Fotografías Mateo Contreras
6 de Abril de 2020
Por:
Diego Montoya Chica

Contratar actores no profesionales permite a los cineastas explorar la realidad social y emotiva de sus personajes con mayor espontaneidad y fidelidad. Revista Credencial habló con dos laureados realizadores colombianos acerca de los retos y beneficios de este recurso creativo.

Estrellas de a pie

¿ACTUARÍA USTED en una película? ¿Estaría dispuesto a que lo vistieran y ma - quillaran, para luego soltarlo en un so - focante set de rodaje bajo las miradas y gritos de un numeroso equipo de produc - ción? ¿Querría usted sentir el lente de la cámara, vigilante de cada uno de sus gestos y movimientos, para después exponer el registro ante cientos de miles de personas en salas de proyección internacionales? ¿Estaría dispuesto a que ese material quedara en los archivos para la consulta perpetua? Estas son las preguntas que se hacen los ciudadanos de a pie que han sido invitados a participar como actores naturales –no profesionales–, en cortos o largometrajes de ficción. Para algunos, esta es una oportunidad perfecta para explorar su creatividad en una forma inusitada y para, eventualmente, obtener algo de fama. Pero pocos imaginan que se trata de una labor supremamente demandante de energía, a la vez que es enriquecedora tanto para intérpretes como para realizadores. Utilizada por estos últimos desde el mismísimo inicio del cine, la figura de los actores naturales tiene efectos tanto en lo artístico y presupuestal de una producción, como en la vida de los involucrados.
 

“Parte de nuestra responsabilidad es hacerlos conscientes del ciclo que van a vivir, de que esto es una cosa temporal”, explica la directora Cristina Gallego quien, junto con Ciro Guerra, nos regaló este año una invaluable inmersión en el universo wayú, tan lejano para el interior colombiano. Pájaros de verano se rodó con una mezcla de actores profesionales – aunque buscados en la región relacionada con el guion– y actores naturales. Esta última cuota estuvo representada, entre otros, por el guajiro Greider Meza, en el papel del caprichoso Leónidas, y por José Vicente Cote, el palabrero de la película, quien en realidad también lo es en la comunidad de El Pasito, en Riohacha. “Hacemos un proceso de coach grande: no es solamente prepararse para interpretar los papeles, sino también salir de ellos – sostiene Gallego–. Conocemos el impacto que el spotlight puede generar en la vida de una persona que no tiene nada que ver con ese oficio”.
 
La bogotana asegura que trabajar con actores naturales implica un mayor esfuerzo que con profesionales, dado el entrenamiento actoral al que se somete a cada nuevo individuo. No obstante, asegura, vale la pena: “También es una cuestión de carencia dentro de los actores profesionales –sostiene–. No porque estos no puedan interpretar un papel, sino porque no hay diversidad: no encontramos en ellos los rostros, los cuerpos, las formas de hablar que estamos buscando. Los actores naturales, por su parte, aportan veracidad con pieles, miradas y características físicas que los profesionales en su gran gama no tienen”
 
  • LA FIDELIDAD SOCIOLÓGICA
El director Franco Lolli está en plena producción de Litigantes, su segundo largometraje. El guion se enfoca en el personaje de una abogada y madre soltera que debe lidiar con las penurias de la corrupción nacional. Lolli coincide con Gallego, pues asegura que contrata actores naturales para obtener mayor fidelidad sociológica, pues el recurso le permite representar perfiles sociales de manera respetuosa y realista, contrario a lo que ocurre con el criticado fenómeno del whitewashing –cuando se utiliza actores blancos para representar a otras razas– o del class washing –igualmente, pero con clases sociales– en Hollywood. “Para mi primer largo, Gente de bien (2016), era muy difícil encontrar un actor entrenado que fuera de 10 años de edad y que además proviniera de clase baja bogotana –relata Lolli, que ‘casteó’ el personaje durante siete meses–. Pero encontramos un niño (Bryan Santamaría) que nos permitió tener fidelidad, incluso emotiva. Por ejemplo, el guion disponía que él llorara 13 veces a lo largo de la cinta pero, dado que en el sitio de donde él venía no le permitían llorar tan fácil, terminó llorando una sola vez. Y fue mejor así”.
 
El realizador bogotano recuerda que, estando en Francia como estudiante y para la producción de un cortometraje –en el que trabajó con actores profesionales y conocidos– debía conseguir 30 chinos para una escena en la que se celebraba un matrimonio. Ante la imposibilidad de contratar actores profesionales asiáticos, recurrió a los naturales. “El corto salió mal –confiesa–. Pero esa fue la escena que más me gustó; tenía mucha más naturalidad”. Desde ese momento, dice, evita que le ocurra aquello que critica de casos como el de Los 33 (2015), una película en la que Antonio Banderas interpreta a uno de los mineros chilenos que quedaron atrapados dentro de una montaña durante más dos meses en 2010. La hermana de uno de los obreros, además, fue interpretada nada menos que por Juliette Binoche. “Ella es de lo más parisino que hay, y él es excelente para una película de Almodóvar o Brian De Palma, pero no ahí –dice–. Ahí hay algo de negarle la representación (a la población real)”.
 
  • ANTECEDENTE NACIONAL 
Décadas antes de que se estrenara Gente de bien o Pájaros de verano (2018), Colombia llegó por primera vez a la Competencia Oficial de Cannes con Rodrigo D No futuro (1990), la ópera prima del antioqueño a quien Franco Lolli acudió en busca de consejo y quien primero le enseñó a Colombia de hiperrealismo en la ficción: Víctor Gaviria. “Lo que yo estaba buscando como cineasta eran unas películas en donde el argumento fuera un reflejo de un universo”, sostuvo Gaviria a un auditorio lleno de estudiantes en 2015. Es decir: su pretensión ha sido en cierta forma documental, pero ejecutada mediante el uso de recursos narrativos de la ficción. El realizador de La vendedora de rosas (1998), Sumas y restas (2004) y La mujer del animal (2016) tiene una especie de obsesión por la naturalidad y los retratos sociales fidedignos. Por eso, lejos de llevar su obra a los barrios marginales que retrata, la saca de entre sus andenes y recovecos. “Imagino que los cineastas que trabajan con actores profesionales también están buscando una verdad, pero a mí los actores naturales me han arrojado a una verdad social y me han hecho sumergir en la cultura nuestra”, aseguró Gaviria en una entrevista para Bacánika en 2016.

 

  • HITOS INTERNACIONALES 
En la mayoría de los casos, los actores naturales llegan a los sets por pragmatismo. Sin embargo, cuando el recurso se busca en ‘pro’ de la mencionada fidelidad, los resultados pueden ser memorables. La mayoría de las obras del Neorrealismo italiano cuentan con ese tono transparente de caras desconocidas y auténticas, difícilmente logrables con grandes estrellas. En la Italia de la posguerra, el propósito de Roberto Rossellini, Vitorio de Sica, Federico Fellini o Luchino Visconti era, precisamente, la de retratar el drama humano con transparencia después de que el régimen de Mussolini impusiera una estética propagandística para el séptimo arte. Lo nota todo el que se deje conmover, aún hoy, con El ladrón de bicicletas (1948), para la cual un verdadero obrero de fábrica fue contratado para interpretar el papel que lo marcó de por vida.
 
En Francia, el sensible Robert Bresson llamaba ‘modelos’ a sus actores, en su mayoría no profesionales, a quienes les daba instrucciones de movimientos precisos, como si fueran muñecos. En una entrevista, el director de Pickpocket (1959) o El diario de un cura rural (1950) aseguró, justificando su cast natural: “Los actores son gente que se esconde tras su papel, tras su arte, como si fuera un biombo”.
 
Pero si de cine de otras latitudes se trata, debemos recordar las obras del movimiento iraní de películas acerca de niños, algunas de cuyas joyas son Los niños del cielo (Majid Majidi, 1997), Dónde está la casa de mi amigo o La llave (Abbas Kiarostami, ambas de 1987). “Generalmente, los actores no profesionales nunca leen el guion antes de llegar al set y así me aseguro de su espontaneidad”, aseguró Majidi en su momento.
 
Y, finalmente, otro de los hitos del trabajo con actores naturales es Fernando Meirelles, quien en 2002 ofreció al mundo un retrato del universo pandillero de Rio de Janeiro, actuada por niños y adolescentes de la favela homónima del filme. Ciudad de Dios tuvo cuatro nominaciones en los Oscar de 2003 por acertar en fotografía, montaje, guión adaptado y dirección; pero, sobre todo, por el coloso esfuerzo que supuso la producción de esta película, para la cual debió negociar con las mafias del bajo mundo carioca. ◆
 
*Publicado en la edición impresa de noviembre de 2018.