19 de octubre del 2017
Foto: Vale Fiorini | Cortesía: Penguin Random House
4 de Mayo de 2017
Por:
Catalina Barrera

La escritora argentina Selva Almada presentó en la Feria del Libro El desapego es una manera de querernos, una recopilación de cuentos que escribió hace más de 10 años y que habían sido publicados en portales o revistas. Almada le contó a Revista Credencial cómo logró transformar la muerte en un poema.

"Donde yo crecí a los niños no se les protegía de la muerte”: Selva Almada

Selva Almada se ha rodeado de muerte desde muy pequeña, como todos, aunque no nos detengamos a analizarlo. Se ha llevado consigo sus relatos cotidianos, los ha transformado en cuentos desde hace más de diez años y ahora los recopila en su más reciente libro.

 

Aunque Almada llenó el auditorio de la Feria del Libro para hablar de la novela Chicas Muertas (2014), que la llevó a estar en boca de las grandes editoriales y la lanzó al estrellato, también nos habló de esos cuentos que decidió reeditar y compilar en 300 páginas cargadas de muerte y despedidas. Pocos hablaron de El desapego es una manera de querernos, pero esta obra tiene más de su vida que cualquier otra.

 

 

¿Cómo, con este libro,  podemos entender que el desapego es una manera de querernos?

 

Uno de los personajes de la historia recibe la noticia de que su hermano ha muerto, pero la recibe con una frialdad que impacta mucho a su esposa y siento que las relaciones familiares funcionan de esa manera, o por lo menos son las experiencias que yo he tenido en mi entono familiar. Hay una especie de desapego por el otro y que puede ser una forma de protección, diría yo, ante la muerte. Pero me parece que las relaciones familiares son una cierta obligación de quererse porque sí, porque compartimos apellido, sangre o una parte de la historia, pero a veces solo es eso y no mucho más.

 

Hay un desapego pero también un cariño. Hablando con la editora nos dimos cuenta de que ese título podría funcionar como una especie de paraguas para albergar a los otros cuentos porque todos hablan un poco del amor, el desamor, el apego, el desapego, la muerte, en fin, ese tipo de cosas que tienen que ver con las relaciones humanas.

 

 

En alguna página de su libro dice: “A veces los rencores atan más que el amor”. ¿Por qué asegura esto?

 

Hay personas a las que solamente las mantiene vivas el rencor, ese que es como fuego. No me ha pasado a mí tan fuertemente pero sí lo he visto en otras personas. He visto relaciones de pareja que están más unidas por las diferencias o por el hecho de no dejar libre al otro que por el amor.

 

 

Desde Chicas muertas hasta estos cuentos que le dan vida a su último libro, el tema recurrente es la muerte. ¿Por qué decide hablar constantemente de eso?

 

Creo que la muerte es como el gran tema para la mayoría de los escritores junto con el amor. Son las dos caras de una moneda. La muerte es un tema que tiene mucha potencia narrativa, que siempre da para abordarlo de diferentes maneras y en este libro en particular –sobre todo en las tres primeras partes del libro, que tienen que ver con episodios de mi propia vida–, la muerte estaba muy presente casi como algo cotidiano y sin tanto dramatismo.

 

Desde las mascotas que morían aplastadas por camiones hasta las gallinas a las que degollábamos para comer en la finca. Eso se vivía con bastante naturalidad. Donde yo crecí a los niños no se les protegía de la muerte, algo muy diferente a como es ahora. Lo veo con mis sobrinos, o con hijos de amigos, hay un especial cuidado con inventar historias sobre la muerte para que el niño no sufra o para que eso es definitivo y antes no era así. La relación con la muerte era mucho más natural que ahora, y es que la muerte no es más que eso, parte de la vida.

 

¿Cómo le ha afectado la idea de tratar a la muerte tan constantemente en sus relatos?

 

A veces siento que es parte de la vida pero a veces siento un miedo espantoso a morirme o a que mueran personas cercanas a mí. A veces creo que entendí y a veces que no entendí nada. Pero desde que escribí Chicas muertas y hasta El desapego es una manera de querernos, convertí mi vida en una preocupación y una militancia constante sobre el tema y sobre todo con el feminicidio.

 

 

¿Cómo logra hablar de la muerte sin que se vuelva morbo?

 

Transformándola en poética.

 

 

De todos estos cuentos, ¿hay alguno que considere el más importante?

 

Creo que Intemec, no porque considere que sea el mejor o porque quizá ni siquiera sea el que más me guste, sino porque venía de muchos años de escribir relatos más vinculados a mi biografía y a la autoficción. Este cuento fue el primero con el que volví a los relatos de imaginación, a la ficción un poco más plena, más pura. Además es mi primer cuento largo y lo veo como una bisagra entre el cuento y la novela que vino después. Es mi relato de transición.

 

Pasó del cuento a la novela y luego regreso al primero. ¿Hay alguno que prefiera?

 

Me gusta la narrativa, me gustan los dos y creo que cada historia exige su extensión y con eso, su formato. No sé como pasa, pero hay historias o personajes que se me aparecen y sé que van a ser cuentos o novelas, pero con los dos puedo incursionar. No es que me sienta cómoda, porque creo que con la escritura y la literatura la idea es que provoquen incomodidad, no comodidad. Desde quienes la escribimos hasta quienes la leen.

 

 

¿Es difícil enfrentarse a textos que uno ha dejado en el pasado?

 

Sí. Me pasó que cuando empezamos a hablar de la idea de publicar estos textos con la editora me daba un poco de vértigo. El primer pensamiento que tuve fue: voy a tener que reescribirlos todos porque seguro que no me va a gustar nada de lo que hay ahí. Así que fui con bastante intranquilidad a releer. Después me encontré con que en realidad los textos me seguían gustando, que seguía encontrándome ahí, que no eran tan distintos de lo que yo estaba escribiendo ahora y bajé ese nivel de ansiedad que tenía.

 

Solo corregí, revisé y saqué algunas cosas que me parecían vicios de principiante,  como demasiada adjetivación o algunas frases muy retorcidas que se podían simplificar. Pero traté de tocarlos lo menos posible porque pensé que si estaba bueno se debía notar que había un trabajo y una evolución en la escritura. Que la escritura no es inamovible. No se trata de que un autor encuentre una voz y quede cristalizada para siempre, sino de que, libro a libro, esa voz tiene otros matices. Si fuese siempre todo igual no habría un trabajo constante sobre la escritura y a mí lo que me gusta es trabajar constantemente sobre la mía. Así que, finalmente, todo ese proceso que pensé que iba a ser mucho más problemático, resultó más simple.

 

¿Reescribió entero alguno de los relatos?

 

Sí, pero no porque no me gustara sino porque era un cuento que yo había escrito a partir de una de las historias que después investigué para Chicas muertas. En ese momento yo no había hecho la investigación y entonces lo escribí con lo que recordaba del caso y después me di cuenta de que había muchos errores técnicos y de información. Me pareció que para conservar ese texto tenía que revisar y corregir esos errores de datos y demás que tenía el relato original, ese fue el único que reescribí completamente. Los demás quedaron bastante fieles a los originales.

 

 

¿Hubo algún proceso de selección o línea temática para escoger estos cuentos?

 

Sí. Tenía claro que quería reeditar un libro anterior que se llamaba Una chica de provincia, que son las tres primeras partes de este libro, y después hacer una selección de lo que estaba disperso. Lo que hice fue juntar todo lo que había publicado suelto en los años anteriores, en antologías y en revistas, para después ver qué compartía el espíritu de los relatos del primero y que no.

 

 

¿Cuál es la magia de escribir cuentos?

 

Es un género que me encanta. Yo escribí solamente cuentos durante muchos años, la novela llegó mucho después. Hacia el 2009 escribí mi primera novela. Entonces el cuento es un género que no solo me encanta escribir sino también leer. Ahora ya ha pasado bastante que no escribo uno pero siempre añoro volver a esos relatos. Es una muy buena manera de acercar a un lector perezoso, aunque las editoriales sostengan que un cuento no vende. Yo nunca entendí esa afirmación. Me parece que un cuento lo lees en un rato e incluso puedes leer varios, en cambio una novela te exige seguir, estar en un mismo universo durante mucho tiempo.

 

 

Estamos acostumbrados a relatos donde hay grandes protagonistas que han hecho grandes hazañas. Sus relatos son más bien coloquiales. Los protagonistas son personas comunes. ¿Por qué decide usar este tipo de personajes y cuál es la riqueza que le agregan al texto?

 

Quizá porque es un poco el tipo de literatura que a mí me gusta leer. Me gustan mucho algunos autores como Juan Rulfo, que usa personajes muy cotidianos y pequeños, esos que no están en el centro de la escena sino en la periferia. Flannery O'connor, también pone el foco en esos personajes de vidas simples, comunes y corrientes. Me parece que lo cotidiano también es muy complejo en algún punto. Así que me gusta bucear ahí y ver qué hay dentro.

 

¿Tiene algunos escritores que le guste leer constantemente?

 

A los cuentos de Daniel Moyano y la poesía de Juan L. Ortiz.