14 de agosto del 2020
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19 de Marzo de 2014
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Como una india peruana muy poderosa y espiritual, Carolina Guerra conquistará al genio italiano en la segunda temporada de la serie Los demonios de Da Vinci, ganadora de dos Emmy.
 

La amante de Da Vinci

En una esquina de Los Ángeles, en Estados Unidos, con un sándwich de mozzarella, pesto y rúgula entre las manos, y de vez en cuando también en la boca, vistiendo unos jeans rotos, unos botines planos todos desjetados, la actriz Carolina Guerra habla por celular y cuenta que se quiere tragar el mundo.Acaba de salir de los estudios Sony, en esta nueva rutina a la que se lanzó recientemente para buscar nuevas oportunidades profesionales. Todas las mañanas hace audiciones, está conociendo cómo se mueve el medio de la actuación en esa ciudad, y en el tiempo que le queda libre trata de organizarse. Aún no tiene carro y está de paso en la casa de una amiga mexicana.
Su voz suena feliz, sencillamente feliz. A sus cortos pero intensos 25 años ha cumplido a cabalidad su máxima: salirse de la zona de confort. “La vida tiene una manera tan impresionante y tan en la cara de premiarte la valentía… Cuando eres valiente y te arriesgas, la vida es increíble. Cuando uno se sale de su zona de confort, es cuando pasan las cosas maravillosas”.

Y sí, el taxista que hace meses la llevó de Londres a Gales fue testigo de esas cosas maravillosas que le están pasando a Carolina. En las tres horas que duró el recorrido, ella no dejó de reír, de hablar con su familia por celular para darles a todos la noticia más maravillosa que ha recibido hasta el momento en su vida profesional: actuar en Los demonios de Da Vinci, serie dramática e histórica que en su primera temporada tuvo tres nominaciones a los premios Emmy, de las cuales ganó dos, y que estrena la segunda el próximo 22 de marzo por Fox. Carolina interpretará a Ima, una india del Perú muy poderosa en su grupo social y muy espiritual, que posee los secretos que le permitirán a Da Vinci resolver el misterio que tanto anhela.
Meses antes de subirse a ese taxi, la actriz Sophia Myles, con quien trabajó en el filme Gallows Hill y de quien se hizo amiga, la llamó para decirle que se había encontrado con una de las grandes directoras de casting en Londres, y que estaba segura de que Carolina encajaba con lo que estaban buscando.
Una vez recibió el libreto, en forma casera, “con una camarita”, dice Carolina, grabó lo que era prácticamente un monólogo en inglés y con palabras en quechua, bajó un diccionario a su celular, y envió su prueba por Internet. Al mes recibió un correo donde le informaban que la necesitaban en Londres para ver la química con el actor principal, Tom Riley. Viajó, presentó la prueba un lunes, y el miércoles la llamaron para confirmarle que el papel era suyo. “Yo quería botarme por la ventana y no tenía celular y quería avisarle a mi papá”. Al poco rato llegó a recogerla el taxista que la llevaría a Gales para que le tomaran medidas de todo, hasta la punta del dedo del pie.
Allí encontró una geografía que define como particular, un pequeño pedazo de tierra con playas, montañas, rocas y diferentes terrenos que hicieron posible la filmación de todos los lugares de la serie. Y por muy increíble que le pareciera, construyeron para el set un Machu Picchu en medio del Reino Unido, un antropólogo le dio clases de quechua, personas que trabajaron en “Harry Potter” le enseñaron expresión corporal y expertos le ayudaron a tener un perfecto acento: hablar como una indígena peruana que ha aprendido inglés británico. “Yo me sentía en Disneylandia”, dice Carolina.
Para ella, su trabajo en Gales fue toda una lección de profesionalismo, de rigor, de exigencia; lecciones que la han motivado aún más para buscar lo que quiere. Y lo mejor, en esta segunda temporada de Los demonios de Da Vinci, que se desarrolla fundamentalmente en Suramérica y con Ima como un personaje clave, la trama queda abierta y con esto también el futuro de ella en la serie.


El inicio

Cuando Álvaro, el padre de Carolina cumplió 50 años, en medio de la celebración su hija mayor tomó un candelabro en sus manos y comenzó a cantar. Ese día, un amigo de su padre comentó en broma que la mandara a estudiar actuación porque ese sería su futuro. Ella tendría entonces unos 10 años.
Carolina empezó a figurar a los 14 años en los medios de comunicación en Colombia gracias al modelaje, actividad con la que nunca se sintió identificada como para dedicarse a ella del todo, pero que hoy recuerda con mucho cariño y ternura: un grupo de adolescentes que llegaban a hacer casting con uniforme de colegio, que viajaban de gira por Medellín, Cartagena y otras ciudades. Durante estos años comenzó a ser independiente, a conocerse a sí misma, a viajar sola. También les compró a sus papás el primer regalo con su sueldo y “conocí la atmósfera que me ha tocado vivir luego por muchos años”.
Sus padres la llevaron al modelaje porque ella casi los ‘seca’ para que lo hicieran, sin recordar que ya un vecino en una carta astral les había pronosticado que su hija viviría fuera del país y estaría en el mundo del espectáculo.
De allí pasó a la actuación. Su primer papel fue en El ventilador, a los 17 años. Y desde entonces hasta hoy siente que su cambio ha sido del cielo a la tierra. Sus primeras interpretaciones estuvieron guiadas por el instinto, y cuando ya decidió que quería dedicarle a esto el resto de su vida, estudió, aprendió técnica y trabajó consigo misma. Ha estudiado en México y en Nueva York, y ha tomado talleres en Colombia. “Entre más aprendo, más quiero saber. Se ha vuelto un círculo vicioso, es algo infinito. He trabajado desde la ira, desde la imitación, desde el clown”. Este último le ha gustado mucho, dice que lleva como dos o tres meses obsesionada con el tema y que está buscando un coach para aprenderlo.
El director Rodrigo Triana trabajó con ella en la serie Regreso a la guaca, y una vez le hizo el casting la escogió porque en ese momento su rostro era muy distinto a lo que se veía en la televisión, “un rostro muy interesante”, según sus palabras. Ella estaba empezando y a él le impresionaron las ganas y la disciplina de Carolina. Era atenta, escuchaba, interpretaba lo que él le decía. “Un actor es bueno si es moldeable, y ella lo es. Se veía muy natural en la cámara. Tiene ese no sé qué, ese algo que se tiene o no”, explica Triana.
Para ella, lo más difícil de su trabajo es interpretar a un personaje que sufre mucho. Recuerda claramente el papel de ciega que representó en la película Restos, en México. Durante el proceso de investigación para construir a Ana, esta mujer “hizo algo dentro de mí: me abrió los ojos”, recuerda Carolina.
El recorrido le ha permitido reconocer una gran interpretación y conmoverse hasta el punto de llorar durante media hora después de terminar una función. Le sucedió en México con la actuación de la actriz Karina Gidi en la obra “Incendios”. Más allá del personaje, Carolina quedó abrumada con ver ese talento tan grande frente a ella. Desde entonces Karina es su preferida.
En Colombia ha trabajo en televisión como presentadora, como actriz y también en cine. La Lectora fue una película que en su momento le dio un buen impulso. Y se hizo famosa. Pero un día decidió salirse nuevamente de su zona de confort, dejó la comodidad de unsueldo y se fue a México sin planes muy claros y desde entonces vive así, buscando mundo y oportunidades. Ha escogido siempre lo que le gusta por encima del dinero. Como dice su padre: “en ella el dinero es adjetivo”. Carolina ha contado siempre con su familia, un núcleo muy importante para ella. Mientras conversa siempre menciona a sus padres y a su hermanita. También tiene un hermano del primer matrimonio de su padre. En la vida profesional ha tenido a su lado a su mánager, Fernán Martínez, a quien conoció cuando tenía 17 años, tienen una muy buena relación y, según ella, él le ha dicho el mejor piropo: “que por fuera era muy fea comparada con lo soy por dentro”.

Habla fácil, cuenta su vida sin misterios y con mucho entusiasmo.  Su padre la define como una persona con una inmensa energía.
Carolina dice que en este momento está muy enfocada, por primera vez tiene el total de su energía concentrada en ella y en lo que quiere, que está soltera y no a la orden. Jamás ha pensado en casarse, de hecho alguna vez dijo que si lo hacía sería en Converse o empelota, y bueno, como un buen chiste, dice que eso es un buen augurio, porque los Converse van en su maleta. Eso sí, quiere ser mamá, siempre ha soñado con tener hijos, con llevarlos a recorrer el mundo. Quiere trabajar en Estados Unidos, en Europa, quiere estar donde pasan las cosas. No le importa la fama, solo sabe que es una consecuencia de su trabajo. “Me gusta hacer lo que hago y lo haría así fuera o no famosa”.
Se ríe mucho, la emoción se escucha en cada palabra, y entonces es fácil imaginar a Carolina convertida en ‘Farrolina’, el apodo que le pusieron sus amigos porque le gusta la farra, es fácil imaginarla tragándose el mundo sin atorarse, porque como ella dice: “estoy en una emoción que no quepo, muy envalentonada siendo yo, con valentía y optimismo en el alma”.