13 de noviembre del 2018
Archivo Particular
23 de Octubre de 2018
Por:
Redacción Credencial

El escritor y columnista bogotano habla sobre su nueva novela, Cómo perderlo todo, que estará disponible en las librerías a mediados de este mes. 

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"Las redes han vuelto común el pensamiento de manada": Ricardo Silva Romero

Usted siempre ha comparado su rutina a la hora de escribir con la tarea de un oficinista, incluso ha dicho que no publicar anualmente le despertaría mucha ansiedad. En 2016, a falta de uno, publicó dos libros: Historia oficial del amor y Todo va a salir bien. Pero el año pasado no publicó, ¿Qué pasó? ¿Sufrió tánto como esperaba?

No publiqué una novela, pero sí un ensayo sobre la ficción que se llama Ficcionario. O sea que no sufrí por no haber publicado, sino por haber publicado un libro que, de cierto modo, era todavía más personal que Historia oficial del amor. Creo que el escritor debe ser como quiera ser: ir lento o ir rápido, publicar cada siete años o cada dos. Pero la verdad es que a mí, desde el punto de vista de la salud mental y del trabajo mismo, me viene mejor estar escribiendo y publicando como los guionistas o como los periodistas. Creo que el escritor puede estar pendiente de sus lectores sin perder calidad ni sacrificar hallazgos. Que en un mundo con Netflix y juegos de video y cine y podcasts, puede reclamar su lugar entre los espectadores, quienes van saltando de una canción a un párrafo, o de una galería a una sala de cine.

 

A pesar de que algunos de sus libros involucran un ejercicio de investigación y de que su trabajo como columnista se alimenta de la realidad, usted no se declara periodista, ¿por qué?

Creo que soy columnista: eso sí. Pero así como siento que puedo llamarme escritor, porque sé que en la palabra no se encuentra implícito el talento ni se encuentra implícita la calidad, no me he sentido capaz de llamarme periodista: como vivo rodeado por unos muy corajudos y necesarios, me da vergüenza considerarme uno más del gremio, me da pudor. El periodista es, para mí, un héroe reticente, una voz lúcida y reveladora que tiene el valor de fiscalizar y de ser odiado por los poderosos. Yo en general opino sobre lo que revelan los grandes reporteros. Eso sí: digo exactamente lo que pienso de la mejor manera que se me ocurre.

 

La primera frase de Cómo perderlo todo dice: “Es milagroso e inverosímil que tan pocos matrimonios acaben en asesinato”, unas palabras que se puede considerar que contradicen una obra como Historia oficial del amor. ¿En serio cree que es un milagro que tan pocos matrimonios acaben en asesinato? ¿Por qué?

De verdad me sorprende, sí, que tan pocos nos matemos. Pero sobre todo creo que el matrimonio es la gran prueba –quizás la más conmovedora– a la que puede someterse una persona. “Matrimonio” significa “dar el cuidado de una madre”. Y en ese sentido casarse, cuando se tiene suerte, es entregarse a una persona con la guardia baja y atreverse a tener un testigo y a vivir con alguien en la tras escena de uno mismo. Tengo la fortuna de tener un matrimonio que, literalmente, es cada día mejor. Tengo la fortuna de tener una casa que es un refugio y un lugar en el que se me exige ser la persona que soy. Pero un mal matrimonio, incluso con una buena persona, puede ser una mala madre y puede ahondar la orfandad y puede doblegarlo a uno hasta perderlo todo. Creo que no es fácil tener un testigo que se le sabe a uno todos los trucos y todas las mentiras piadosas, y que un par de personas mal paradas pueden aniquilarse la una a la otra si no están preparadas para lo que viene. Creo, además, que el hombre lleva la violencia por la sangre. Y, como hemos visto, hay muchos que saben lidiar con los reveses y contenerse, pero no son pocos los que pueden llegar a acabar con una mujer.  

 

En esta novela usted aborda el problema de sentirse ‘acribillado’ en las redes sociales por cuenta de una publicación mal entendida. ¿Cómo le ha ido en este tema?

En general bien. En general opino a través de las columnas. Y, salvo los ataques más o menos violentos, más o menos calumniosos e injuriosos que pueda recibir por ir en contra de lo que piensan las barras bravas del uno o del otro, siento que la gran mayoría de la gente es muy generosa conmigo en las redes. Quizás porque, aun cuando de vez en cuando se me ocurre decir algo sobre alguna noticia, casi siempre uso Twitter y Facebook para compartir textos que acabo de leer o que acabo de escribir, y uso Instagram para subir imágenes que me gusten. Quizás me va bien porque cada vez he ido entendiendo mejor que no tengo una opinión sobre todo y no vale la pena ser infame con nadie. Dicho esto, he visto cómo alguien puede ser acribillado, lapidado, condenado de por vida y a muerte, por hacer o por decir cualquier cosa. Y creo que ya es posible hablar de una cultura de la lapidación que hace justicia por manos propias, y no resuelve sino que agrava los problemas de fondo.

 

¿Cree que la mala interpretación de las opiniones publicadas en las redes sociales parte de la creciente polarización de la sociedad?

Creo que las redes han vuelto común el pensamiento de manada. Creo que crean la ilusión de la polarización, de la gran zanja insalvable que nos divide, y que a la larga no existe porque vivimos unidos por el hecho de la vida. Creo que también pueden conseguir la solidaridad en los peores momentos y también pueden conseguir que nadie nunca más pueda hacer con la sociedad lo que le dé la gana –están consiguiendo generaciones menos temerosas–. Pero creo que han conseguido que la megalomanía de la infancia, que antes poníamos pronto en su lugar, ahora llegue sana y salva hasta la vejez. A esta hora hay miles de personas diciéndole claramente al país lo que se debe hacer y miles más poniendo likes. Y sí, genial que todos tengamos voz y todos participemos, pero nada tiene de malo medir la importancia de uno mismo sin recurrir al éxito de un post.

 

*Lea la entrevista completa en nuestra edición impresa de octubre de 2018.