15 de octubre del 2018
Archivo Particular
5 de Enero de 2018
Por:
Emilio Sanmiguel

Explotado por su propio maestro de música, este prodigioso pianista, inventor del Nocturno, ha sido injustamente olvidado. Oportunidad para reivindicarlo.

El curioso caso del irlandés John Field

Hoy día el suyo sería tratado como un caso de maltrato y explotación infantil, y sobre sus consecuencias correrían ríos de tinta, aunque de lo que menos que se ocuparían sería de la música. Pero como en esos tiempos no había ni la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas ni el Bienestar Familiar, pues no hubo nada qué hacer.

 

Igualito al caso de Mozart y al de Beethoven. Solo que la posteridad llevó a estos últimos a los altares y condenó a John Field al más lamentable olvido. Lamentable y además injusto con una de las figuras decisivas en la historia del piano.

 

Irlandés, anglófobo desde luego, pelirrojo como Vivaldi, protestante, bohemio, amante de los excesos y una de las estrellas del mundo musical y social de Rusia, Field nació en Dublín en 1782, en el seno de una familia musical.

 

Su abuelo y su padre, organista y violinista, respectivamente, fueron sus primeros maestros. Cuando, luego de extenuantes jornadas de trabajo, quedó fuera de dudas que su talento era excepcional, resolvieron enviarlo con el músico más prestigioso de la ciudad, Tommaso Giordani, un napolitano que organizó su debut a los nueve años, el 24 de marzo de 1792, en un concierto que causó sensación en Dublín.

 

Por eso su padre resolvió enviarlo a Londres, como aprendiz del taller del más prestigioso pianista de la época, Muzio Clementi.

 

Clementi, nacido en Roma en 1752, desde niño se instaló en Londres y llegó a ser el pianista más importante de Europa. De hecho fue el único verdadero rival de Mozart, con quien se trenzó en una reñida competencia pianística en Viena en 1781, de la cual, con el tiempo, resultó vencedor. Además de compositor, era un verdadero hombre de negocios legendariamente avaro, cobró una exorbitante fortuna al padre de Field y se dio a la tarea de explotar al niño. Como era propietario de una fábrica de pianos, además de las clases, que aparentemente no fueron muchas, lo instaló en la vitrina de su negocio a tocar los pianos que fabricaba.

 

El testimonio del compositor alemán Louis Spohr, testigo de esa situación, no deja dudas: “Field debía tocar durante horas para mostrar a los posibles compradores las ventajas de los pianos de Clementi […] recuerdo la imagen de ese joven pálido, demasiado maduro para su edad, cuando con su ropa, que le quedaba pequeña, se puso delante del piano y estiró los brazos sobre el teclado, las mangas se encogieron casi hasta los codos»”. Clementi no se preocupaba ni por la ropa ni por la alimentación de Field, sencillamente lo explotaba y por cuenta de esas demostraciones, sin pretenderlo, logró que el muchacho adquiriera tanto renombre que hasta Haydn, cuando visitó Londres, expresó su admiración: “Field, un joven muchacho que toca el piano extremadamente bien”, escribió en 1794.

 

Las horas de esclavitud rindieron fruto porque Field, como muy pocos pianistas de la época, logró desentrañar secretos del instrumento que hasta ese momento nadie había descubierto. En 1802 Clementi lo llevó al continente en una gira, mitad musical, mitad de negocios. Field deslumbró a París, con una delicadeza y sentido del detalle que nadie había oído hasta ese momento; luego fueron a Viena y repitió la hazaña; después fue Polonia y finalmente Rusia, donde el público enloqueció de tal manera que Field resolvió instalarse primero en San Petersburgo y después en Moscú.

 

Fue en Rusia donde su talento como compositor se desarrolló. Creó una forma musical, el Nocturno, que luego se convirtió en uno de los paradigmas del romanticismo. El Nocturno fue su pasaporte a la posteridad, porque como forma musical estaba ya absolutamente desligada del pasado clasicista, entraba de lleno en los terrenos de la subjetividad y decididamente anunciaba el romanticismo de quien de hecho fue su sucesor: Federico Chopin.

 

En Rusia fue venerado y consentido de la nobleza, y aprovechó para desquitarse de las hambrunas que pasó con Clementi. Comió y bebió de tal manera que por su obesidad casi no puede pasar por la puerta del tren cuando resolvió hacer una gira de conciertos por Europa en 1831. Allá enfermó, regresó a Rusia y, ya arruinado, compuso sus últimos Nocturnos. Murió de cáncer en Moscú en 1837.

 

Una vida de novela, sin duda, pero lo que importa es su legado, porque fue él quien señaló la senda y abrió las puertas por las que no mucho después transitaron Chopin y el mismo Liszt, la senda del piano como el instrumento capaz de cantar con la efusividad de la voz humana, pero en un ámbito exclusivamente instrumental.

 

Hoy día su legado está condenado a un injusto olvido, y es de eso que se trata esta serie de recomendaciones: grabaciones del invaluable legado pianístico de este compositor de Irlanda que, sin pretenderlo, cambió la historia del piano.

 

*Publicado en la edición impresa de septiembre de 2017.