Fotografía | Archivo de El Tiempo
5 de Enero de 2021
Por:
Christopher Tibble

En su nueva novela, El fin del Océano Pacífico (Seix Barral), Tomás González narra el universo íntimo de una familia antioqueña durante unas vacaciones en una mansión frente al mar.

“La vida y el olvido alcanzan su fuerza máxima en el Chocó”

 

  • Uno de los protagonistas de El fin del Océano Pacífico es el Chocó. La selva, las playas, el océano, las tonalidades de gris. ¿Qué lo llevó a situar la historia allí?

El poderío de ese mar, la belleza de esa selva. La vida parece alcanzar allá su fuerza máxima, igual que la alcanzan la miseria humana, la violencia, la pobreza, el olvido. Es una de las regiones más bellas del país, si no la más bella, y es la menos apreciada, la menos cuidada, la más despilfarrada. Semejantes contrastes hacían posible que los enredos personales de mis personajes, sus vivencias, sus pasiones, estuvieran siempre dibujados contra aquel telón grandioso, trágico, y alcanzaran también su máxima fuerza.

 

  • En esta novela usted vuelve a hacer un retrato de una familia, como lo hizo en La historia de Horacio. De hecho, los personajes de ambos libros parecen de la misma familia. ¿Qué le llama la atención de crear estos universos familiares?

Los seres humanos somos animales de grupo, y el más importante de los grupos, el esencial, es la familia. En literatura las narraciones donde no aparece la familia en primer plano son las menos, y en muchas de ellas, como en las novelas de aventuras, se comienza precisamente con la separación, el alejamiento de la familia por parte del aventurero. Robinson Crusoe, por ejemplo, o Drácula. La familia sigue siendo esencial, aunque ahora por su ausencia o lejanía. Es imposible retratar a los seres humanos sin sus familias, y las familias que más conozco son las antioqueñas, que son grandes y tumultuosas, generalmente alegres. Las de Horacio e Ignacio pertenecen al mismo grupo cultural y geográfico. Las familias grandes paisas se parecen mucho entre ellas.

 

  • En la novela se percibe cierta alegría, cierto goce en la elaboración misma del lenguaje, en la creación de los personajes, en especial de Ignacio, el protagonista. ¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Fue fácil, tortuoso, rápido?

Fue lento y nada fácil, pero no tortuoso. Tal vez esta sea la novela, junto con La historia de Horacio, que más he disfrutado al escribirla. Aquí tuve la suerte de dar con Ignacio, un médico contento, un
personaje que goza y se asombra de la manera como se mueve su mente en el mundo en el que le tocó vivir, ser un primate humano, convivir con el dolor, enfrentarse a él y aceptarlo, un mundo que es tan complejo y volátil como su mente. Ignacio sabe que la vida es siempre cambiante, que las cosas no tienen solidez, que el dolor no dura, ni tampoco el placer, y disfruta inmensamente con todo eso, igual que los músicos gozan
con la volatilidad de los sonidos.

 

  • Una figura recurrente son las ballenas. Los personajes las ven desde la casa y a algunos se les aparecen en sueños. ¿Por qué cree que las ballenas generan tanta curiosidad?

Por su liviandad y su masa. Porque sabemos que en semejante cantidad de ser hay un espíritu leve que juega, que disfruta de sus saltos, sus chorros y demás cabriolas. Una montaña lúdica de vida.

 

  • Aunque El fin del Océano Pacífico tiene en su centro la historia íntima de una familia, la realidad política de la región también está presente y atraviesa el libro. ¿Por qué?

Me parece imposible recrear con fidelidad las situaciones humanas si se deja de lado la dimensión política, que nos afecta demasiado y de manera muy directa. No hay manera de hablar del Chocó, por ejemplo, sin mencionar el hecho de que allá a uno lo pueden falsear positivamente con demasiada facilidad. Por los días de la novela, cuando uno menos lo pensaba estaba muertito a la orilla del mar o de algún río, vestido con botas pantaneras puestas de cualquier modo, mientras que a algún militar le entraba una sustancial consignación a su cuenta de ahorros. Imposible hablar del Chocó y no mencionar estos asuntos.

 
  • En entrevistas pasadas usted ha hablado del papel que juega el zen en su vida. En esta novela, el zen aparece en la forma de Iván, un monje de Medellín que pasa unos días con la familia. ¿Esta escuela de pensamiento lo influenció a la hora de escribir el libro?

Creo que el zen me ha venido influenciando desde que empecé a interesarme por él, hace ya como veinte años. Con Iván me di el lujo de tener a un monje del zen como a mí me gustaría que fueran, como pienso que
deberían ser en esta época ya tan alejada de los emperadores y de los samuráis. Alguien que lo practica con afecto profundo y no con ritos faltos de alegría en ambientes de intimidación, como son los de muchos monasterios y centros de práctica. Me parece que la mayor influencia de esta filosofía en mi escritura está en el convencimiento de que cada frase debe contener la totalidad y en cada una debe apoyarse el peso completo de la narración toda. El centro de gravedad se traslada de frase en frase. Esa es mi manera de poner en práctica en literatura –o intentar poner en práctica, mejor dicho– el principio de que lo único que existe es el presente.

 

  • Es difícil, como lector, ignorar la similitud entre el título de esta novela y el título de su primera novela, Primero estaba el mar. ¿Quería de alguna manera hermanar los dos libros? ¿Se trata del final de un ciclo?

No pensé en eso cuando puse el título. No sé si se trate del final de un ciclo, que en este caso sería el mío como novelista. Bien podría ser, pues tengo ya setenta años y si no fuera porque me gusta mucho escribir novelas, dejaría de hacerlo. Pero lo cierto es que uno no sabe nunca lo que va a pasar, lo que va a seguir haciendo en la vida.

 

  • En sus libros a menudo hay una exploración de la muerte. ¿Qué lo lleva a regresar a ella, a la muerte, a intentar describirla, a imaginarla?

Lo que pasa es que no termino de asombrarme de que haya un mundo y de que todo termine allí. ‹

 

 

* Magíster en periodismo cultural de la
Universidad de Columbia, fue editor de
ficción de la editorial Planeta y
de la revista Arcadia.

 

*Publicado en la edición impresa de diciembre de 2020.