23 de febrero del 2017
26 de Enero de 2017
Por:
Mario Alcalá

La vida del poeta más grande de Chile bajo el ojo del más grande director chileno del momento: Pablo Larraín

Neruda… el clandestino

Una alianza entre demócratas, radicales y comunistas, representados por el abogado y político Gabriel González Videla, ganó la presidencia chilena en 1946. Pero pronto el gobierno traicionó sus promesas de campaña e inició una represión contra los propios trabajadores que los habían elegido, especialmente los dedicados a la minería. El gobierno de Chile reprimió las protestas sociales y rompió relaciones con la Unión Soviética y los restantes países del bloque oriental. De nada valieron los plenos derechos políticos otorgados a la mujer, ni los intentos por resolver la crisis social y económica en la que estaba inmerso el país austral. La imagen que se proyectaba al mundo era la de un gobierno opresor. 

Gran parte de esa visión global del Chile de la posguerra estaría representada en la figura, en las palabras y sobre todo en los versos de Pablo Neruda. Luego de esa forjada personalidad en episodios como la Guerra Civil Española y su periplo por la Francia de finales de los años treinta, comenzó a abrazar las banderas del comunismo y retornó a Chile en 1943, para ser elegido como senador, dos años más tarde, de un par de provincias y recibir en ese tiempo el premio Nobel de Literatura. Su fama orbital, su gran reputación en las letras y en la política, hicieron que las banderas enarboladas por el propio Neruda en contra del gobierno de González Videla (al que incluso llamó rata), tuvieran una relevancia enorme en Chile y más allá de las fronteras, lo que convirtió al poeta en un perseguido y lo hizo vivir en la clandestinidad. 

Parte de esos primeros debates y críticas abiertas y vehementes, así como parte de la vida encubierta de Pablo Neruda, cambiando constantemente de residencia y de apariencia física, son la columna vertebral de la cinta de Pablo Larraín titulada Neruda, una biografía cinematográfica con tintes de drama, que abarca estos años del poeta en la oscuridad de la persecución y en la luz de sus letras y versos, como voz no solo de sus intereses sino de los chilenos acorralados por su ideología.

Larraín usa un recurso válido e interesante, y es el de narrar la historia de Neruda a través de los ojos de su perseguidor, un ser que maneja unas dualidades, admiración-odio, respeto-envidia, fascinación-desencanto, algo muy similar a lo visto en el filme de 2007 El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, con Brad Pitt y Casey Affleck. En Neruda, la figura es un policía llamado Óscar, interpretado por Gael García Bernal, un agente con ínfulas de grandeza que irá narrando su propia película acerca de la forma como le sigue los pasos a Neruda a través de la geografía chilena. La ambientación de la cinta está bien lograda y transporta al espectador a esa época en particular. Respecto del trabajo de los actores cabe destacar el gran tono de voz usado por el actor chileno Luis Gnecco, especialmente en los momentos donde el poeta declama sus versos. Gael García luce apenas aceptable y por momentos se pasa de la raya en su histrionismo, logrando que su rol pierda fuerza y afecte el resultado final de la producción. El filme es un decoroso acercamiento al Neruda político e idealista, no tan santo como podría pensarse, y que quiso cambiar supuestamente el rumbo de un país con versos como ,podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.