10 de diciembre del 2019
23 de Octubre de 2013
Por:
Nicolás Cadena Arciniegas

Este filme, –que es la adaptación de uno de los cuentos con lo que el escritor Carlos Franco ganó el Premio Nacional de Literatura el año pasado– comenzó su carrera en varios festivales de cine alrededor del mundo asombrando a los asistentes por su originalidad, por el contenido humano en su narración y por hacer del silencio otro actor importante; elementos que lo hicieron merecedor de varios premios en el Festival de Cine de Gramado (Brasil) en 2013. 

 

Cazando Luciérnagas, una nueva cara del cine colombiano

A pesar de que la película aún no ha llegado a las salas de cine del país, algunos comentarios de la crítica y la prensa especializada se han atrevido a pronosticar que esta historia, que podría ser el espejo de cualquier hombre o retratar la vida de su vecino o incluso la suya, hará meya en el cine colombiano.

Los augurios están basados sin duda en la calidad técnica, narrativa y actoral del largometraje. Y es que el espectador podrá disfrutar de paisajes -que son mostrados como óleos-, de escenas largas con silencios que dan espacio para adivinar los pensamientos de los personajes y actuaciones impecables que trasmiten la realidad que tienen que enfrentar algunos padres que por diferentes circunstancias se divorcian y se distancian de sus propios hijos por un buen periodo de tiempo.

La historia comienza con mucha lentitud mostrando la vida de Manrique, interpretado por Marlon Moreno, un hombre que vive en medio del olvido y que trabaja de guardia en un lugar del Caribe colombiano que alguna vez fue una mina de sal y que ahora está casi abandonada.

Él parece llevar en sus espaldas un pasado amargo que intentó ocultar tras una frondosa barba y años en absoluta soledad, pero que terminaron por disipar su sonrisa y el recuerdo de un hombre que alguna vez se enamoró y soñó.

Su vida transcurre en una total monotonía: hacer guardia del territorio que cuida, subir al viejo mirador y divisar por medio de sus prismas aquel paisaje que por años lo ha acompañado, esa es su labor. “Un parte de total normalidad”, es lo que Manrique matutinamente comunica por el radio a la central, en donde siempre responde alguien con una vida absolutamente contraria a la suya.

Quien recibe el mensaje es un hombre muy alegre que siempre trata de sacarle una carcajada, con algunos buenos chistes, al guardia de la olvidada mina de sal, que sin embargo, no considera nada gracioso. Manrique solo quiere recibir el código y seguir en la absoluta soledad.

Pese a esto, la vida de protagonista comienza a cambiar cuando llega Raquel, –una perrita de raza criolla que se ha acercado al predio en busca de alimento– y se trasforma por completo cuando aparece Valeria, una niña que con 13 años de edad arriesgó el todo por el todo para ir en busca de aquel padre que aún no conoce y que una vez teniendo enfrente no piensa dejar escapar.

A Manrique no le interesa hacer amistades, sin embargo, la dulzura de esta niña que se siente más cómoda jugando béisbol que maquillándose, hará que el corazón frío de su padre cambie poco a poco.

Cazando Luciérnagas es una nueva idea de cine colombiano con la que se puede escudriñar el alma, en la que la historia sin necesidad de violencia y sexo expresa sentimientos, roba sonrisas y en ocasiones estremece hasta sacar lágrimas. ¡Recomendadísima!