16 de noviembre del 2019
Fotografías El Tiempo y archivo particular
5 de Agosto de 2014
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Con el ritmo de la vida actual cada vez se hace más difícil definir una generación literaria, pero hay quienes sostienen que en Colombia hay una buena cosecha.
Por Melissa Serrato Ramírez*
*Periodista cultural. Magistra en Literatura y cursa un Máster de Literaturas Románicas en la Universidad París 8.

Una nueva camada de escritores

Cada vez se hace más complicado definir una “generación literaria” y la dificultad radica en que tradicionalmente para hablar de una “generación” como tal, esta implicaba al menos de 20 a 25 años de desarrollo. Un tiempo prudente para que los académicos y críticos estudiaran sus características y rasgos, y aún así, no dejaba de ser complicado precisar sus fronteras. Era, en realidad, cuando la nueva generación, es decir, quienes venían después a romper o reestructurar los cánones que sus antecesores habían impuesto, que se empezaban a perfilar y hacer más claras y evidentes las diferencias entre la generación precedente y la que iniciaba su vigencia.
Sin embargo, también ha sucedido que las agrupaciones de escritores se yuxtaponen o que simplemente los “nuevos escritores” (llamados así no necesariamente por su juventud, sino por publicar tardíamente su primera obra, por ejemplo) conviven o se unen a agrupaciones ya establecidas, sin que sea posible –e incluso, sin que sea necesario– trazar a partir de ellos nuevos rangos.
Actualmente, según explica la académica Luz Mary Giraldo, “es tan vertiginosa y pasajera la vida de hoy que no alcanzan a formarse ni a definirse las llamadas nuevas generaciones”. Sin embargo, Revista Credencial habló con algunos expertos en la materia para dar un vistazo a los creadores actuales y que desde hace algunos años han marcado las dinámicas de la creación literaria.

La fecha de nacimiento

El año de nacimiento sigue siendo uno de los criterios esenciales para aproximarse a los escritores contemporáneos. De hecho, Luz Mary Giraldo, en la antología Cuentos caníbales (Alfaguara, 2002), sobre los nuevos narradores del país, elaboró una clasificación interesante a partir de autores nacidos entre 1975 y 1960. Allí figuran Sergio Álvarez (1965), Pedro Badrán (1960),  Juan Carlos Botero (1960),  Jorge Franco (1965), Santiago Gamboa (1965), Mario Mendoza (1964), Luis Noriega (1972), Édgar Ordóñez (1961), Enrique Serrano (1960), Ricardo Silva Romero (1975), Antonio Ungar (1974) y Juan Gabriel Vásquez (1973). Todos ellos han obtenido premios de resonancia nacional o internacional, ninguno ha dejado de escribir y por eso sus obras siguen cobrando resonancia, aunque a algunos los han favorecido más los medios y eso ha hecho que estén más presentes.
Ahora bien, si se amplía un poco la franja de edades, también habría que incluir allí a otros escritores destacados, como Efraim Medina (1974), Héctor Abad Faciolince (1958) y Tomás González (1958), que no son propiamente cuentistas. Igualmente a Evelio Rosero (1958), Pablo Montoya (1964), Miguel Ángel Manrique (1967), Nahum Montt (1967), Carolina Sanín (1972) y Juan Esteban Constaín (1979).

La sombra de Gabo

De todos modos, existen otros criterios a partir de los que se puede hacer un acercamiento a la creación literaria reciente. Por ejemplo, para el académico Gabriel Pabón, la influencia de Gabriel García Márquez en la obra de algunos de ellos es un rasero interesante para hacer un balance. Así, habría que empezar por una generación de escritores que estuvieron hasta cierto punto eclipsados por el Nobel. “Las principales figuras han fallecido hace poco: R.H. Moreno Durán y Germán Espinosa. Otros, viven: Óscar Collazos, Fernando Vallejo y Antonio Caballero”, dice Pabón.
Luz Mary Giraldo coincide con él y asegura que la figuración de algunos de ellos  “ha significado un acto de injusticia poética”, puesto que Germán Espinosa y R. H. Moreno Durán, principalmente, le dieron vida a una obra completa y abarcadora que no fue reconocida como lo merecía. A este grupo también se suman Luis Fayad, Marvel Moreno, Rodrigo Parra Sandoval, Fanny Buitrago, Roberto Burgos Cantor, Fernando Cruz Kronfly, Nicolás Suescún y Helena Araújo, entre otros más.
Posteriormente se encuentran algunos más que crecieron y se hicieron escritores bajo la sombra de Gabo, pero que pudieron “madurar” una obra resistiendo los fuertes influjos del realismo mágico; entre ellos figuran William Ospina, Laura Restrepo, Evelio Rosero, Darío Jaramilllo Agudelo, Julio Paredes y Rafael Baena, quienes cuentan con una obra más que destacada y que sigue en proceso de creación.
“Ellos tuvieron un proyecto literario muy importante e hicieron el deslinde del ‘boom’ al post ‘boom’, y del macondismo pasaron verdaderamente a escribir desde la ciudad y con nuevos postulados narrativos”, explica Giraldo.
Sobre algunos de ellos, la académica apunta que a pesar de los diferentes premios internacionales que casi todos han llegado a obtener, no han sido mediáticos, pues sus obras necesitan lectores atentos y estudiosos. “Son autores que uno llamaría de culto, para ser leídos más en espacios académicos, lo que asegura su permanencia al canon”.
A ellos les siguen otros escritores de más reciente reconocimiento que tomaron mucha más distancia de García Márquez (algunos de manera claramente voluntaria y otros de la forma más espontánea), como Ricardo Silva, Fernando Quiroz, Mario Mendoza, Santiago Gamboa, Juan Gabriel Vásquez, Antonio García Ángel, Octavio Escobar, Enrique Serrano, Julio César Londoño y Gabriel Pabón (los tres últimos ganadores del Premio Juan Rulfo en 1996, 1998 y 2001, respectivamente).

Bogotá 39

Margarita Valencia, editora y directora del programa ‘Los libros’, de Radio Nacional, brinda otro criterio interesante, pues sostiene que si tuviera que trazar una línea para delimitar el flujo de la creación literaria en Colombia, lo haría en 2007, cuando tuvo lugar el encuentro Bogotá 39. “Entre los escritores de ese grupo (y sus coetáneos) sin duda se siente un desplazamiento hacia nuevos temas, nuevas formas de narrar –comenta–. Curiosamente, el más conservador de este grupo es también el más notable: Juan Gabriel Vásquez; pero el grupo en general es bueno: Antonio García, Ricardo Silva, Pilar Quintana, Antonio Ungar,  J.J. Junieles”, dice Valencia.
Giraldo coincide con que este evento fue decisivo para acercarse al estudio de la literatura, pues su ánimo era “presentar a 39 narradores latinoamericanos menores de 40 años e intentar la constatación ‘de una nueva tendencia o grupo de escritores’, que son ‘inagrupables’, según dice Guido Tamayo, en el prólogo de la antología 39 Antología de cuento latinoamericano, publicada por Ediciones B”.
Sobre estos escritores, Giraldo subraya que “escriben sin regionalismos. Sus países o ciudades están presentes, aunque las fronteras se diluyen gracias a esa idea de aldea global, que han permitido la televisión y los medios que facilitan las comunicaciones desde diversos extremos”.
No puede olvidarse tampoco que si a los autores que trataban de desprenderse de los derroteros del ‘boom’ les interesó el conocimiento de la tradición, tanto histórica como literaria, a los escritores del presente y a los ‘inagrupables’ de Bogotá 39 parece que cada vez les interesa más.
En ese sentido, Giraldo asegura que “apelan a la memoria inmediata familiar, personal o local. En algunos casos es muy ‘yoica’, con narradores que uno podría llamar autobiográficos y que recurren a las diferentes formas de violencia y a sus consecuencias en el exilio. También a las migraciones y a las diferentes marginalidades (sexuales, de género o de raza)”.
Esa característica detona también en que su escritura está muy marcada por la truculencia actual (mundial), “con un ritmo frenético, rápido, fragmentado, visual y simultáneo, que recuerda al de los noticieros, que pasan de una noticia a otra, como quien hace zapping”, apunta Giraldo.
Ahora bien, concretamente para los escritores de origen colombiano, los temas de la violencia toman un importante partido en sus páginas; de ahí que el narcotráfico, la guerrilla, el paramilitarismo y la peligrosidad ciudadana se den cita en sus historias.
Para Valencia, en esta lista también se encuentran algunos otros nombres que han ido dejando huellas en la creación literaria del país: Eduardo Otálora, Juan Cárdenas, Juan Álvarez, Mauricio Bernal, Carolina Sanín, Luis Noriega, Miguel Ángel Manrique, Andrés Arias, Juan David Correa, Andrés Burgos (este último también ha hecho cine); están los que van y vienen del periodismo, como Fernando Gómez y Andrés Ospina. Sobre su escritura, podría decirse que es vertiginosa, fragmentaria, directa, aunque intrincada a veces, interesada en lo negro, lo policial, la violencia urbana y la vida atropellada del mundo global”.
Pero la lista no se detiene allí. Justamente el escritor Ricardo Silva, uno de los más renombrados en la actualidad, está seguro de que a su generación, se “han ido sumando nuevos nombres –dice–. Hay poetas y narradores que en verdad valen la pena y que están entregando sus libros a los premios y a las editoriales o que están escribiendo en Internet y en las redes sociales”.

Un nombre al que habría que empezar a ponerle atención es el de Ricardo Abdahllah, periodista y narrador con varias obras publicadas y que obtuvo el año pasado el Premio Nacional de Literatura, en la modalidad de Cuento, de la Universidad de Antioquia.
Silva destaca también otros nombres nuevos de su generación, que publican desde hace poco, como Andrés Arias, Juan Cárdenas, Humberto Ballesteros y Andrés Ospina, los cuatro excelentes, aunque hace la salvedad de que podrían ser muchos más.
En cuanto a voces femeninas, Silva subraya el trabajo de Carolina Vegas, Amalia Andrade y Virginia Mayer; al igual que el de Camila Brugés, quien está escribiendo para televisión; el de las poetas Tania Ganintsky y Hannah Escobar, el de la periodista Laura García y el de Margarita García, que ha hecho su carrera en Argentina.
Ahora bien, no sobra aclarar que así como para algunos de estos expertos el panorama es amplio y claro, hay quienes sostienen que no vislumbran una nueva generación. Nicolás Morales Thomas, director de la Editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, afirma sin ahondar en detalles que ve “escritores muy mediatizados, algunas plumas de valor constante y pocos jóvenes con buenos libros”.