15 de diciembre del 2019
Fotografías | Cortesía Rock al Parque
26 de Junio de 2019
Por:
*Liliana Ramírez

Se cumplen 25 años de este hito cultural bogotano, pese al embate de las industrias digitales y a que el rock ya no ocupa un lugar protagónico en la agenda masiva. Testigos de su evolución y grandes gestores culturales opinan acerca de un evento que es ya patrimonio inmaterial de la música popular capitalina.

Rock al Parque en la era del ‘postrock’

Cuando se avecina Rock al Parque en el calendario de conciertos en Colombia, tienen lugar también los ya usuales debates relacionados, bien sea con las políticas culturales de la ciudad o con aquello que debe –y no debe– ser el rock, de cara a la programación de cada año. Muchos se preguntan si es adecuado que el festival siga siendo un evento gratuito, mientras que otros juzgan qué artistas deben ser cabezas de cartel. En este apasionante loop de análisis (o desgastante, según como se quiera ver), intervienen múltiples actores de diversa índole. Y no es para menos: durante muchos años, Rock al Parque fue el principal acontecimiento de música contemporánea en el país y, a su vez, el evento que puso a Colombia en el mapa del circuito alternativo de Latinoamérica. Sobre la marcha, muchos aprendieron lo que significaba trabajar en el ‘mundo del rock’, y eso sucedió al ritmo de su desbordante e inusitado crecimiento al paso de cada edición. Fue el festival con el que músicos, productores, gestores, mánager, periodistas y públicos nacionales se educaron y profesionalizaron en la industria.

 

“Rock al Parque representa la primera vez que, en el país, las bandas o agrupaciones hacen el ejercicio de poner sobre blanco y negro sus perfiles, definirse dentro de un género, tener archivos con las letras de sus canciones, con fotos, proyectar un presupuesto y prever un rider técnico para un espacio abierto”, sostiene Catalina Ceballos, antropóloga y gestora cultural con destacada experiencia en el sector cultural público, y quien ha vivido de cerca el festival. “Todo eso significa dejar a un lado la informalidad, y eso, en cualquier área de las artes, es un logro”.

 

El historiador y especialista en rock colombiano Umberto Pérez destaca también lo que ha sido el festival en términos de construcción de ese ecosistema: “Basta mirar a los invitados locales e internacionales de los primeros cinco, ocho o 10 años, para ver que las bandas que tocaban eran las más top del momento –sostiene–. Ayudó a generar ese circuito desde México hasta Argentina, que antes no existía y que tiene a Bogotá y a Caracas, con el Festival de Nuevas Bandas, como puntos obligados del ‘cono norte’ ”. 

 

Sin embargo, en 25 años han ocurrido muchas cosas, entre las que se encuentra nada menos que el desarrollo de la industria musical digital. El evento hoy resiste el paso del tiempo a su manera, sin apuntarle a la nostalgia, y ofrece un cartel horizontal en el que se mezclan propuestas emergentes con aquellos nombres que ayudaron a construir su reputación. Así, logra mantenerse pese a ser un evento atípico en ese nuevo mapa sonoro de festivales en Latinoamérica, que explotó hace aproximadamente una década y que incluye al Estéreo Pícnic de Bogotá, a las franquicias latinas del Lollapalooza que se realizan cada año en Santiago, Buenos Aires y São Paulo, y al Corona Festival, Pal’ Norte, Nrmal, Marvin, Cumbre Tajín y otros espacios más que se desarrollan a lo largo y ancho de todo México.

 

Más allá de la adrenalina que ofrecen los macrofestivales en estos días – que cada vez se ven más en la necesidad de recurrir a crear experiencias extra  musicales–, Rock al Parque es un espacio en el que el público se conecta emocionalmente. La prueba está en la gran cantidad de memorias que los habitantes de Bogotá guardan con este festival. Sean o no ‘roqueros’, sienten que es un espacio que les pertenece. Para Catalina, de cara al público, es un ritual sagrado imperdible: “Muchos decimos ‘solo he faltado a una edición en 25 años’, mientras que otros recordamos el primer festival. Para quienes lo hemos vivido desde adentro como audiencia, hace parte de nuestros hitos musicales”, sostiene.

 

Otra de las medallas que puede colgarse el evento es haber generado un gran espacio de convivencia y de inclusión en Bogotá. Julián Woodside –historiador y periodista musical mexicano, quien desde la distancia ha analizado lo que ha sido Rock al Parque para Latinoamérica–, sostiene que el festival ha servido para generar comunidad y un sentido de identidad colectivo: “En una región como Latinoamérica –dice–, donde la aglomeración de jóvenes ha sido considerada durante décadas una amenaza, este tipo de festivales permitió apropiarse de espacios públicos desde la juventud”. 

 

 

Izquierda: el argentino Gustavo Santaolalla, que viene por primera vez al festival. A la derecha: Juanes. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS RETOS

La principal complejidad que atraviesa hoy Rock al Parque es que el rock ha cedido protagonismo frente a otros géneros. La discusión en torno a la ortodoxia en el rock ha sido desplazada por una conversación que ha cobrado mucha más relevancia, y es la predominancia del reguetón como el género latinoamericano entre los nuevos públicos, y cómo este conquista cada vez más espacios relevantes dentro del mundo alternativo mundial, como son los festivales Coachella y Primavera Sound.

 

“Quien va a ver una banda de rock de los ochenta o noventa es alguien que vivió fundamentalmente en esa época. Creo que, ahora, la mayoría de los jóvenes están con otra cosa”, dice Agustín López Costa, responsable para España de la plataforma de desarrollo de artistas latinoamericanos Industria Works. “Igual, siempre va a haber un nicho para artistas de rock, va a haber público; lo único es que el género ha perdido masividad. Creo también que esto es muy cíclico y que esas guitarras que ahora viven un momento complejo puede que vuelvan, no sé si en tres, cinco o 10 años. Hoy, sin embargo, estamos en un mundo de géneros que están muy lejos del rock”.

 

Vale la pena resaltar que la programación de Rock al Parque ha hecho un trabajo de apertura artística y la programación se ha mostrado mucho más diversa. Pero, ¿debería ceder frente a esta nueva tendencia? Nuria Net, cofundadora del medio alternativo latinoamericano Remezcla y del podcast La Coctelera, opina que podría empezar a programarse reguetón pero buscando un sonido urbano o indie, de vanguardia, hecho por mujeres, por minorías, por colectivos LGTBI y otros. “En general, los festivales lo necesitan para sobrevivir –sostiene–. Estas escenas emergentes me parecen lo más interesante de Latinoamérica, mucho más que el rock, y más relevante para los jóvenes”.

 

Por su parte, Humprey Inzillo, uno de los periodistas musicales más destacados en Argentina y hoy día editor de Revista Brando, opina: “En definitiva, el anhelo de un artista debería ser sonar contemporáneo a su tiempo, y en ese sentido, más allá de los géneros, las programaciones artísticas deben irse adaptando al sonido de los tiempos”.

 

El dilema de lo alternativo también ha sido motivo de reflexión en otras escenas festivaleras de la región. Inzillo recuerda lo que ha sucedido en su país: “Pienso, por ejemplo, en la última edición del Lollapalooza en Buenos Aires, donde tocaban artistas de jazz como Kamasi Washington o Escalandrum, que es un grupo de jazz argentino, el primer grupo de jazz en formar la grilla de un festival de rock, al lado de artistas de trap o de Fito Páez y en un contexto donde estaba también Rosalía. Eran más de 100 artistas, era súper ecléctico”. Y Julian, por su parte, al estar inmerso en el caso mexicano y ver de cerca lo que ha pasado con el Vive Latino –de características muy similares a Rock al Parque–, ofrece una mirada mucho más crítica frente al viraje a las nuevas sonoridades: “Es un hecho que México se ha posicionado con algunos de los mejores y más interesantes festivales del mundo en distintos rubros: electrónica, experimental, rock, etcétera. Aplaudibles iniciativas como el festival Nrmal o el Marvin, así como en su momento la apertura que tuvo el Cumbre Tajín. Pero esto no quita el hecho de que hay mucha corrupción, amiguismos e incluso prácticas cuasi monopólicas. Sí, hay estas oportunidades como público, pero sigue siendo prácticamente imposible para un artista independiente realizar una gira de varias fechas por el país”.

 

¿Y DE AQUÍ PARA ADELANTE? 

¿Hasta dónde el festival bogotano puede seguir mutando su oferta artística y seguir llamándose Rock al Parque? “Debe seguir ampliando su oferta musical en tándem con el público, el cual es cada vez más ecléctico en sus gustos –advierte Nuria–. Ya no eres solo ‘roquero’ o solamente ‘hip hopero’, al joven le gusta todo tipo de géneros, y los artistas tampoco encajan en estilos concretos”.

 

En una vía similar, Agustín reflexiona: “La fórmula es simple: los festivales tienen el desafío de llevar cosas nuevas, y no basar sus programaciones solo en lo que está siendo un éxito comercial”.

 

Finalmente, Catalina menciona cómo deben ser tenidos en cuenta elementos como la formación de las audiencias, la sana convivencia y el respeto por la diversidad. “El festival no puede tener un devenir distinto al de seguir construyendo memoria en torno a la música, pero teniendo en cuenta todos los aspectos que lo conforman, no solo el musical –concluye–. Creo que para cualquier banda colombiana tener en su brochure el paso por Rock al Parque es un hito. Juanes no lo tenía, y ahora podrá decir que pasó por ahí. Rock al Parque es más que un lugar en una tarima”.◆

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*Periodista y gestora cultural con más de 10 años de experiencia en la industria musical. Es responsable de Marketing y Comunicación en Charco, una agencia y promotora dedicada a desarrollar artistas latinoamericanos en España.

 

Publicado en la edición impresa de junio de 2019.