16 de agosto del 2018
María Gainza
Fotografía | Rosana Schoijett
3 de Agosto de 2018
Por:
Redacción Credencial

Después de trabajar como corresponsal para The New York Times, la crítica de arte nacida en Buenos Aires se animó a escribir su primera novela, El nervio óptico, una obra que –dice– le debe a su intuición.

María Gainza: “Mirar es una forma buena, bonita y barata de coleccionar”

¿Cuándo empezó y cómo ha sido la evolución de su nervio óptico?

 

No sé si puedo verla en términos evolutivos. Empecé a trabajar los textos para el libro en el 2011, más o menos, a instancias de mi marido que tenía más fe en mi escritura de la que yo tenía, tengo o tendré alguna vez, y de ahí en más hubo millones de reescrituras hasta que el libro fue publicado en el 2014. En el medio tuve un par de golpes de suerte, como decía Grace Paley, uno de ellos fue un amigo que me recomendó en una editorial, otro fue una enfermedad que ayudó a que el trabajo no se dilatara infinitamente.

 

¿Cómo surgió el deseo de escribir sobre arte en una forma más íntima, si se quiere, que la que permite la crítica de arte?

 

Surgió sin pensarlo demasiado, como la mayoría de las cosas buenas que me han pasado en la vida. Fue una intuición que seguí. Le debo mucho a mis intuiciones.

 

El libro pertenece a lo que algunos estudiosos han dado en llamar autoficción. ¿Cómo se sintió en el género y hasta dónde llegó sobre sí misma?

 

Me enteré que existía ese género mucho después de publicar mi libro. Sinceramente no sabía lo que hacía cuando lo hacía. Yo no venía del mundo de la literatura, de hecho sigo siendo un poco una ‘colada’. No me siento cómoda ahí, quizás por eso que decía Claudel: “un jorobado preferiría siempre la compañía de un ciego a la de otro jorobado”. Me preguntas hasta dónde llegué sobre mí misma, me cuesta saberlo. Hay días en que no me reconozco en la narradora, no siento que ella sea yo (quién quiera que “yo” sea), otros en los que sí. La mujer tiene partes mías pero la distancia que separa a un escritor de lo que escribe es enorme.

 

¿Las obras de los relatos son acaso sus favoritas? Si no, ¿cuál fue el criterio de selección?

 

Me parece que revelarlo le quitaría magia al libro. No me gusta diseccionar lo que hago porque lo vuelvo mecánico.

 

¿Cuál es su ritual para mirar arte?

 

Quizás lo único que intento respetar es no ver muestras el día de la inauguración, cuando el lugar está abarrotado de gente. Cuanto más sola esté, mejor. No puedo mirar y hablar al mismo tiempo. Si además el artista está presente, eso ya me resulta una tortura china. Existe esta convención que dice que si uno mira una obra frente al artista uno se ve en la obligación de emitir un juicio: es decir, hay que mirar, pensar y hablar y no hablar de pavadas, que sería lo más lindo, sino decir algo interesante sobre la obra. ¡Qué pesadilla! Yo no rindo bajo presión, me quedo en blanco. Soy un típico ejemplo del esprit du escalier. Todo se me ocurre más tarde, cuando ya me fui del lugar. Además, para mirar algo necesito mirarlo varias veces. La primera pasada no veo mucho, todo me parece enorme e indiferenciado. A la segunda o tercera vuelta ya empiezo a manejar el desorden, a separar ‘la paja del trigo’ digamos. Me pasa lo mismo en un local de ropa o en la calle, si es una calle que no conozco. Creo que una de las razones por las que salgo poco de mi casa es porque acá adentro no me veo obligada a mirar: todo lo que me rodea ya lo tengo incorporado. Dentro de mi casa mi mirada descansa, pero en la calle mis ojos son un pinball. No quiero decir que vea más o que tenga un ojo biónico, veo igual que todo el mundo, solo que a veces me mareo.

 

¿Cuándo sabe que una obra le gusta de verdad, luego del “subidón del descubrimiento” que relata en el libro?

 

Lo sé cuando ya no estoy frente a la obra, y entonces lo que vi se mezcla con la memoria. Uno se termina de apropiar de las cosas en el recuerdo. Si la obra vuelve, entonces sé que me gustó de verdad.

 

Sobre Rothko escribe: “Hay días en que creo que sus obras no son obras de arte sino otra cosa: la zarza ardiente de la historia bíblica. Un arbusto que arde pero nunca se quema”. También dice que mirar un Rothko es una experiencia espiritual que no admite palabras. ¿Cuál es el encanto de Rothko, si es que ha podido verterlo en palabras?

 

Hice lo que pude en el libro, ya no podría agregar nada más. Las palabras llegan hasta un límite. Traducir a palabras una obra que ha nacido muda es un gesto de soberbia de parte de la gente que escribe sobre arte.

 

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Los pintores referidos no son, precisamente, los de mejores vidas. ¿Las vidas de los pintores afectan la...?

 

¿Una buena vida? ¿Una mala? No estoy segura cómo se mide una vida. Es probable que sean las tristezas, el hastío, la insignificancia de los días, las que producen las grandes obras, pero a la vez, no necesariamente.

 

Podría uno pensar en Picasso como el genio que, además, tuvo una buena vida. Y usted, precisamente, parece renegar de él. ¿O es una impresión?

 

No sé demasiado sobre la vida personal de Picasso, te confieso. Pero si la pasó bien en este mundo, no sería tan resentida de juzgarlo por eso. Ahora, como artista, es fabulosamente efectivo. Cuando miro sus obras me siento como una adolescente seducida y luego abandonada. Quizás su virtuosismo sea poco fanfarrón, pero de ahí a renegar de Picasso, ni un ciego podría renegar de Picasso.

 

¿No es mejor esta aproximación literaria a la pintura que la crítica de arte propiamente dicha?

 

No hay mejores y peores cosas en este mundo, solo gustos, y el gusto, como se sabe, cambia con el tiempo. Quiero que me lea mucha gente. Quiero que mis textos entretengan. Es un objetivo distinto al de la crítica. Aspiro al yo modesto que no se dé aires de autor, ni pretenda tener la última palabra.

 

Por último, cinco obras que no nos deberíamos negar a disfrutar.

 

No creo en hacer la lista de obras que hay que ver antes de morir. Podés tranquilamente vivir sin ver grandes obras y ser muy feliz. Lo que sí creo es que existe un flujo ininterrumpido entre el arte y la vida, y en mi libro intenté transmitir algo de eso; quizás lo hice de una manera un tanto precaria pero fue la que me salió. Quise demoler la idea de que hay que ser un erudito para apreciar una pintura, porque en realidad saber mucho te puede volver bastante ciega. Y como en mi afán didáctico o periodístico, vaya una a saber, quería acortar la brecha entre la pintura y las personas, una de las pocas premisas que me propuse y respeté, desde el principio, fue que las obras estuvieran en colecciones permanentes abiertas al público. Quería que el libro fuera una guía caprichosa por los museos de Buenos Aires porque, en un punto, mirar es una forma buena, bonita y barata de coleccionar.

 

 

*Publicado en la edición impresa de julio de 2018.