interpretaciones de Antonio Vivaldi y Johann Sebastian Bach.