18 de agosto del 2019
Fotografías | Cortesía HBO
16 de Abril de 2019
Por:
Diego Montoya Chica

Durante abril y mayo se emitirán los últimos seis capítulos de Game of Thrones, un paradigma televisivo que, según analistas internacionales, ha sido ‘pirateado’ más de 1.000 millones de veces. Esta es una guía para entender por qué esta saga tiene una fanaticada de proporciones planetarias.

¿Quién se quedará con el trono?

Es fácil pensar que todo es geopolítica. El prefijo griego ‘geo’ se refiere a la tierra y todas sus características –topografía, clima, etcétera–, mientras que la palabra ‘política’ alude a la administración del poder en las sociedades humanas. Game of Thrones podría definirse como un laboratorio de geopolítica en un universo ficcional. Ficcional hasta la médula, pero no por ello inverosímil. Porque, sí, en Westeros –ese continente rodeado por agua e imaginado inicialmente por el escritor estadounidense George R. R. Martin en su saga Canción de hielo y fuego– existen muertos vivientes, dragones, brujas, gigantes y un arraigado pensamiento mágico. Pero, sobre todo, hay seres humanos complejos y sólidos –y sórdidos– en su composición como personajes, como si tratase de una mezcla entre thriller y drama, en vez de una fantasía. Y es a la luz de las emociones de esos seres humanos que se forja el componente geopolítico de la saga. Al lado de la humanidad –con su sed de poder, su libido, su astucia o su torpeza–, las brujas y dragones pasan a un plano meramente contextual.

 

Geografía

En Westeros hay siete reinos gobernados por dinastías centenarias, cada cual con su respectiva cultura, moldeada tanto por la historia como por el entorno natural. Al extremo sur, por ejemplo, está Dorne, veraniego, indulgente y de colores ámbares, como si se tratase de la Europa mediterránea. Quien hala los hilos allí es la casa Martell, entregada a los placeres corporales pero también a una crueldad astuta digna de serpientes: combaten más con veneno y agilidad corporal que con la fuerza. El extremo norte, en cambio, es como una suerte de Escandinavia, gris y azulada hogar de la dinastía Stark, la familia cuyos miembros son –aunque no para todo el mundo– los héroes de la saga, dada la empatía que generan en el público. Los norteños saben de qué se trata el invierno, una estación que, en este universo, dura varios años. Existen territorios más al norte del reino de los Stark, pero ellos, separados del mundo ‘civilizado’ por un colosal muro de hielo, son estepas gélidas habitadas bien sea por humanos tildados de salvajes o por temibles seres fantásticos. Luego, entre los extremos norte y sur hay otros cinco reinos de mayor o menor peso en la trama, entre los que se encuentra, entre otros, el de la familia Lannister, fundamental por ostentar inmenso poder político; el de los Baratheon, una casta a punto de extinguirse, y el de los Targaryen, desterrados líderes de un antiguo régimen. 

Adicionalmente, en este universo existen lugares identificados con funciones sociales, económicas o políticas. Es ese el caso de Oldtown, una ciudad al suroccidente, donde los ‘maestres’ –sabios cultivados en ciencias y filosofía– resguardan el conocimiento con recelo. En Braavos, al este, está el banco, ese que presta oro para las guerras que sean necesarias pero que no perdona en cobros. En el Muro está la Guardia de la Noche, compuesta por parias o sindicados y que, por siglos, ha estado en la frontera Norte como una primera línea de defensa. Y, claro, está la capital, Desembarco del Rey, el centro neurálgico del poder, donde se encuentra el Trono codiciado por todos.

 

Política y el enemigo común

La monarquía dinástica es la única forma de gobierno en Westeros, mientras que las sociedades periféricas –los bárbaros Dothraki o los salvajes de más al norte del Muro– se organizan de maneras diferentes. En este universo no hay una sola democracia. Al revés, el desarrollo del complejo ajedrez político tiene todas las características del más enredado poder europeo medieval: matrimonios por conveniencia, manipulación religiosa, astucia en política exterior, campañas de desprestigio, líderes adorados, decapitaciones, envenenamientos y conspiraciones dignas de House of Cards. Pero, sobre todo, guerras en las que se decide la soberanía sobre el Trono de la capital.

No obstante, el mensaje de fondo de la saga es diferente al de los intríngulis de la ambición. El más celebrado autor de novela gráfica en la última mitad del siglo XX es el inglés Alan Moore quien, en Watchmen (1986), exploró la manera en la que los conflictos entre seres humanos se relativizan a la luz de una amenaza común. Si algo los asusta a todos por igual, quienes eran enemigos pasan a ser aliados. En el mundo real, podría asumirse que el miedo ulterior de las sociedades humanas es al hambre y la inclemencia de los fenómenos climáticos. En otras palabras, a la extinción. En Game of Thrones, los enredados –y sangrientos– enfrentamientos entre reinos y familias se convierten gradualmente en nimios ante la aparición de los Caminantes Blancos, un imbatible ejército de muertos vivientes proveniente de más al norte del Muro. Inicialmente, nadie cree en él. Pero, a medida que se evidencia su existencia y se acerca el invierno, nadie sabe cómo enfrentarlo. Por eso, cuando los críticos sugirieron que los Caminantes Blancos estarían representando al cambio climático, el autor de la saga les dio la razón: “La gente en Westeros libra batallas individuales por riqueza y estatus –dijo en una entrevista–. Están tan distraídos en ello que ignoran la amenaza del invierno, que tiene el potencial de destruir el mundo. Existe un gran paralelo con lo que yo creo que está ocurriendo con nuestro planeta”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Personajes

El espectador contemporáneo ya no le cree a los discursos en los cuales hay un villano, todo malo, todo negativo, enfrentado a un héroe de ética prístina. La narración se ha sofisticado para cimentarse sobre personajes que incluyen, en su composición, tanto de bien como de mal. Es sencillo: así somos los seres humanos. Y, por ello, los guionistas logran mayor empatía y cercanía –o rechazo– con un Walter White, el personaje central de Breaking Bad, que con el Superman de 1978. Y no solamente por la naturaleza del individuo o de la narración sino, también, porque la longitud de una serie le permite a los escritores explorar más profundamente a uno de sus jugadores que si se tratase de una película de un par de horas.

Una de las mayores bondades de Game of Thrones es que, de sus decenas de personajes, son contados con los dedos de una mano los que se ubican en el bien o en el mal absolutos. De resto, todos son realistas en personalidad. Tyrion Lannister es el enano paria de su familia y un protagonista del ajedrez político, para muchos la estrella indiscutible. Su hermano, Jamie Lannister, un detestable príncipe en la primera temporada, evoluciona hasta convertirse en una suerte de héroe con, incluso, rasgos entrañables. ‘El Perro’, que era aparentemente tan solo un truhán y resulta ubicándose del lado heroico; Daenerys Targaryen, la heroína de los dragones, quien, pese a su bella y delicada apariencia física y a su bondad, muestra rasgos de crueldad; o Arya y Sansa Stark, las hermanas sobrevivientes de su clan, a quienes uno les “hace barra” según labran una merecida venganza.

 

 

Erotismo y sexualidad

Uno de los ‘ganchos’ sobre los cuales se apalancó la adaptación de la saga fue su contenido erótico, sobre todo en las primeras temporadas. Además de las abundantes escenas con desnudos, los guiones abordan abiertamente el incesto, la prostitución, la violación, la orgía, la infidelidad, la diversidad e identidad de género e, incluso, la sexualidad de hombres castrados. Esto, aunque a veces parezca “traído de los cabellos” o aunque haya sido entendido como una trampa para captar público o como mero machismo ‘cosificador’ de la mujer –así lo aseguró, entre mil otras voces, el blog feminista The Mary Sue, pese a que los personajes femeninos son quienes crecientemente adquieren el poder real–, acentúa el halo de verosimilitud de la saga mediante la distorsión del género narrativo: las épicas, tradicionalmente, no habían ido lejos en cuanto a abordar sexualidades diversas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los expertos opinan: 

  • Fabio Rubiano

Dramaturgo

“La escritura de Game of Thrones está en manos de un equipo coordinado que tiene el aval del autor original de la saga. Y se escribe con tiempo; los gringos tienen una facultad, y es que a quien tiene talento le pagan por su tiempo. En cuanto al desarrollo de personajes, todos ellos tienen una curva, empatice uno con ellos o no. Mire, por ejemplo, la reinade los dragones (Daenerys Targaryen). Está la curva de la hija menor de los Stark, así como la de la hija mayor. Está cada uno de los hermanos de esa familia y las tensiones entre ellos. No hay un personaje en la serie que se quede quieto. Por otra parte, dentro de la composición dramatúrgica hay un elemento de reincorporación: toda la información que aparece en la primera temporada, se reincorpora poco a poco en las siguientes y uno empieza a hilar”.

 

  • Carlos Moreno

Director de cine y TV

“Game of Thrones representa –junto con Los Soprano, True Detective y quizás Breaking Bad, entre otras– un momento cumbre en la televisión. Esta se convierte en paga y en digital, y esto cambia los hábitos del espectador, quien ahora puede ver cuando quiera el contenido y no cuando este se programe. Es un momento interesante porque hay una tensión de fuerzas: tradicionalmente, la pantalla chica ha sido más de productores que de directores y actores, pero ahora está siendo una obra de los escritores. Los proyectos televisivos se desarrollan en grandes arcos de 10 episodios, mientras que una película es una obra cerrada. Game of Thrones tiene referentes cinematográficos muy potentes y los conjuga en una estructura narrativa que obedece a la exigencia del mercado de la televisión por pago. Fue una de las primeras series híbridas entre el cine y la televisión, por lo menos en cuanto a los valores de producción y del lenguaje. Lo que decía Marshall McLuhan de que ‘el medio es el mensaje’ se comprende aquí”.

 

  • Mario Alcalá

Crítico de cine

“El tono, la esencia de la serie de ser adulta e irreverente, de tener humor negro e incluso fuerte contenido sexual, prácticamente creó un nuevo lenguaje. Los fanáticos de la serie y del libro vieron que no tenían ningún problema con darle muerte a personajes importantes y que la historia avanzara. Eso no se había visto en televisión, de manera que el público no sabe a ciencia cierta quién o qué va a seguir en el desarrollo de la historia. Esperemos cómo va a resultar esta última temporada”.

 

 

 

Trailer temporada 8:

*Lea la nota completa en la edición impresa de abril de 2019.