20 de agosto del 2019
Cuando trabajó en la Fundación Salvi, Sandra contribuyó a crear y posicionar el Cartagena Festival Internacional de Música.
Fotografía | Javier La Rotta
1 de Agosto de 2019
Por:
Diego Montoya Chica

La Filarmónica de Bogotá no es solamente una orquesta profesional acompañada de cuatro ensambles juveniles. Sus decenas de frentes de alto impacto social incluyen la educación musical de más de 20.000 estudiantes de colegios distritales. REVISTA CREDENCIAL habló con su directora general, Sandra Meluk.

"La frontera entre 'alta' cultura y el resto de culturas no existe"

SOBRE TODO, debe ser correcta la proporción entre carne y trigo: el doble de lo primero que de lo segundo. Mucha hierbabuena picada y, finalmente, esa particular medida de sal y de pimientas –negra y dulce–, tan difícil de describir para quienes la intuyen a ojo limpio. Desde finales del siglo XIX, cuando el primer comerciante de apellido Meluk abandonó su Siria natal para dar a las costas chocoanas, los hogares de su descendencia en Colombia huelen, frecuentemente, a kibbeh en preparación. “Pero el nuestro es horneado, no frito”, dice Sandra, nieta de ese primer Meluk damasceno y quien disfruta de la cocina casi tanto como de la música, su otra herencia familiar. Sandra hoy labra la recta final de su gestión como directora de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, posición que ocupará hasta el 31 de diciembre de este año. Pero este no es su único hito en el universo de la gestión. Antes, fue directora de programación del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, directora del Festival Internacional de Música de Cartagena y coordinadora musical de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, entre otras cosas. Y todo ello, dice, se lo debe a que en ella confluyen los dos elementos esenciales de la producción cultural: la formación como gerente y, sobre todo, la sensibilidad artística. Esta última la teje desde niña, incluso desde antes de que, a los 10 años, empezara sus estudios de violín. La bogotana hoy recuerda esos viernes en que sus padres la llevaban desde su casa, en el barrio Los Alcázares, hasta el teatro Colón. “Palco 10, piso tres”, recuerda, con una sonrisa.

 

  • Dice usted que el arte transforma a una sociedad y, justamente, trabaja en una posición del alto impacto. ¿Cómo transforma la Filarmónica a Bogotá?

Eso se puede ver de tres maneras. Primero, mire el cariño que le tiene la ciudad a una Orquesta que tiene 52 años y que nunca se ha quedado encerrada en el León de Greiff y los auditorios usuales. Al revés: siempre ha hecho conciertos en todas las localidades, tiene una programación didáctica y trabaja música colombiana. Segundo –y más recientemente– está el programa de primer empleo remunerado y formación para jóvenes instrumentistas. Ellos entran a cuatro orquestas –más pequeñas que la profesional– tras un riguroso proceso de audición: con cortina, con un jurado que no sabe quién está tocando y con un repertorio obligado. Cada año tienen que volver a audicionar. Y tercero, el aporte que considero más importante en estos últimos cuatro años: el proyecto educativo. Nació en la administración anterior, cuando salió el decreto para crear la jornada única a nivel nacional, y entonces la Secretaría de Cultura estableció una relación con la de Educación para asumir esas obras adicionales que tenían los colegios para esa jornada única. Al llegar, nos encontramos con que el proyecto estaba en 32 colegios y que teníamos 9.000 o 10.000 niños. Hoy, hay más de 20.000. Además, teníamos 300 artistas formadores dedicados y comprometidos, pero con maneras muy diferentes de enseñar. Por eso, lo primero fue ponernos de acuerdo en cómo hacerlo, en unificar el programa. Después de un proceso supremamente riguroso, desarrollamos los currículos de cada uno de los instrumentos –todos en tres niveles, básico, medio y avanzado– y capacitamos a los artistas formadores.

 

  • ¿Todo eso no implicó un importante incremento de recursos para la orquesta?

No, es más un tema de eficiencia: cuando llegamos, el costo de cada niño era casi de 1’500.000 pesos, y ahora está en 700.000 pesos. El presupuesto de la Orquesta tiene tres líneas: la artística para directores y solistas; la de los artistas juveniles y la línea para el proyecto de formación.

 

  • Uno de sus grandes retos era conseguir un director titular. Incorporó a Josep Caballé Domenech en 2018 pero, ahora, él ya no está. ¿Qué pasó ahí?

Varias cosas. Yo había trabajado con Josep cuando hicimos la Ópera Salomé recién me nombraron. Nos pasaron cosas increíbles en esa producción y es justo cuando uno tiene esos momentos de tensión mientras trabaja con otra persona cuando se sabe si va a poder hacer otros proyectos con ella. Vi que yo hacía un gran equipo con él, así que en 2017 planeamos la programación del siguiente año. En 2018 fue nuestro director titular y alcanzó a dejar lista la programación del 2019. Sin embargo, al final no fue tan fuerte la relación de él con su orquesta. A 2020, el director artístico será una decisión de la nueva administración.

 

  • Otro reto era encausar una sede para la Orquesta. ¿Cómo va eso?

Del alcalde Peñalosa hubo dos ítems que votaron de manera unánime en el Concejo: terminar la sede de la Cinemateca y gestionar la sede de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. En los estudios de audiencia que se realizan anualmente sale que 51% de ella está entre los 18 y los 35 años. Teniendo eso en cuenta, evaluamos nueve lotes y vimos que el lugar indicado es el del plan de renovación urbana de Fenicia, justo al lado de la Cinemateca y de la Universidad de los Andes. Ya salió el decreto donde dice que ese lote es para la Orquesta. Además del estudio de mercado, ya se hizo la invitación tanto a arquitectos internacionales de gran nombre –de 10 ya siete enviaron sus ideas– como a los colombianos. Creo que ese concurso lo alcanzaremos a dejar adjudicado. La sede tendrá una sala de conciertos para entre 1.000 y 1.400 asistentes, dos salas más pequeñas y una multifuncional, donde podamos ensayar pero, al mismo tiempo, hacer música a cámara.

 

  • Usted es músico de profesión, violinista. Y mucho se dice que un artista no está hecho para gerenciar grandes presupuestos. ¿Esa combinación tiene sus lados ‘flacos’, o son más bien provechosos?

Primero le contaré cómo llegué a esto. Yo era profesora de la Universidad Javeriana cuando renunció el director de carrera de música en ese momento. Nadie podía asumir el reemplazo así que me pidieron que yo lo hiciera por tres meses. Yo pensé “qué hartera”: cuando uno está del otro lado, la administración parece lo peor. ¡Y yo casi que nunca había prendido un computador! Pero me tocó, me gustó y resultó que era buena para eso. No me quedé tres meses sino siete años, y luego entré a la Maestría en Dirección Universitaria de la Universidad de los Andes. Porque hay que prepararse, como en todas las profesiones. ¿Falencias de artista? Seguro que sí, al principio fue difícil. Pero la verdad es que es súper valioso tener una formación artística porque uno es un interlocutor válido en ambos lados: me reúno con mi jefe de talento humano o miramos cómo va la licitación y todo eso lo manejo. Y luego, la charla con el director o los músicos es, también, en su lenguaje.

 

  • ¿Cree que es bueno o malo que exista una distinción entre ‘alta’ cultura y cultura ‘popular’?

La frontera no existe. Es igual de buena música un vallenato de Escalona que El mandarín maravilloso, de Bartók. Hablamos de calidad artística, independiente del género. Y en la medida en que nuestras orquestas y proyectos de formación se han metido profundo en las raíces sociales de la ciudad, todo eso se desvirtúa. Mire cómo han cambiado los modelos a seguir de los niños: los chicos del corno se cortan el pelo como el jefe de ese instrumento, por ejemplo. Entonces no, yo no puedo decir que Totó ‘la Momposina’ sea baja cultura, nunca. ¡Es más alta cultura que muchos

compositores! (risas)

 

  • Con la Fundación Salvi dirigió las primeras cuatro versiones del Festival Internacional de Música Clásica de Cartagena. Suena particularmente estresante. ¿Cómo maneja la tensión?

Yo escogí una profesión en la que el estrés está en el ADN. Pero, pese a que me tensiono como todo el mundo, lo puedo manejar. Mantengo mi vida personal, a pesar de la cantidad de trabajo que tengo: me veo con mis amigos, me gusta cocinar, leo, hago ejercicio y veo a mi familia. Voy a los conciertos porque me gusta, no porque me toque. Nunca había estado en el sector público y para mí ha sido increíble ver que todo lo que uno hace es para nueve millones de personas. Planeo bastante y me gusta cumplir lo que planeo: si algo es para el tres de diciembre, no vuelvo a preguntar por eso. Pero si ese día no está a las ocho de la mañana encima de mi escritorio, eso sí es un problema.

 

  • ¿Cómo le va con ser socialité? ¿Qué tan importante es el relacionamiento público para la gestión?

Es importantísimo. La mitad de las cosas uno las resuelve en el coctel, en la reunión social… La gestión hacia arriba se hace con la gente de arriba, y el resto se hace con los rectores, los alcaldes locales y los padres de familia. Pero más que ‘socializar’ es tener un buen relacionamiento a todo nivel. Si los padres de familia del Colegio Olaya Herrera no me creen, no me prestan los niños para la banda. Tengo problemas si no me creen los rectores, la Secretaría de Cultura o el alcalde. Pero también los embajadores, que luego no me traerían a los artistas o no me dan las visas.

 

  • ¿Cuánto cuesta anualmente mantener la Orquesta y sus proyectos asociados?

Con el respaldo de la Alcaldía, el presupuesto de inversión son 36 mil millones de pesos. Estos se invierten en los artistas, directores y orquestas juveniles, así como en el Proyecto Educativo.

 

  • Como ciudad capital, Bogotá no es solo de los bogotanos. ¿Cómo se integran las distintas regiones del país a la Filarmónica?

En la Orquesta profesional tenemos mucha gente de otros países –búlgaros, rusos, venezolanos y otros suramericanos, entre otros– así como de diversos puntos de Colombia. Todo porque los procesos de selección no distinguen procedencia. Y lo mismo pasa con las orquestas juveniles: hay muchachos de distintas partes del país. Es muy interesante ver, cuando entrevistamos a los profesores para el proyecto de formación, cuáles son las fortalezas regionales. En cuerdas, por ejemplo, nos llegan muchos de Nariño, mientras que de la zona del Atlántico nos llegan para formación coral.

 

  • ¿El logro del que más se siente orgullosa?

Entregar un proyecto de formación sistematizado, medido –pues ya hicimos un estudio de impacto social– y replicable. Los programas están en internet para quien los necesite. Además, haber recuperado

y fortalecido el amor que los bogotanos tienen por la Filarmónica.

 

  • ¿Va a regresar al violín una vez termine su gestión aquí?

¡No, nunca más volví a tocar! El día que una sobrina se iba a estudiar violín, le heredé el mío. Ya mi mundo es la gestión. Honestamente, extraño más enseñar.

 

  • Dijo amar la obra de Schubert y de Brahms. ¿Qué obras específicas recomienda a los lectores?

El Quinteto con Doble Cello de Schubert y las sinfonías de Brahms. Pero también Bach me gusta mucho: nos formamos analizando su música y por eso con él tenemos un relacionamiento más profundo. Yo le recomendaría a la gente que oiga, que busque y que vaya encontrando qué es lo que le llega al corazón.

 

*Publicado en la edición impresa de julio de 2019.