23 de septiembre del 2019
Foto Guillermo Legaria
Foto Guillermo Legaria
2 de Diciembre de 2015
Por:
Ana Catalina Baldrich

Durante cuatro generaciones los Bolaño han tocado el acordeón. De ellos escribimos en mayo de 2014 y hoy los recordamos con orgullo. Nuestra música vallenato oficialmente es un patrimonio inmaterial de la humanidad. Así lo sentenció la Unesco.

 

La dinastía juglar de la Guajira que es patrimonio inmaterial de la humanidad

Una serenata de acordeones coloridos, que evocan las notas transmitidas de padres a hijos, da la bienvenida a la casa de la familia Bolaño en la ciudad de Riohacha. Un hogar en donde, a través de historias, anécdotas, versos y canciones, se mantiene vivo el valor del folclor vallenato que un día hiciera que el patriarca Francisco Irenio Bolaño, “Chico Bolaño”, fuera considerado un juglar.

El Diccionario de la Real Academia Española dice que los juglares son poetas y trovadores, una definición que, pese a la distancia de su origen, no difiere mucho de la labor de estos hombres que a lomo de mula y con acordeón en las manos paseaban de pueblo en pueblo amenizando las parrandas o batiéndose en duelo a punta de canción.

En 1903 nació en El Molino (La Guajira) el gran “Chico Bolaño”, aquel que según su hijo Hildemaro Bolaño “no gustaba de la piqueria (duelo cantado)”, prefería tocar y versar solo por agradar, y quien es considerado un verdadero juglar gracias a sus aportes al folclor, entre ellos, la separación de los aires, que permite que en la actualidad se diferencie un paseo de un merengue, un son o una puya.

Desde muy joven “Chico Bolaño” mostró su inclinación musical. “Mi abuelo Pedro Bolaño tocaba el acordeón y mi papá desde muchacho aprendió con su hermano Mauricio, pero mi papá sobresalió”, explica un Hildemaro que hoy cuenta con 75 años y mucho orgullo por las hazañas que amigos de su padre alguna vez le contaron.

“Había un tipo en el municipio de Hatonuevo (La Guajira) que se llamaba Julio Francisco Brito, ‘el músico de la Sierra’, que durante 3 años buscó encontrarse con mi papá para desafiarlo en piqueria”, comienza a contar la historia Hildemaro, que con detalles explica cómo a lomo de mula su padre viajó a Hatonuevo sin la menor intención de aceptar el duelo de acordeón y cómo, tras la insistencia del “músico de la Sierra”, que cantó y cantó para recibir respuesta, luego de escuchar a lo lejos las notas y los versos de “Bolañito” no tuvo más remedio que preparar su mula y regresar a su casa.

“Mi papá no salió de la casa en donde estaba tocando la parranda, pero Brito lo escuchó desde afuera y cuando salieron para invitarlo a entrar y conocer a ‘Bolañito’, ‘el músico de la Sierra’ reconoció que no creía que mi papá fuera tan bueno”, cuenta entre carcajadas antes de entonar uno de los versos que su padre compuso tras este incidente: “El músico de la Sierra, se llama Julio Francisco, se vino a tocar a Hatonuevo y no pudo levantar el pico”.

“Chico Bolaño”, quien fue muy inteligente y no necesitaba escribir sus canciones, murió en 1962, a los 59 años y sin poder participar en el Festival Vallenato –cuya primera edición fue en 1968–, cuando su hijo Hildemaro, con 22 años, recién salía de la iglesia tras haberle dado el sí a Hélida Escobar.

“Habíamos salido de la iglesia y estábamos en la fiesta cuando me avisaron de la muerte de mi papá, entonces me fui y dejé a la novia”, dice Hildemaro, quien recuerda el sonido de acordeones para despedir al juglar que se hizo célebre cuando compuso “Santa Marta, Santa Marta tiene tren, Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía”.

Hildemaro, quien hoy cuenta con su propio título de juglar, por ser veterano, tener una trayectoria y haber hecho aportes al folclor, dio las primeras señales de su gusto por el acordeón cuando tenía 4 años, como empiezan todos: “neciando”, oprimiendo las teclas del instrumento cuando su padre lo tocaba.

Sin embargo, su padre no estuvo seguro de que la herencia musical vivía en su hijo hasta aquel día en el que para su sorpresa encontró a “Hildemar”, como le dicen sus amigos, sacándole ritmos a un acordeón.

“A mi papá lo invitaron a una fiesta a Dibulla y mi mamá se fue con él. Yo tenía como 11 años y mi hermano como 14, y comenzamos a tocar el acordeón, cuando llegaron, nosotros estábamos tocando y mi papá dijo: ‘Ay, sí son músicos’ ”, recuerda el hombre que hoy puede decir con orgullo que, tras aprender todo lo que su padre juglar tenía para enseñarle, fue él quien ayudó a Diomedes Díaz a aprender a cantar.

“Conocí a Diomedes porque yo arreglaba acordeones, y un amigo me lo llevó para que le arreglara uno. Él tenía una canción, la primera que compuso, y me cantó. A mí me gustó el timbre de voz, pero lo que pasaba era que no expresaba bien y perdía la medida”, cuenta con desparpajo al recordar que para ese entonces, momento en el que “el Cacique de la Junta” tenía 17 años, nadie pensaba que podría cantar.

“Yo le dije que se dejara llevar por mí, que eso se podía corregir y el hombre fue puliendo bien”, dice el juglar, quien considera que este título que le dio la gente demuestra que ha hecho bien las cosas en cuanto a la música. Al igual que su padre, Hildemaro no escribe sus canciones y se inspira en aquellas cosas que ha vivido y le han contado.

“Yo tenía un camión de mudanzas, y conocí a una señora que cada vez que su hija peleaba con el marido se la llevaba para su casa”, cuenta haciendo memoria de ese incidente, del que fue testigo y del que al final, después de una cantaleta de la suegra a su yerno, quedó la letra de “La suegra rabiosa”. “Ay me le dicen que vuelva que yo la sigo esperando porque mi vida se está acabando y yo no puedo vivir sin ella y la culpable es la suegra que se la vive llevando”.

Hildemaro, además de una lista de composiciones que no ha contado y tener entre sus recuerdos sus enseñanzas a Diomedes Díaz, tiene como máxima satisfacción haber continuado con un legado que por el momento parece no terminar y así garantizar por unos años más la existencia de su dinastía de juglares.

“Los enseñé a tocar bien y a arreglar los acordeones, me dan orgullo porque no aprendieron cosas malas”, afirma sobre sus hijos.

Edgardo Alonso Bolaño Escobar es el mayor de los hijos de la unión de Hildemaro y Hélida, nació en Villanueva y hoy, con 50 años, aunque todavía no es llamado juglar, ya comenzó a escuchar con satisfacción que los más jóvenes le dicen “maestro”.

“La gente reconoce un trabajo que uno ha hecho, reconoce que está dejando una escuela y que hay alguien aprendiendo de lo que uno hace y eso emociona”, afirma Edgardo, quien a pesar de ser hijo y nieto de juglares nunca dimensionó que podría llegar a ser uno de ellos.

“Cuando se es niño no se sueña con llegar a ser juglar. El vallenato lo toca a uno sin saber hasta dónde va a trascender”, dice, y reconoce que sí soñó con ganar un Festival Vallenato, certamen en el que participó llegando a la final, pero sin conseguir el título.

Él copió a su padre y a su abuelo, y tras “neciar” con el instrumento de su papá le pidió que le enseñara los secretos del ritmo que se transmiten de generación en generación.

“Cuando tenía 9 años papá estaba tocando una fiesta de carnaval; llegó amanecido y se acostó, dejando el acordeón, y yo me puse a tocar. A partir de ahí arranqué y él comenzó a darme clases”. 

Pese a que Hidelmaro hoy está tranquilo de haber continuado con el legado, Edgardo, quien además es enfermero, llegó a sufrir por la posibilidad de que su hijo decidiera no continuar con la tradición. “Él no mostraba interés y, después de una discusión con su hermana menor en la que ella le reclamó por no tocar el acordeón, él me dijo ‘enséñame a tocar’, y desde ahí no ha parado”.

Y es que, aunque no demostró el interés desde la infancia, hoy, con 17 años, Edgardo Alonso Bolaño Gnecco es el mejor acordeonero juvenil, tal y como lo decidió el jurado del Festival Francisco el Hombre 2014; una decisión que deja claro que el vallenato es una herencia que obliga a cumplir con el adagio “hijo de tigre sale pintado”.

Tal vez por esto, aunque tiene una edad en la que muchos deliran por ir a conciertos de música electrónica, pop o rock, él afirma sin dudar que vería a Madonna en concierto si quien abre la presentación es un artista vallenato.

Después de pedir a su padre que le enseñara a tocar, ya que le “picaba” ver que compañeros suyos, sin ser de dinastía juglar, ya tocaban, dedica tres horas diarias a ensayar el arte del acordeón, el mismo que, como a su bisabuelo, su abuelo y su papá le ha servido, entre otras cosas, para enamorar.

“¡Claro! Si no, ¿para qué soy acordeonero? Eso hace parte del paquete, en todos lados siempre gusta”, responde entre sonrisas este estudiante de ingeniería de minas, a quien, como a su bisabuelo, no le gusta la piqueria y afirma que los jóvenes de su edad deberían valorar el vallenato.

“Es la cultura de aquí, hay que preservar y cuidar lo de uno, se debe tener sentido de pertenencia con la cultura y con el folclor y si es la música de nosotros, tenemos que valorarla nosotros mismos. Si no, ¿quién más lo va a hacer?".