23 de septiembre del 2019
Archivo Particular
22 de Noviembre de 2017
Por:
Mario Alcalá

Una mirada minuciosa al golpe de Estado de 2013 en Egipto, visto desde el interior de un furgón de policía en el que convergen los más disímiles detenidos.

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'Clash', retratos de la primavera árabe

Un vendedor ambulante se prendió fuego en la primavera árabe tunecina de dos mil diez. Su nombre era Mohamed Bouazizi. Las llamas de su cuerpo provocarán un incendio que consumirá algunos de los gobiernos más representativos del mundo árabe. Los manifestantes, unidos bajo las banderas de la desigualdad, la represión y los precarios estilos de vida, forzaron la dimisión de Ben Ali en Túnez y de Hosni Mubarak en Egipto. Sin embargo, en la tierra de los faraones la cura resultó más mala que la enfermedad, y luego del mando provisional por parte de los militares, se produjo el ascenso, tras nuevas elecciones, de Mohamed Morsi.

Pero su permanencia en el poder se iba a ver amenazada, ya que ese ingeniero y político egipcio, a pesar de advertir en público sus intenciones democráticas, comenzó a detentar demasiado poder. Un movimiento de mayores proporciones iba a generar otra revolución que teñiría de sangre el país. Los dos bandos enfrentados quedaron muy bien definidos: por un lado estaba el partido islamista, La Hermandad Musulmana, que representaba a Mohamed Morsi. En la otra orilla estaban esos ciudadanos que comulgaban con los militares y que buscaban derrocarlo. Durante tres días, estas dos corrientes convirtieron a las calles de Egipto en campos de batalla. Uno de estos días de protesta de mediados de 2013 es el punto de partida de Ishtebak o Clash, un drama en todo el sentido de la palabra, con tintes de suspenso. 

La cinta, como si se tratase de una gran encuesta nacional para medir la opinión de los egipcios, toma una micromuestra de forma aleatoria y, a través de un pequeño grupo de personas, trata de mostrar las diferencias y coincidencias de toda una nación. De este modo, en un furgón de la policía son encerrados ciudadanos dispares en edad, y con visiones muy diversas sobre sexo, religión, partidos políticos y hasta gustos musicales y deportivos. Ellos, por medio de su asfixiante encierro, le van dando elementos de juicio al espectador para conocer de primera mano los pensamientos no solo de un grupo, sino de todo un país.

Ishtebak o Clash camina por momentos en los terrenos del pseudo-documental (se graba como si fuera real, pero se produce como ficción). Su arriesgada forma de narrar la historia se hace del modo más claustrofóbico posible. Su director, Mohamed Diab, invierte las casi dos horas de metraje en crear esa atmósfera, al renunciar a los planos generales y mantener la visión de su cámara desde el aislamiento en ese furgón de policía. Para darle mayor veracidad y dramatismo a su obra, hace uso de los primerísimos planos que consiguen que la audiencia experimente esa sensación de asfixia, de cautiverio, de impotencia y de pánico que viven los protagonistas. Los sucesos por fuera de esta “prisión” rodante también son cubiertos con gran propiedad. 

Ishtebak o Clash no es para todo el mundo. Si lo que usted busca es una cinta generosa en planos y visualmente atractiva, puede pasar de esta. Si busca un muy atinado acercamiento a una situación de la historia reciente de Medio Oriente, y quiere sentirse protagonista de los acontecimientos, de seguro esta producción va a quedar en su memoria. 

 

 

*Publicado en la edición impresa de agosto de 2017.