23 de septiembre del 2019
Archivo Particular
30 de Mayo de 2017
Por:
Redacción Credencial

Hoy hace 586 años murió Juana de Arco, la heroína francesa que se sabía elegida por Dios. A propósito de la reciente compilación de poemas de William Ospina bajo el título de Poesía reunida, compartimos uno que el poeta tolimense le dedicó a la  Doncella de Orleans en el libro La luna del dragón, de 1991.

Juana de Arco según William Ospina

Jeanne D’Arc

 

Hubo entre dos naciones una frontera en llamas

y un bosque que cruzaba los blancos ciervos místicos.

Muchas veces la joven entró en sus soledades,

oyó los claros ángeles del agua,

las cosas que conspiran los seres del silencio.

 

Está en algún lugar de la memoria,

oye las voces de la tierra, comprende

la lengua que articulan los vientos en los robles,

y acata el rumbo que le imponen.

Es ella.

 

Vuelvo a ver la doncella que se envolvió en el hierro

tres veces inviolable de la fe, que dio forma

con sus manos ingenuas a una nación doliente.

 

Y hay un templo en el tiempo, un gris jazmín de piedra

cuya fugacidad se mide por cometas,

donde su armada imagen, presidiendo el crepúsculo

de una cripta, perdura; donde invisiblemente

la combaten los ángeles del olvido y del sueño.

 

Ella ya estaba en mí cuando la hallé una tarde,

pero allí supe cómo

mi oración que no implora, mi fe en el Dios que somos,

podía huir al río de adversidad y diáspora,

 

y algo que aún no entiendo me fue dado al mirarla.

No era más grande el gótico palacio que centraba,

ni más blanco el invierno que afuera hería al mundo

y dejaba coronas de cristal en las sienes

de las bestias de piedra.

 

Rendí a sus pies las brasas de mi amor imposible,

las reliquias doradas de otros años,

la indignidad del hombre que calla y se somete

cuando son su deber el clamor y el coraje.

Y hay en mí desde entonces otro amor impensable:

no sé cómo las llamas desataron sus nervios,

cómo destrozó el hombre lo mejor de sí mismo.

Pero ella en mí es más cierta que el mal que la deshizo,

ella anima sin tregua

la ilusión de algo heroico en mi pecho cobarde

y yo, sujeto al tiempo que prodiga y desgasta,

destinado a morir, puedo soñarme

la morada fugaz de algo inmortal, y a solas

adorar en secreto lo que del hombre nace

y es más grande que el hombre.