11 de diciembre del 2018
16 de Noviembre de 2018
Por:
Redacción Credencial

Este mes llega a las librerías de todo el país el más reciente trabajo de la escritora antioqueña. Donde nadie me espere relata una historia en la que el dolor, el duelo y la culpa son los grandes detonantes. 

“Ahora, más que nunca, a la literatura colombiana le atraerá el tema de la violencia” Piedad Bonnett

REVISTA CREDENCIAL habló con Piedad Bonett y esto fue lo que nos dijo:

 

Hace años, cuando incursionó en la narrativa, usted dijo que la novela se le había convertido en un vicio. ¿Ha intentado dejar ese vicio y regresar a la poesía, o sucumbió por completo a la novela?

Cada vez que termino una novela pienso que voy a dejar el vicio, para, como casi todos los viciosos, reincidir. Por ahora no pienso escribir otra. Espero que la poesía no me abandone. Ahora estoy empezando un proyecto nuevo: unos textos híbridos, entre la poesía y el cuento, una pequeña aventura que me tiene entusiasmada. Y tengo otros entusiasmos en la cabeza.  

 

Gabriel, el protagonista de su historia, analiza e interioriza la indigencia, los vicios, las relaciones padre e hijo y el amor con una mirada muy particular ¿en qué o en quién se basó para la construcción de este personaje?

En nadie en particular, pero hay elementos que me han sido inspirados por personas concretas. Pensé en algunos de mis estudiantes, en la carga que muchos arrastran, en las presiones del éxito y en el deseo de huir que todos experimentamos en algún momento de la vida. Aunque en la novela hay un momento en que el personaje llega a la indigencia, no estoy pensando en un habitante de la calle prototípico, sino en alguien que abandona, que huye del mundo y de sí mismo pensando en buscar opciones distintas para su vida, pero que se encuentra con circunstancias que aceleran su caída.

 

Al final de la novela, el lector descubre un sentimiento clave en el protagonista: la culpa. Este elemento explica, en una medida, cada una de las vivencias de Gabriel a lo largo del relato. En el proceso de construcción de este libro, ¿partió usted de esta pieza maestra -la culpa- o la escritura evolucionó a la par de Gabriel en su duelo?

Los grandes detonantes de esta historia son el dolor, el duelo y la culpa, y eso lo tuve claro desde el comienzo. Lo que no sabía –ningún escritor puede saber eso de antemano– es cómo enfrentó Gabriel el proceso mismo y qué hechos lo fueron conduciendo por su camino. El escritor va de la mano del personaje, y en cada momento entre los dos eligen qué hacer. Y hay un entorno, por supuesto, que es este país y su geografía.

 

Sus anteriores novelas –Siempre fue invierno (2007), El prestigio de la belleza (2010) y Lo que no tiene nombre (2013)– fueron publicadas con tres años de diferencia, ¿por qué en este caso pasaron cinco años?

Porque me arrasó la recepción de Lo que no tiene nombre y porque, mientras tanto, también escribí y publiqué Los habitados, un libro de poemas que es hasta cierto punto un complemento del libro testimonial sobre la tragedia de mi hijo. También porque el tema que elegí resultó especialmente difícil y me obligó a investigar mucho y a reescribir una y otra vez.

 

Donde nadie me espere habla de violencia, de ‘falsos positivos’, de miedos y escapes, ¿cree que el conflicto y sus secuelas seguirán acompañando la literatura colombiana?

Creo que ahora, más que nunca, a la literatura colombiana le atraerá el tema de la violencia, porque empezamos a ver el conflicto con distancia y a recibir testimonios, a leer interpretaciones y a vivir otro tipo de violencia. Pues, infortunadamente, esta parece ser una presencia eterna en Colombia, aunque siempre esté mutando o cambiando de rostro.

 

*Publicado en la edición impresa de noviembre de 2018.