FOTOGRAFÍA | AFP
11 de Marzo de 2021
Por:
Santiago Rivas*

La interacción entre pueblos ha nutrido la creatividad a lo largo de los siglos. Hoy, sin embargo, existe mayor consciencia en torno a cuando esos contactos ocurren tras un histórico desequilibrio de poder. 

¿Qué es la apropiación cultural?

LA APROPIACIÓN cultural es una forma de dominio cultural. Consiste en la explotación (sea por beneficio económico o placer personal) de creaciones, rituales, atuendos, productos, etcétera, pertenecientes a una comunidad históricamente vulnerada. Son muchos quienes han difundido este concepto relativamente nuevo, así como son muchos sus críticos, escépticos y negacionistas. Y es cierto que las palabras “apropiación” y “cultura” son antiquísimas, pero el concepto de “apropiación cultural” hace referencia a un proceso cultural que se ha convertido, como sin darse cuenta, en una de las caras más amables de la violencia racial y el colonialismo en nuestro mundo.
 
Está claro que todas las culturas están constantemente tomando características, historias, deidades, tradiciones, fechas y costumbres de otras y que eso puede entenderse como una forma de apropiarse de culturas ajenas, pero es importante dejar esto claro de una vez: no es eso de lo que hablamos, cuando hablamos de apropiación cultural. Este concepto hace referencia directamente a un desequilibrio de poder que se perpetúa en el tiempo, incluso cuando se supone que ya no existe.
 
El término de apropiación cultural es más nuevo que el proceso que describe. Como resultado de las progresivas conquistas de los movimientos de defensa de los derechos civiles y las distintas reivindicaciones sociales y raciales en el mundo, se configuró el concepto como marco de esa nueva interacción entre opresores y oprimidos. La razón por la cual fue difícil señalar y entender el fenómeno es sencilla: antes no existía un contexto que permitiera a las víctimas del racismo expresarse sobre ello y, entonces, era fácil que se dejara pasar la apropiación como un acto de inclusión, cuando en realidad perpetúa la injusticia y la opresión –en este caso de baja intensidad o con menos violencia física–.
 
Los ejemplos son muchos. Los disfraces de halloween por ejemplo: cuando una persona se disfraza de geisha o de “hindú”, está reduciendo la carga histórica del atuendo a un disfraz. La ‘exotización’, incluso si se hace desde la fascinación, es una forma de racismo. 
 
Muchos fenómenos culturales se entendieron tarde como apropiación cultural, como la popularización del rock and roll gracias a músicos blancos que versionaban música negra. Sigue siendo más famoso Elvis Presley que Chuck Berry, por ejemplo, pero es demasiado tarde para desandar ese camino. La respuesta de los músicos afroamericanos ha sido refugiarse en un género tras otro, a medida que va siendo colonizado o asimilado por el público blanco.
 
Parecido es el uso indiscriminado de ciertos accesorios en todo tipo de eventos musicales. El público de Coachella (en Estados Unidos) ha sido señalado constantemente por el uso de penachos de los nativos americanos (que fueron exterminados como parte del programa de expansión colonizadora en América del Norte) así como los Redskins (pieles rojas) de Washington han sido criticados duramente por el uso de una imagen estereotípica de esas mismas comunidades y por tener como nombre una palabra considerada ofensiva, por su uso histórico.
 
En el caso colombiano, podríamos citar el uso del turbante por parte de turistas blancas al Festival Petronio Álvarez. La sensación de que es un disfraz para el público blanco y mestizo ha resultado motivo de controversias, pues muchas afrodescendientes se sienten ofendidas por ello.
 
Se intenta defender este tipo de costumbres como “homenajes” que las culturas y comunidades representadas deberían agradecer. Una frase del portal Contranarrativas.org explica el problema bien: “Representación sin redistribución es simulación” (añadiría que es explotación, además).
 
LA ALTERNATIVA
Como no se trata de eliminar ni prohibir el contacto entre culturas, se ha demarcado una categoría específica para las interacciones sanas: la “apreciación cultural”, que exige que haya un aprendizaje verdadero como resultado de una interacción justa ( justicia económica y respeto a las historias ajenas) en la cultura. En un momento de nuestra vida en el que se ha vuelto tan importante la identidad, irónicamente, sigue costándonos mucho trabajo entender por qué a alguien podría molestarle que se metieran con la suya.
 
La normalización del dominio cultural ha creado zonas grises y llenas de preguntas: ¿Cuánto tiene que ganar una comunidad indígena para poder considerar que los trabajos de una diseñadora de modas, que usa patrones o materiales tomados de su cultura, tiene un uso respetuoso de sus tradiciones? ¿Es la música moderna un hilo incesante de apropiaciones de manifestaciones culturales colonizadas, incluyendo La Isla Bonita y Carlos Vives?¿Quién tiene derecho a qué? No soy yo quien resuelva esas preguntas, pero es importante hacerlas. Hay, sin embargo, algunas que sí puedo responder. 
 
 
 
  • ¿Por qué usar cosas “de blancos” no cuenta como apropiación cultural?
A una mayoría blanca puede no parecerle ofensivo, pero es porque nadie se disfraza de uno y porque un atuendo ‘blanco’ suele ser representativo del poder. Cuando en una excolonia española se habla en español, no se está cometiendo apropiación cultural: se está respondiendo a una imposición. Los imperios se esfuerzan en convertir sus usos y costumbres en la normalidad de los sometidos.
 
  • ¿No puede la gente simplemente divertirse y disfrutar de otras culturas?
Idealmente sí, siempre y cuando el trato sea justo. Todo cuanto conocemos, nuestras creencias y países, nuestras familias, la realidad misma, están cimentadas y construidas sobre historias. Las historias son el pegamento que nos aglutina, y la apropiación cultural, querámoslo o no, vulnera las historias de otras personas, de pueblos enteros y convierte herencias ancestrales en productos fácilmente comercializables.
 
  • ¿No es la imitación una forma de homenaje?
Depende. Si un hijo o hija empieza a moverse, vestirse y hablar como su padre o madre o alguien a quien admire, esa imitación es un homenaje. Si alguien decide que le apasiona una religión de un lugar distinto a su país y se empeña en aprender todo sobre esa religión e incluso se convierte, ese es un homenaje. Una persona que usa un turbante porque le pareció bonito y por eso se declara libre de racismo, puede resultar ofensivo para quienes ese mismo turbante representa la identidad de un pueblo dominado y sufrido. Habrá quien lo avale, pero ahí está lo fino del hilo que debemos hilar. La identidad y la historia de otros son importantes e igual de verdaderas.
 
  • ¿En qué consiste la ofensa?
Es normal que comunidades sobre las cuales se dijo alguna vez que no tenían alma y pueblos que, por su color de piel y en nombre de una economía brutalmente cruel, fueron sometidos a la esclavitud (se dice fácil, pero es la idea según la cual un ser humano puede ser dueño de otro), se sientan ofendidos cuando los descendientes de sus esclavistas y asesinos ahora disfrutan disfrazándose con sus atuendos. Para redundar en la idea de la apropiación, nadie puede clamar propiedad sobre la cultura de alguien más. Por eso es importante que si es divertido o nutre, que lo sea para todos. La idea no es dejar de aprender de otras comunidades y culturas, pero los procesos en este caso son importantes. Claro que ninguno de nosotros, que estamos vivos en este momento, tenemos la culpa de los procesos de esclavización del Imperio español, pero sí somos responsables por sus consecuencias. No lo elegimos, simplemente así es y mientras más rápido lo entendamos, más rápido empezaremos a sanar heridas muy profundas de nuestra historia.
 
  • ¿Cómo solucionar las consecuencias más duras de la apropiación cultural?
Eliminar la injusticia económica que sobreviene con ella. No existe una sola reivindicación social, ni una retribución económica justa para los pueblos nativos americanos que se ven “representados” en los disfraces de los asistentes a Coachella. Asimismo, mucha gente que viaja a la Amazonia colombiana o a cualquier territorio afro o indígena espera que todos los productos sean baratos, porque son comercializados por comunidades pobres. De hecho, nuestro ejemplo más crudo es el de una cierta familia paisa que compra a precio de huevo sombreros y otras artesanías hechas por comunidades indígenas en zonas especialmente violentas del país, para venderlas luego a precio de joya.
 
* Artista plástico autor del libro Acaba Colombia, motivos para apagar e irnos.
 
*Publicado en la edición  impresa de febrero.