22 de septiembre del 2019
28 de Octubre de 2016
Por:
Redacción Credencial

La periodista bogotana se inventó una militante infiltrada para narrar en una frenética novela los detalles de la toma y recuperación del Palacio de Justicia desde el punto de vista de los guerrilleros.

Marta Orrantia: “De tanto partirse en dos, este país ha terminado hecho trizas”

Aparte de la obviedad de que uno escribe sobre lo que le da la gana, ¿por qué decidió escribir sobre un tema que, a primera vista, parece estar más que cubierto?

Hay, en efecto, muchos libros, pero casi todos periodísticos. Se ha tratado de contar lo que ocurrió ese día desde lo que los gringos llaman la “no ficción”. Desde la ficción está La siempreviva, la obra de Miguel Torres, que es un clásico del teatro y que es muy hermosa. Y tal vez –me lo han dicho, pero no la he visto– una novela. Pero no más. Hay novelas o cuentos de autores, como Alejandra Jaramillo, que tratan tangencialmente esa época, ese suceso, pero ha sido un tema que la literatura parece haber evitado. Aun así, uno sí escribe de lo que le da la gana. Es decir, si hubiera miles de libros de ese tema (como los hay de los amores imposibles, por ejemplo), igual creo que resultaría inevitable, porque más allá de eso me parece que el escritor no escoge el tema sino que es al revés. Ellos son quienes lo buscan, lo asedian, lo obsesionan. Y uno termina siendo, por así decirlo, víctima de sus obsesiones.

 

¿Cree, como muchos analistas, que la toma del palacio partió en dos la historia de Colombia?

Creo que sí partió en dos la historia de Colombia. De la misma forma que el asesinato de Gaitán. O Escobar. O Bojayá... El nuestro es un país que de tanto partirse en dos ha terminado hecho trizas. Cada masacre, cada acto de violencia, cada tragedia, ha contribuido a hacernos lo que somos, para bien y para mal. Creo que la toma del Palacio de Justicia en particular fue el fin de la inocencia. Muchos de los que veíamos en esos movimientos estudiantiles y en esas guerrillas anarquistas una esperanza, nos dimos cuenta de que ellos tampoco ofrecían una alternativa. Todos los actores (las Fuerzas Armadas, el Gobierno, la guerrilla) mostraron su peor lado, y quienes estábamos mirando terminamos horrorizados. Es eso, básicamente. Perdimos la inocencia.

 

Citado en el libro, el comandante Hipólito, del M-19, dice: “Nosotros no creíamos en el mañana, pero sí en el futuro”. En aras de este futuro, ¿valió la pena la toma? Le pregunto su opinión y si durante su investigación con los miembros del ‘eme’ alguien se la respondió.

Es difícil responder a esta pregunta. Creo que nada justifica tanta violencia. Es cierto que luego vino la amnistía y luego la Constituyente y eso puede ser visto como algo bueno, pero tal vez el camino habría sido el mismo si hubiera existido voluntad y corazón, y nos habríamos ahorrado la sangre. Eso nunca lo sabremos. En cuanto a lo que opinan los miembros del M-19, hay posiciones encontradas. Muchos defienden lo que ocurrió en la toma. Incluso hay quienes culpan solo al Ejército y a Betancur de la barbarie. Hay otros, sin embargo, que admiten haberse alejado de la guerrilla luego de la toma del palacio y solo se reincorporaron para la amnistía. Lo único claro es que a todos les duele aún ese momento. Lo recuerdan con lágrimas en los ojos, bien sea porque perdieron amigos o porque perdieron la esperanza.

 

El testimonio más cercano de la toma es el de Clara Helena Enciso, la única guerrillera que logró salir viva. ¿Sabe qué pasó con ella?

Clara Helena Enciso murió en México víctima de un cáncer. Hablé con una buena amiga suya, una mujer maravillosa que me explicó cómo era ser mujer en esta guerrilla (que es distinto a serlo en las Farc). Me dijo que una vez salió de la toma, Clara Helena (que en el libro es Mónica, la guerrillera que se desmaya y se salva), se exilió y, aunque seguía haciendo labores de enlace con miembros del M-19, nunca volvió al combate. Esta amiga la visitó en sus últimos días en Ciudad de México. Me dijo que había muerto muy triste por no poder volver a Colombia, y tremendamente sola.

 

¿Qué conclusiones sacó de todo el episodio, luego de haber terminado la novela?

La más importante es que nunca sabremos la verdad. Lo que ocurrió en el palacio quedó sepultado en esas fosas comunes, embolatado en el mal manejo de las pruebas forenses, silenciado en los sobrevivientes.

 

¿Qué estaba haciendo el día de la toma?

Estaba en el colegio. Un colegio de monjas, además. Tenía 15 años. Lo extraño es que yo simpatizaba con la izquierda y ya estaba enterada de que esa toma iba a ocurrir. Tal vez lo dijo un amigo, o mi novio, o lo escuché en una fiesta, pero lo cierto fue que estaba advertida. No sabía el día o la hora, pero sí lo que iba a pasar. Por supuesto, fue algo impresionante. Pegada a un radio, entristecida todo el tiempo. Fue como haberme dado de cara contra el mundo. Mis papás, que siempre fueron de derechas, estaban horrorizados. Recuerdo que las primeras reacciones en mi casa fueron de alabanza al Ejército por la pronta respuesta. Luego comenzamos a saber más cosas, la famosa teoría del minigolpe de Estado, las torturas, las desapariciones, la manipulación de la evidencia forense... y todos nos avergonzamos. Mis papás se avergonzaron de ese Gobierno que defendían y yo de esa guerrilla que admiraba.

 

¿Hubo novelas similares que la hubieran inspirado?

Me inspiraron muchos libros de muchas maneras. Troubles, una novela muy críptica sobre el origen del Sinn Fein, por ejemplo, me dejó esa idea de un movimiento político romántico que degenera. De un libro que se llama El jilguero, de Donna Tartt, tomé la idea de lo que ocurre cuando explota una bomba. De Operación masacre, de Rodolfo Walsh, me quedó la sensación del abuso de la fuerza por parte del Ejército y de las técnicas de intimidación y engaño. De la obra de Hilary Mantel, una escritora de novela histórica inglesa que ha ganado el Man Booker por su trilogía de Cromwell, aprendí trucos de narrativa que me sirvieron mucho porque, total, esto puede ser una novela histórica también. No sé. Lo que quiero decir con esto es que, así como los temas escogen a los escritores, los libros escogen a sus lectores.

 

Es raro que nadie haya tratado de reconstruir la historia con base en los testimonios de los soldados y policías que entraron al palacio. ¿Se le ocurrió en algún momento buscar esas pistas?

Claro, está el punto de vista del Ejército. Sé, porque me lo contó un amigo que estuvo en Guardia Presidencial ese día y que fue de los primeros que llegó disparando, que tenían pánico. Esos muchachos que se encontraban prestando servicio militar en el Palacio de Nariño y que tuvieron que atravesar la Plaza de Bolívar para llegar primeros a la escena, eran bachilleres asustados y no asesinos curtidos. Es muy fácil que los soldados, o los policías, o los mismos guerrilleros, dejen de tener un rostro. Que se vuelvan culpables todos como un ente, o que sean satanizados por igual. Estoy segura de que la mayoría de ellos también son víctimas de esa misma trampa. De una guerrilla torpe, de una cúpula militar con sed de venganza, de un narcotráfico que infiltraba todo, de un presidente pusilánime. Ellos se merecen también tener una cara, contarnos sus miedos, sus pesadillas, llorar por sus muertos. Por supuesto que lo pensé, pero esa sería otra historia. Espero que alguien más la escriba, me encantaría leerla.

 

 

*Publicado en la edición impresa de septiembre de 2016