23 de febrero del 2020
15 de Abril de 2014
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Se cumplen 160 años de la fascinante historia del golpe de artesanos, militares e intelectuales socialistas que duró poco y acabó mal.

Por Daniel Samper Pizano

El cuartelazo del general Melo

Una de las principales efemérides que se cumplirán en 2014 serán los 160 años del golpe militar del general José María Melo, el efímero ascenso al poder de una alianza de artesanos e intelectuales y la reacción que unió a los viejos generales conservadores y liberales, enemigos entre sí, gracias a la cual los partidos tradicionales y el establecimiento pudieron recuperar el mando que habían perdido. Todo esto ocurrió en el transcurso de pocos meses. El 17 de abril de 1854 asumió el poder Melo y el 4 de diciembre capituló ante los ejércitos constitucionalistas que se tomaron a Bogotá. En los libros de historia patria la dictadura de Melo, como se la llama comúnmente, ocupa unas pocas páginas. La de Henao y Arrubla le dedica cuatro en un total de 986; apenas dos le reserva el tratado de casi 500 de David Bushnell (“Nuestra historia desde los tiempos precolombinos hasta hoy”); y menos de una ocupa en la Historia de Colombia: todo lo que hay que saber, resumen de 366 páginas de Editorial Taurus.
Otros historiadores le confieren, por fortuna, mucha más importancia. El jurista Enrique Gaviria Liévano le dedica buena parte de su excelente estudio El liberalismo y la insurrección de los artesanos contra el librecambio (General José María Melo. Acuarela de José María Espinosa Prieto, 1854. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 351 2002, 2012). Según Gaviria, “después de la fallida revolución de los comuneros, por primera vez una clase distinta a la burguesía asumía la dirección política del Estado. El gobierno del general Melo tuvo en el fondo un contenido social innegable”.
No solo social: la llegada al poder, casi por casualidad, de este militar poco ilustrado fue producto de la lucha económica entre artesanos y draconianos (facción moderada del Partido Liberal) contra gólgotas (liberales manchesterianos) y conservadores. Los primeros eran enemigos de la libertad total de comercio, y aducían que abrir las aduanas a los productos extranjeros equivalía a sacrificar la naciente industria colombiana. Los gólgotas, partidarios a ultranza del libre intercambio de productos, afirmaban que al derribar toda protección a los bienes nacionales se activaría la economía en beneficio de todos.

El libre cambio y la libre quiebra 

Al posesionarse en 1845, el general Mosquera entregó el control económico de su gobierno al economista manchesteriano Florentino González, tatarabuelo de los neoliberales de hoy. González, nacido en Cincelada (Santander) en 1805, levantó las trabas aduaneras en 1847 y con ello, dice Gaviria, “decretó la guerra a las manufacturas colombianas”.
La tesis de González cuando era secretario de Hacienda sostenía que “en un país rico en minas y en productos agrícolas, que pueden alimentar un comercio de exportación considerable y provechoso, no deben las leyes fomentar industrias que distraigan a los habitantes de las ocupaciones de la agricultura y la minería… Debemos, pues, ofrecer a Europa las materias primas y abrir la puerta a sus manufacturas”. El resultado fue calamitoso. Lejos de abaratarse, los precios se dispararon.“Se puede asegurar que todas las materias alimenticias han duplicado su valor”, escribió en abril de 1854 el historiador José Manuel Restrepo.
La invasión de productos extranjeros no solo trajo carestía, sino también la quiebra a cientos de talleres y pequeños negocios artesanales. Mientras los importadores y comerciantes reventaban de prósperos, el desempleo se apoderó de los pequeños productores colombianos.
“El librecambio de don Florentino –señala Gaviria– nos colocó en la condición de país exclusivamente agrícola, cuyo destino era convertirnos en proveedores de materias primas para los países industrializados y receptor de sus productos manufacturados”.

Artesanos, enfrentamientos y violencia 

Ante la invasión de artículos extranjeros y la pobreza de los artesanos, estos se defendieron fortaleciendo sus entidades gremiales, que ya existían en el siglo XVIII. En 1838, un viejo político y profesor partidario de Francisco de Paula Santander y enemigo de Bolívar, Lorenzo María Lleras, fundó la primera entidad de artesanos moderna de Colombia: la Sociedad Democrática-Republicana de Artesanos y Labradores Progresistas. En 1847 retomó la idea el panadero Ambrosio López, al crear la Sociedad Democrática de Artesanos.
Los dos líderes obreros fueron raíces de familias de políticos que produjeron cuatro presidentes en el siglo XX: Carlos Lleras y Alberto Lleras y Alfonso López Pumarejo y su hijo Alfonso López Michelsen. 

Apoyaban a los artesanos grupos de intelectuales influidos por el Manifiesto comunista de Carlos Marx y Federico Engels (1848) y las aventuras socialistas europeas del mismo año. Uno de los más destacados era Joaquín Pablo Posada, quien agitaba el cotarro desde una publicación satírico-política llamada El Alacrán.

Los gobiernos posteriores a la Independencia, tanto los conservadores como los liberales, fueron una desilusión para los artesanos. Gobernaban entonces los generales. Terminado el de Tomás Cipriano Mosquera –a la sazón, conservador– siguió en 1849 el del liberal radical José Hilario López, que prometió mucho a los populares y cumplió poco. A López sucedió en 1853 el draconiano José María Obando, con quien simpatizaban los artesanos. Acababa de aprobarse una Constitución ultraliberal y correspondió a Obando sancionarla. Pero el propio jefe de Estado se hallaba en desacuerdo con algunas de las libertades extremas que concedía la Carta. Bogotá se volvió un hervidero de tensiones. Por principio, se enfrentaban liberales contra conservadores, y además, gólgotas contra draconianos y jóvenes de la burguesía (“cachacos”) contra muchachos del pueblo (“guaches”). Por si faltara algo, el Congreso se declaró enemigo de los militares y de Obando. Eran pan de cada día las condenas del parlamento al Presidente, las garroteras, crímenes y riñas. A Florentino González los artesanos le dieron una paliza cierta noche en que lo toparon por la calle, un artesano murió a cuchillo pocos días después y una puñalada acabó con la vida del cachaco Antonio París.

El cuartelazo del proletariado 

En ese momento los artesanos piden a Obando que se declare dictador y pase por encima de la Constitución.

Al negarse Obando, los coroneles, artesanos e intelectuales socialistas optan por dar un cuartelazo. Empleando como ariete a Melo –que no ocultaba su descontento por el maltrato de los legisladores al Ejército–, ocupan la Presidencia y disuelven el Congreso.
El general tolimense –nacido en Chaparral, como otros dos presidentes, Manuel Murillo Toro y Darío Echandía, en 1800– había servido banderas con Bolívar, ocupado cargos diplomáticos en Bremen y era avezado jinete. Carlos Lozano y Lozano lo describe como “engreído y arrogante,muy cuidadoso de su persona y del esplendor de sus uniformes e insignias” y dotado de un poderoso don de mando que hacía que sus subordinados lo amaran y temieran al mismo tiempo.
Melo fue un torpe administrador y fracasó aun como militar. Una revolución social como la que se proponían los comprometidos en el golpe necesitaba una organización popular menos precaria y líderes mucho más capaces que el antiguo soldado bolivariano. “En siete meses Melo no hizo nada cuando tuvo a la mano todos los elementos”, señala Alirio Gómez
Picón en su libro sobre el histórico golpe. “Ni siquiera en el corto y triste reparto de los actos oficiales de Melo se encuentran disposiciones que los favorezcan (a los artesanos)”, dice Luis Ospina Vásquez en su historia económica de Colombia.
Muy pronto los enemigos comunes empezaron a atacar política y militarmente al Gobierno. La embajada de Estados Unidos fue sede de los opositores de la dictadura. Desde allí, aunque parezca increíble, el vicepresidente de Obando, José de Obaldía, se declaró en ejercicio del poder ejecutivo, mientras que en Ibagué se instalaba el Congreso y surgían focos armados en diversos departamentos.

Un dictador en el paredón

El gobierno militar duró poco: de abril a diciembre. El entusiasmo de sus partidarios, gente de pata al suelo y proletarios de escasa influencia, no pudo compensar el avance de las tropas que encabezaban los generales Mosquera, López y el expresidente y militar Pedro Alcántara Herrán. Para completar,  cuando Melo consiguió empujar a los soldados constitucionalistas hasta el borde de la sabana de Bogotá, en vez de perseguirlos y rematarlos regresó a Bogotá atemorizado. Este error seguramente le costó la guerra, que dejó cientos de muertos.
Estaba escrito que Melo no celebraría la Navidad en Palacio. El asedio a Bogotá se produjo desde el sur, por donde venía con sus tropas López, y el norte, con Mosquera a la cabeza. “El ataque comenzó el 3 de diciembre desde muy temprano, tomando casa por casa y avanzando manzana por manzana –testimonia el político José María Samper–, hasta que a las cuatro de la tarde del día siguiente se rindió Melo”. En ese momento Caída del gobierno de Melo. Dibujo en aguatinta de José María Espinosa, 1854. Colección Biblioteca Nacional de Colombia. solo le quedaban mil soldados y 49 oficiales, una doceava parte de los que acaudillaban ocho generales y 879 oficiales constitucionalistas.
El dictador fue condenado a muerte, pero después le permutaron el castigo por el destierro, que constituyó una pena capital aplazada. En efecto, el general destituido viajó a Centroamérica, donde le contrataron sus servicios de estratega los gobiernos de Costa Rica, El Salvador y Guatemala. En 1860 cruzó la frontera e ingresó al estado mexicano de Chiapas, donde se unió al ejército del prócer Benito Juárez. Lo encargaron de organizar un cuerpo de caballería de más de cien jinetes para combatir al general conservador Juan A. Ortega.  

El primero de julio de ese año Ortega le tiende una emboscada. En cuestión de horas lo atrapa y lo manda al paredón. Los restos de José María Melo Ortiz, expresidente de Colombia muerto por descarga de fusilería a los 59 años, reposan hasta hoy en la hacienda mexicana de Juancaná.

Final melancólico

En cuanto a los artesanos conspiradores, decenas de ellos murieron en la batalla de Bogotá, muchos quedaron heridos (entre ellos El Alacrán Posada) y mil fueron presos. El conservador Manuel María Mallarino, sucesor de Melo, los envió al inhóspito clima de Panamá –entonces aún parte de Colombia– para que trabajaran en la construcción del ferrocarril interoceánico. El cronista José María Cordovez Moure critica este “acto de crueldad” y señala que “los más de ellos murieron en aquellas playas inhospitalarias, dejando a sus familias en el mayor abandono”. De tan melancólica forma terminó el único gobierno popular y revolucionario que ha tenido Colombia. La voz popular dice que el golpe militar de Melo en 1854 y el de Gustavo Rojas Pinilla en 1953 son los únicos cuartelazos que registran los anales de nuestro país. La historia nacional ha tendido sobre aquel una cortina de desdén y escarnio que ahora, 160 años después, merece desapasionada revisión. «