23 de septiembre del 2019
Archivo Particular
20 de Mayo de 2019
Por:
Ana Catalina Baldrich

Cada episodio de tensión entre Estados Unidos y Rusia suele revivir en la prensa el fantasma de una nueva versión de la época que mantuvo en vilo al mundo con la amenaza nuclear. ¿Se justifica esta paranoia?

Guerra fría 2.0

Cuando el líder comunista Günter Schabowski dijo ante las cámaras de televisión que, desde ese momento, se permitirían los viajes desde Alemania Oriental hacia el extranjero, no cayó en la cuenta de su imprudencia. Eran las 6:15 de la tarde del 9 de noviembre y, en cuestión de minutos, los focos se centraron en un solo punto: una mole de 3,6 metros de alto que dividía al mundo entre comunismo y capitalismo. Dos horas después, las cadenas de radio y televisión transmitieron, en vivo y en directo, la manera en que miles de alemanes, martillo en mano, unificaban su país ante la mirada atónita de los miembros de la patrulla fronteriza quienes, durante décadas y fusil en mano, impidieron el paso hacia Alemania Occidental. Transcurría el año de 1989. Caía el Muro de Berlín. La Guerra Fría llegaba a su fin.

 

Aun así, todo parece indicar que ni la posterior disolución de la Unión Soviética, ni la reunificación de Alemania, ni el nacimiento de la Unión Europea, ni –incluso– la globalización fueron suficientes para que el imaginario global olvidara el concepto que, desde finales de la Segunda Guerra, mantuvo al mundo con el miedo a que alguno de los bandos lanzara un ataque nuclear.

 

Hoy, casi 30 años después de la caída del Muro de Berlín, cuando se intenta explicar cualquier discrepancia que involucre a países de diferentes orillas ideológicas, es común leer y escuchar las advertencias de la llegada de una nueva Guerra Fría. Sin embargo, más allá de los titulares de prensa, hay quienes consideran que la multipolaridad actual no se puede equiparar con la antigua bipolaridad.

 

Mariano Aguirre, analista de política internacional y autor del libro Salto al vacío: crisis y declive de Estados Unidos, dice que, a diferencia de lo que ocurría en la Guerra Fría, en el sistema internacional actual hay más de dos líderes mundiales. “Se encuentran una serie de potencias, unas con un mayor poder militar, otras con creciente capacidad económica, financiera, tecnológica, y también militar –sostiene–. Estas potencias compiten por poder global y regional”.

 

Lo mismo opina Diana Rojas, la investigadora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional, quien asegura que la gran diferencia con el mundo que había antes de la caída del Muro de Berlín es que, hoy, cada país puede ser líder a partir de sus talentos. “Una de las características de la Guerra Fría efectivamente era la bipolaridad y la confrontación de dos campos claramente definidos, cada uno con un proyecto político e ideológico y además rival. Hoy en día –explica– existe una dispersión de los recursos del poder”.

 

Según Rojas, aun cuando Estados Unidos sigue siendo la gran potencia global –debido a que su supremacía económica, política y tecnológica es mayor que la de los demás países– en la actualidad existen potencias emergentes que le disputan el trono: “Rusia, que bajo el gobierno de Vladimir Putin está tratando de recomponer su proyecto como potencia –dice–. Y, particularmente, China, sobre todo por su éxito económico y su avance en términos tecnológicos”. Esto, agrega, sin contar aquellos países que, a nivel regional, también tienen una capacidad significativa de influencia.

 

 

  • El nuevo juego del poder

Durante la Guerra Fría, el mundo se alineó en torno a coincidencias políticas y económicas. Sin embargo, la multipolaridad y la globalización han cambiado la motivación de las alianzas al punto de que, sin importar la orilla ideológica, cualquier país puede mantener relaciones cordiales, y hasta estratégicas, con un otrora ‘archienemigo’.

 

Hace unos meses, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio muestras concretas de esta evolución de las relaciones internacionales cuando aseguró que Kim Jong-un, líder de Corea del Norte –un país no solo comunista sino que permanece en el escrutinio global debido a las denuncias sobre las sistemáticas violaciones de los derechos humanos de sus nacionales– era su nuevo mejor amigo. A este episodio se sumaron los rumores sobre la posibilidad de que el presidente ruso “le hubiera dado una mano” para llegar a la Casa Blanca.

Aguirre explica que las disputas de antaño entre las potencias, que se basaban en las motivaciones ideológicas del enfrentamiento capitalismo-comunismo, han sido sustituidas por “disputas fragmentadas”. “O sea, por un lado, hay competencias entre los países por razones económicas y geopolíticas, pero todos operan dentro del sistema capitalista global. Por otro, hay choques entre democracia liberal y supuestas democracias autoritarias –dice el analista–. A la vez, estos choques no tienen líneas claras trazadas como en el pasado. Tanto el gobierno ruso como el gobierno de Estados Unidos son autoritarios. En Rusia hay más represión que en Estados Unidos. Igualmente, en China también hay mucha más represión y menos democracia. Pero los autoritarismos populistas están en auge y podrían influir en las relaciones internacionales, lo que generaría una nueva era de tensiones que serán diferentes a las de la Guerra Fría”.

 

En el nuevo tablero geopolítico,las motivaciones tanto para las alianzas como para las tensiones distan de la claridad y los objetivos del pasado. Según la investigadora de la Universidad Nacional, en el caso del Estados Unidos de Trump, por ejemplo, el otrora proyecto político de defender la democracia, la libertad y sus valores, no es tan evidente como sí lo fue antaño. Mientras tanto, China pretende desarrollarse y convertirse en una gran potencia. “China no quiere volver chino al mundo –explica–. Lo que quiere es que haya un buen intercambio, crecer y generar condiciones de bienestar y de riqueza. Y Rusia quiere seguir teniendo influencia en su región y que lo sigan teniendo en cuenta como un país poderoso”.

 

Rojas, por su parte, advierte: “En el escenario de la globalización, hay una reformulación del juego del poder. De un lado algunas potencias siguen teniendo un cierto peso, pero también hay que considerar otros factores. Esa idea de pensar la política mundial sólo en términos de Estados es un error. Hay unos sectores de los ricosmuy ricos que no obedecen a las lógicas de sus países sino a la lógica, por ejemplo, del capital. Estos sectores tienen cierta capacidad de influencia que va más allá de esta visión estatalista”.

 

  • ¿Venezuela, la nueva Cuba?

Durante la Guerra Fría, Latinoamérica padeció los ‘coletazos’ de los intereses por captar adeptos a cada uno de los bandos. Por un lado, la Unión Soviética patrocinó la formación de guerrillas marxistas y, por el otro, Estados Unidos apoyó a las dictaduras que favorecían sus intereses y se alineaban con su disputa con Moscú. En ese contexto, Cuba fue un peón en esa contienda, que llegó a su punto de máxima tensión durante la crisis de los misiles en 1962, cuando las superpotencias casi llegaron a una confrontación nuclear. Tal vez por eso hoy, cuando las relaciones del régimen de Nicolás Maduro con el de Vladimir Putin son más que evidentes, es que se han revivido los temores en la región.

“Venezuela fue siempre un aliado dependiente de Estados Unidos. Es un país rico, con inmensas reservas de petróleo y otros recursos –dice el escritor Aguirre–. Para Rusia, China y Cuba, este país es importante porque está cerca de Estados Unidos, en una zona tradicionalmente de influencia de Washington, y porque también están interesados en sus recursos. Para Moscú, además, es una forma de tener una base de operaciones, quizá más simbólica que real, en zonas de influencia estadounidense”.

 

Cynthia Arnson, directora del programa latinoamericano del Woodrow Wilson Center, en Washington, explica que, pese a la ‘tradición’, la mayor parte de la Latinoamérica de hoy prefiere mantener cierta independencia frente a las superpotencias y no es aliada de manera uniforme. “En términos económicos –dice–, para muchos países el actor más relevante es China, pero en términos políticos la mayoría de los países de América Latina y el Caribe mantiene sistemas electorales y democracias que son más afines a Estados Unidos”.

 

Pese a esto, en cuanto a Venezuela, Arnson coincide con Aguirre en que la clave está en su ubicación, no solo por sus riquezas petroleras sino por ser parte de un ‘vecindario’ históricamente amigo de Estados Unidos. “Para Putin, Venezuela representa una oportunidad de actuar al interior del vecindario de Estados Unidos. Por eso presta apoyo militar y económico, aunque creo que esta ayuda tiene límites, ya que Rusia no tiene la capacidad para subsidiar por mucho tiempo una economía colapsada como la venezolana. Rusia sí tiene interés en el petróleo, de hecho Rosneft, la compañía estatal rusa, ha entrado en varios tipos de convenios con PDVSA para producir petróleo y está ayudando a Venezuela en vender su producción a pesar de las sanciones estadounidenses. Pero es erróneo pensar que la motivación estadounidense en este país está basada también en el petróleo. Estados Unidos es exportador de energía y autosuficiente. Lo que le preocupa es una dictadura socialista y el efecto que pueda tener el colapso venezolano en sus países aliados de la región”, agrega la experta.

 

Con este panorama, todo parece indicar que llegó la hora de despedirse de la Guerra Fría como explicación de las confrontaciones, económicas, comerciales, políticas e ideológicas, y seguir el consejo del analista Aguirre: “debemos buscar otro concepto. La Guerra Fría se refiere a una época determinada, con unos actores concretos y unas características diferentes a las de hoy”.

 

*Lea la nota completa en la edición impresa de mayo de 2019.