23 de septiembre del 2019
28 de Octubre de 2015
Por:
Redacción Credencial

La heroína inventada por el fallecido Stieg Larsson en la trilogía “Los hombres que no amaban a las mujeres”, revive en la pluma del biógrafo de Zlatan Ibrahimovich. ¿Qué tan bueno es el experimento?

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El regreso de Lisbeth Salander

Era solo cuestión de tiempo. La trilogía Millenium (compuesta por “Los hombres que no amaban a las mujeres”, “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” y “La reina en el palacio de las corrientes de aire”), que vendió cerca de 75 millones de copias alrededor del mundo, tenía que propiciar un cuarto tomo. Solo que Stieg Larsson, el autor, ya no podía escribirlo. Su muerte, por infarto, se produjo en noviembre de 2004, antes de que viera la obra publicada.

En consecuencia, los herederos de Larsson (básicamente su padre y su hermano) autorizaron a los editores para buscar un autor que se le midiera a la tarea de continuar la saga. La novia de Larsson, Eva Gabrielsson, que vivió con él 30 años pero que nunca formalizó su relación y, por tanto, no recibió un peso de los dividendos de la trilogía, lo resumió en una frase: “Es nada más un asunto de dinero”.

La Lisbeth de esta cuarta entrega despliega su enorme conocimiento sobre la criptografía, pero ha perdido su personalidad.

 

 

El elegido para retomar la historia de Lisbeth Salander, una genio de las computadoras de carácter temerario y una vida difícil, y Mikael Blomkvist, el periodista que se vale de ella para sus reportajes y, en compensación, termina ayudándola a resolver un peligroso drama familiar, es el sueco David Lagercrantz, famoso por haber escrito las biografías del futbolista Zlatan Ibrahimovich y del científico Alan Turing. En una extensa entrevista concedida al diario ABC, de España, Lagercrantz sintetizó la razón por la cual aceptó el desafío de reemplazar a Larsson: “Lisbeth Salander es justo el tipo de personaje con el que llevo tratando toda mi vida: genios que chocan con la sociedad (…). ¿Y Mikael Blomkvist? Es el hombre que me gustaría ser”.

Contrario a Larsson, un periodista comprometido al que no le alcanzaba el dinero para llegar al mes, Lagercrantz es un aristócrata de la intelectualidad sueca. Hijo de un famoso crítico literario, vivió entre clásicos, con la presión de leérselos todos y, además, posar de habérselos leído. Una novela negra como la saga de Millenium, según él, era perfecta para sentirse por fin un hombre libre. El resultado es Lo que no te mata te hace más fuerte, que Lagercrantz elaboró a lo largo de 650 páginas sustentado en la imagen de un niño autista que es testigo de algo horripilante. La idea no es muy original. Basta con pensar en Mercury Rising (titulada en Colombia como Misión: seguridad máxima), la película en la que Bruce Willis defiende a un niño autista prodigio (un ‘savant’, dirían los especialistas) de las garras de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) porque ha descifrado un código imposible.

Lagercrantz compone algo parecido. O igual. De hecho, el libro está escrito como para cine. El niño autista de la novela es hijo de Frans Balder, un genio de la informática que ha ido a donde nadie más ha llegado jamás en el tema de la inteligencia artificial. Hackers, crackers y agentes de la NSA quieren acceder a cualquier costo al descubrimiento y, luego, liquidar (o proteger) al creador. La intriga involucra a Lisbeth Salander y a Mikael Blomkvist porque Lisbeth, hacker compulsiva, ya ha venido rastreando por la red a Balder desde hace rato; y porque Balder quiere contarle a Blomkvist acerca de sus descubrimientos.

La trama, una conspiración internacional que desnuda el poder cada vez más evidente de la NSA en el seguimiento de casi cualquier persona en el planeta, sea político, economista, físico, activista o pordiosero, es aprovechada por Lagercrantz para contarnos algo más de Lisbeth y de Blomkvist. Pero su aproximación a ellos es como a la de un padrastro hacia unos hijastros recién heredados: trata de comprenderlos e interpretarlos solo basado en una historia que sabe pero que no ha vivido. Quizás su error es no haber entendido que los hijos de Larsson no son sus personajes sino sus lectores. Los fanáticos de Lisbeth, que no son pocos, jamás podrán perdonárselo.