18 de octubre del 2019
5 de Junio de 2019
Por:
Diego Montoya Chica

52% del territorio colombiano está cubierto por bosques. Pero esta cifra llegaría a ser mucho menor si las tasas de deforestación siguen creciendo al ritmo de hoy. La banda Bomba Estéreo encabeza una campaña para generar conciencia acerca del mayor reto medioambiental que enfrenta el país. ¿Por qué es tan importante proteger el patrimonio forestal? 

Reforestación musical

Imagine por un momento que se encuentra en el desierto. Su cuerpo está siendo sometido a una prueba de temperatura, pues el intenso calor no solamente proviene de los rayos del Sol –ese que, sin ningún esfuerzo, logra aplastarlo sobre la polvareda–, sino que también emana del suelo, del barro seco, de cada partícula de polvo que se cuela en sus fosas nasales y que se adhiere a su piel. “Me toca hidratarme ya mismo”, piensa usted con razón, y se detiene a buscar la última botella de agua que le queda en el morral. Según la encuentra entre sus harapos, nota que contiene menos líquido del que recordaba. Alza el recipiente y –horror– el agua restante se filtra gradualmente por un agujero. Por más de que intenta detener el flujo o atrapar con la lengua algunas gotas, el contenido se derrama por completo y se esfuma en la tierra. ¿Qué hará a continuación?, ¡si no se ve a nadie en ese horizonte que desmoraliza, por lejano y por vibrante! Y para terminar, la ‘perla’: al examinar el agujero en la botella, usted descubre que no parece un accidente, pues la incisión es perfectamente limpia, como la de un cuchillo afilado. Alguien ha boicoteado su más básica supervivencia.

 

La escena descrita pretende ilustrar la situación por la que atraviesa Colombia en relación con la deforestación. En un mundo sometido a los embates del calentamiento global, los bosques –como el agua en la botella– son tal vez nuestro mejor seguro de vida, ya veremos por qué. Y, aún así, los talamos como si fueran infinitos: en el 2017, según el más reciente informe anual publicado por el Ideam, se talaron 220.000 hectáreas de bosque. Eso es, en promedio, 25 de estas por hora, es decir 23% más que en el año 2016, cuando ya se había registrado un crecimiento de 44% con respecto al 2015. Por eso, de aquí a que usted termine de leer este artículo –en, digamos, ocho minutos–, los deforestadores de este país habrán ‘afeitado’ tres hectáreas de nuestro más valioso patrimonio. ¿No sabe cuánto es esto? Imagine tres canchas profesionales de fútbol, las unas al lado de las otras. Ahora, añada un poco más.

Fotografía | Rodrigo Botero – FCDS
 
 

Y, como en la situación del desierto, tampoco se trata de un fenómeno accidental. Es el ser humano el que tala sin medida con propósitos productivos, legales o ilegales; es el Estado el que –por más de que tenga la voluntad de corregirlo–, no logra contener el fenómeno, y es la sociedad civil, es decir usted y yo, la que no ha entendido aún cómo contribuir desde la vida cotidiana.

 

¿Paz verde?

“Es verdad que el incremento de la deforestación está relacionado con la firma del acuerdo de paz –sostiene Miguel Pacheco, especialista forestal de WWF-Colombia–. Si comparas los tiempos, te darás cuenta de que, después de que esta tuviera lugar, el fenómeno se disparó en las zonas donde las Farc ejercían influencia”. El Ideam también identifica a los “desafíos en la implementación de los acuerdos de paz” como uno de los posibles factores de la aceleración. Esto, por supuesto –aclara WWF–, no quiere decir que la resolución del conflicto sea nociva para los bosques, ni que la desmovilizada guerrilla hubiese sido benévola con los ecosistemas. Por el contrario, la existencia de grupos armados al margen de la ley es peor: por lo menos cuatro millones de barriles de crudo han llegado a los ríos en los últimos 30 años por cuenta de voladuras, según la Asociación Colombiana de Petróleo. Pero también está la minería ilegal y los cultivos ilícitos, ambos deforestadores y ambos impulsados por las balas.

 

Lo que sí quiere decir, sin embargo, es que esas zonas “son luego tomadas por particulares, ganaderos, o empresas que van a desarrollar actividades económicas, aprovechando la ausencia de la guerrilla”, sostiene Pacheco. El fenómeno es conocido como ‘acaparamiento’ y puede bien terminar en cualquiera de las siguientes actividades: agricultura, ganadería extensiva, minería ilegal, cultivos de coca, desarrollo de infraestructura de transporte y extracción no sostenible de madera. O la más descarada de todas: la de aquellos que, sencillamente, talan terrenos baldíos con la esperanza de que luego sean titulados a su nombre.

 

Pero, como dice Pacheco, lo que más sorprende no es que aún quede mucho por hacer para que las autoridades ‘afinen’ sus mecanismos de control y vigilancia, o que las Fuerzas Armadas –dice el experto– hayan sido buenas para combatir a la guerrilla pero no sepan hacer frente al fenómeno de la deforestación. “Lo que más sorprende es que no se considere al manejo forestal sostenible como una opción productiva alterna –asegura–. El ganadero encuentra todo: el aserrador, los camiones, los insumos, el veterinario, etcétera. Pero el aprovechamiento sostenible del bosque no cuenta con infraestructura ni con una economía asociada que sea sólida”.

 

A sembrar cumbia

Antes de dar un concierto hace unas semanas en Maryland, Estados Unidos, Simón Mejía recibió una llamada de REVISTA CREDENCIAL. El bajista y fundador de Bomba Estéreo –la banda que mejor exporta la cumbia a un público global de sensibilidad electrónica– ideó el ‘Proyecto Siembra’, una iniciativa enfocada en combatir la deforestación y que hoy tiene proporciones nacionales. A ese ‘bus’ se ha subido el Ministerio de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible, la empresa privada, en cabeza del Grupo Éxito, y múltiples organizaciones de la sociedad civil.

 

“Hicimos un sobrevuelo por el departamento de Guaviare, y sí es muy impactante –dijo Mejía en la llamada–: por un lado está lo impresionante de la selva, y por el otro lo triste de lo que está sucediendo”. El músico recordaba los parches de selva ausente en medio de la exuberancia de la Amazonia. Pese a ser una de las regiones más biodiversas del país, fue también la que sufrió la inmensa mayoría de la tala de bosque natural en la última medición: 65,5% del fenómeno a nivel nacional, para ser exactos. De hecho, según el Ideam, casi la mitad de toda la deforestación colombiana se concentró en tan solo siete municipios amazónicos. Es justamente en uno de estos, San José del Guaviare, que este 26 de enero tendrá lugar el primer concierto de la gira nacional de Bomba Estéreo, enmarcada en el ‘Proyecto Siembra’.

 

Pero no todo es música. “También pretendemos realizar una campaña de generación de conciencia y, sobre todo, recaudar fondos con dos propósitos –comentó Mejía–: promover un vivero comunitario para el aprovechamiento forestal sostenible en la Amazonia y apoyar la restauración de la Ciénaga Grande de Santa Marta. Esto último lo haremos con Parques Nacionales Naturales”. Simón no olvida las palabras de los mamos en la Sierra Nevada de Santa Marta cuando, con la banda, hizo un ‘pagamento’ en momentos en que Bomba Estéreo grababa su álbum Ayo: “La Sierra Nevada es el corazón del mundo, y la Amazonia es el pulmón”.

 

La semilla

“En la región, se están dando diálogos entre las nuevas generaciones de ‘pelados’ que no quieren ser deforestadores, ni meterse en narcotráfico o en grupos armados, por un lado, y sus padres, por el otro. Eso es de lo más interesante que he visto”, aseguró Rodrigo Botero, el director de la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible, justamente la encargada de implementar, en terreno, el vivero comunitario apoyado por Bomba Estéreo, específicamente en el corregimiento de El Capricho, en San José del Guaviare. Allí, se capacita a los jóvenes, tanto para reforestar como para sacarle provecho económico sostenible al bosque natural. “Los viveros, que deberían estar haciéndose masivamente, son una apuesta para ‘sembrar’ un cambio cultural –sostiene Botero–. Se debe empezar por no ver al bosque como un estorbo para el progreso, sino como una forma del mismo”.

 

Ante la pregunta de rigor acerca de por qué el Estado no ha copado el vacío dejado por las Farc, en términos de autoridad y regulación de estos fenómenos en la Colombia profunda, Rodrigo considera que las autoridades públicas “siguen viendo eso como ‘territorios nacionales’, como una cosa lejana, con gobernaciones y municipios famélicos, con autoridades ambientales subdimensionadas y con una presencia fijada en capitales departamentales pero que no se refleja en el resto del territorio”, comenta, y luego coincide con Pacheco, de WWF-Colombia: “Además, las Fuerzas Militares estuvieron de manera masiva cuando había guerra, pero ya no”.

 

El valor del patrimonio

¿Alguna vez se ha preguntado usted de dónde viene el agua que sale del grifo en su casa? ¿O cómo se genera la energía eléctrica que hace que su hogar funcione? O, yendo más lejos, ¿ha indagado acerca de la relación entre la tragedia invernal ocurrida en Mocoa, Putumayo, a principios del 2017 –en la que murieron más de 300 personas–, y los bosques?

Los servicios que ofrecen estos ecosistemas los convierten en cruciales. En primer lugar, son los mayores guardianes y productores de agua: según cifras de WWF –y esto es solo un ejemplo– el agua que consume el 70% de la población colombiana proviene de los páramos, que son dependientes del bosque alto andino. Un porcentaje equivalente de energía es generada en el país a través de las plantas hidroeléctricas, que dependen del agua. Asimismo, los bosques capturan el carbono presente en los gases de efecto invernadero que emiten las sociedades modernas, y que son los principales causantes del cambio climático. “Cuando los árboles crecen, capturan el CO2 de la atmósfera –explica Pacheco–. Luego, liberan el oxígeno e integran el carbono en su estructura molecular. Por eso se dice que limpian el aire”. Y aquí es imperante mencionar el valor del bioma amazónico a ese respecto: representa 10% de la reserva global de carbono, así que cuando se queman sus bosques o se talan de manera irresponsable, ese componente contamina nuestra atmósfera.

Adicionalmente, como los bosques son reguladores del flujo hídrico, aquellas laderas de tierra de donde estos sean removidos acumulan el agua sin una estructura que las mantenga en pie ni vegetación que consuma el líquido. Este fenómeno produce deslizamientos y derrumbes, y las tragedias asociadas son, lastimosamente, incontables alrededor del mundo. Por otra parte, están sus servicios de suministro de productos maderables y no maderables. Los primeros se refieren a la explotación responsable y selectiva de la madera. Los segundos son los que no implican tala: múltiples alimentos –¿ha probado usted el extraño y aromático copoazú?–, insumos para el desarrollo de medicinas y recursos genéticos, entre otras cosas.

Asimismo, Colombia depende de sus bosques para desarrollar su economía ecoturística. Según un estudio realizado por Usaid, el Fondo Patrimonio Natural y la Sociedad Nacional Audubon, los aficionados estadounidenses al avistamiento de aves están dispuestos a gastar 300 dólares diarios en Colombia durante sus viajes dedicados al hobbie. Pero sin bosques no habría oferta. Porque, así como los seres humanos, el 80% de la biodiversidad mundial vive en estos ecosistemas.

 

“La música, y sobre todo la del folclor colombiano, viene de la naturaleza –sostiene Simón–. Las flautas imitan a los pájaros, las letras tienen un tono rural, los tambores, con sus cueros, vienen del ecosistema”. El bajista se refiere a otro valor inconmensurable de nuestro patrimonio forestal: el cultural. Puesto que, así como lo hace Mejía hoy, las comunidades nativas colombianas se han inspirado en su entorno natural, a lo largo de milenios, para conformar su visión del mundo.

 

 
* Escrito con información de WWF-Colombia, el Ideam, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible y Bomba Estéreo.
 
*Lea la nota completa publicada en la edición impresa de enero de 2019.