15 de octubre del 2018
Archivo Particular | Foto: José Nico
18 de Septiembre de 2018
Por:
Redacción Credencial

Nació en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, hace 37 años, pero vive en Ithaca, estado de Nueva York, en Estados Unidos, donde es profesora de Literatura de la Universidad de Cornell. Recientemente apareció en Colombia su libro de cuentos Nuestro mundo muerto

“Leer un libro que me deslumbra me contagia las ganas de escribir”: Liliana Colanzi

Los cuentos de este volumen tienen en común la superstición, que hace que la realidad bordee la fantasía. ¿Es supersticiosa? ¿Es la superstición un rasgo boliviano?

Soy supersticiosa, pero esto no está relacionado con el hecho de ser boliviana, como sugieres, sino que es un rasgo de carácter. Supongo que la superstición es la forma que tengo de encontrar sentido y orden en un mundo que es puro caos. En Bolivia hay muchas cosmovisiones indígenas que están a contramano del pensamiento occidental, pero no las llamaría superstición: la medicina tradicional, por ejemplo, está reconocida por el Estado boliviano como una práctica legítima. Y en todo caso, vengo de una educación religiosa llena de historias de apariciones de la Virgen y estigmas en los santos: ¿qué puede ser más irracional y fantástico que el cristianismo?

 

¿Se siente heredera de lo real maravilloso?

Si bien la obra de García Márquez fue una lectura clave para mí, me siento más cercana al fantástico rioplatense y a la ciencia ficción.

 

¿Debo colegir que el cuento La ola –sobre una especie de amenaza latente en la Universidad de Cornell que no está muy bien definida pero que se siente– es un texto autobiográfico?

Si fuera un texto autobiográfico entonces sería una crónica u otro texto de no ficción y no un cuento. Por supuesto que hay cosas mías en mis relatos, pero no por esto se debe buscar en un texto de ficción el testimonio de lo que piensa su autor o su biografía. La ficción es la creación de un mundo autónomo y autocontenido, por más que parta de una base “real”.

 

En algún renglón afirma: “creía ingenuamente que los estudios literarios servían para mantener encendida la antena”. Da la impresión de que la decepcionaron. ¿Fue así?

En lo personal, estudiar Literatura no me decepcionó: me ayudó a pensar en los libros no como acontecimientos aislados sino como parte de corrientes y fuerzas en tensión, de debates y discursos que vienen de muy atrás. Y entre las formas en que podría ganarme la vida, me parece que vivir de la enseñanza no está mal. Ahora, creo que los programas de doctorado tienen un carácter muy intenso y competitivo que, aunado a la gran incertidumbre con respecto al futuro, con frecuencia llevan a los estudiantes al colapso mental. La ola habla de esa sensación de desmoronamiento: cuando yo empecé el programa de doctorado, se acababan de suicidar seis estudiantes de la universidad.

 

¿Qué es exactamente ‘la ola’?

Partió como la imagen de una fuerza que barre y arrasa con todo. No sé exactamente qué es, pero la identifico con un estado de ánimo cercano al vértigo cósmico.

 

¿De dónde saca el material de sus cuentos?

De otras lecturas, de conversaciones con amigos y con extraños, de canciones, de recuerdos, a veces de sueños, de cosas que me ocurren o que pienso que podrían ocurrir... Un verano estuve escuchando obsesivamente a El mató a un policía motorizado y me salió un cuento a partir de una de sus canciones. En otra ocasión, una conversación con un taxista que me contó cómo se hizo evangélico me dio la pista de otra historia. Encontré muy revelador el cine del tailandés Apitchapong y la manera como utiliza materiales muy modestos para crear atmósferas sobrenaturales. Pero, sobre todo, leer un libro que me deslumbra me contagia las ganas de escribir.

 

Sus personajes son como extraños entre la multitud, pero al mismo tiempo hacen constatar que cualquiera es un extraño frente a los otros. ¿Qué opina al respecto?

No solo cualquiera es un extraño frente a los otros, sino que somos extraños para nosotros mismos. Hay en cada persona un potencial para la ira, la mezquindad, la locura o el valor que permanece oculto en la vida cotidiana, pero que un acontecimiento inesperado puede ‘gatillar’. Me interesa ahondar en las situaciones límite que revelan un lado excesivo, secreto y turbulento de los seres humanos.

 

¿Cómo terminó en Ithaca? ¿Acaso es necesario salir para sobresalir?

Mi pareja vive y enseña allí. Me mudé con él y postulé al doctorado en Literatura Comparada en la Universidad de Cornell. Para nada es necesario salir. Hay escritores potentísimos, como Wílmer Urrelo o Juan Pablo Piñeiro, que han escrito toda su obra desde Bolivia.

 

*Publicado en la edición impresa de febrero de 2018.