16 de agosto del 2018
Fotografía | Mario Cuevas
9 de Febrero de 2018
Por:
Redacción Credencial

Los menores de veinte años, que nunca supieron qué era vivir sin internet ni celular, han aprendido de la generación anterior, ahora son menos independientes, menos indiscretos, menos irreverentes y, en general, menos impulsivos que sus antecesores. 

Paso a la generación i

Se valen de las redes sociales pero desconfían de estas; aspiran a casarse, a criar hijos y a tener un trabajo estable; les encantan los planes en familia; se apartan del trago y las rumbas fuertes y ya no le “comen cuento” a que el sexo es lo más importante de la vida. En Estados Unidos la llaman la Generación i, aquella que no conoció la vida sin celular ni internet y parece mucho más moderada que su antecesora, la que conforman los millenials, que estaban en la adolescencia cuando empezó el siglo.

 

De pronto porque la vida digital no es una novedad sino algo que ha existido desde que ellos recuerdan, quizás porque las redes sociales son simplemente herramientas que la vida les otorga y no un milagro de la tecnología, los menores de 20 años no son tan desatados como los millenials. Estos, que ahora tienen hasta 30 años, se ‘descocaron’ al descubrir el panorama que les abrían las redes. Los más jóvenes ya no. Entrevistamos a 15 estudiantes, de edades comprendidas entre los 15 y 20 años ─algunos, alumnos de colegio; otros, de universidad─, en Bogotá, y descubrimos que la gran mayoría, si no todos, mira a su generación superior con mucha prudencia. De alguna manera han aprendido de los errores de sus “hermanos mayores” y actuado en consecuencia. No buscan relaciones ocasionales por medio de aplicaciones de citas (de hecho, ninguno usa Tinder ni Happn), no aspiran a enriquecerse “de la noche a la mañana” con alguna innovación en la web, no huyen de sus padres y no le tienen pavor al matrimonio: anhelan una pareja estable con la cual formar una familia y tener hijos. En otras palabras, los jóvenes parecen más cautos, por no decir más conservadores.

 

“Lo que uno puede ver es que la sociedad completa está cambiando a una posición súper conservadora, como una respuesta a la exagerada liberalidad de antes. Es muy posible que ese movimiento sociocultural, el conservador, se vea reflejado en ese tipo de conductas o de predisposiciones de los jóvenes de esta generación”, comenta el psicólogo Camilo Rueda. Como los demás especialistas consultados para este artículo, Rueda advierte que no se pueden universalizar las observaciones y que habría que hacer estudios para determinar los cambios y el origen de los mismos. Es, apenas, una percepción que debería de ser corroborada. Así también lo entiende Rodrigo Córdoba, presidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría. “Uno nota que sí hay un ‘freno’ de esta generación con respecto a la anterior, un ‘freno’ que puede ser muy brusco, aunque no podría hablar de todos los círculos sociales. Habría que investigar. Creo que es el momento para hacer un gran estudio para comprender por qué ese ‘freno’ ”.

 

Córdoba pone como ejemplo los impulsos sexuales. “La generación anterior descubrió el Tinder y las otras aplicaciones similares, y casi se vuelve loca, por las posibilidades que ofrecía de ampliar las experiencias sexuales en cuestión de instantes. Pero luego no supieron cómo parar”. Tinder, como se sabe, es una aplicación que une a dos individuos que andan en busca de una cita: basta una foto y la aprobación del otro por medio de una señal para concretar las intenciones. Happn, por su parte, permite conectar con personas desconocidas, con las que se cruzan en la calle, de manera que las intenciones pueden satisfacerse en cuestión de minutos, porque son candidatos que se hallan en ese momento en el área de influencia, a pocos metros uno del otro.

 

En principio, la intención de este tipo de aplicaciones era darles a dos personas tímidas la oportunidad de conocerse sin el obstáculo incómodo de tener que “romper el hielo” al abordar a un desconocido en la calle. “Happn ha sido creada para convertir esos amores de un minuto en posibles relaciones”, se lee en la página de la aplicación. Pero lo que pasó con muchos millenials, según Córdoba, es que convirtieron esas posibles relaciones en amores de un minuto. “Ese ritmo frenético por buscar, pareja tras pareja, una satisfacción absoluta, que jamás va a encontrar, provoca una frustración que puede derivar en una depresión severa. La gente, al final, se siente muy sola” –afirma–. En cambio, los más jóvenes no tienen ese tipo de ansiedad. “Da la impresión de que han ‘frenado’. Prefieren las redes en la intimidad de su habitación, pero no son unos desatados con respecto al sexo, ni buscan relaciones efímeras”.

 

Crecen lentamente

De hecho, ese es uno de los hallazgos que hizo Jean Twenge, psicóloga de la Universidad de San Diego y autora del libro iGen, que intenta describir a esta generación. Son datos de Estados Unidos, pero pueden dar una idea del modo de pensar de estos jóvenes. Tras una investigación que combinó entrevistas personales con resultados de otras encuestas, llegó a la conclusión de que crecen mucho más lentamente que las generaciones anteriores. Esto quiere decir que los de 20 años parecen de 16; los de 17, de 15, y los de 15, de 13. En comparación con los nacidos a comienzos de los noventa, que ya se sentían adultos a los 16, a los jóvenes de la iGen no les interesa crecer. No es que sufran del síndrome de Peter Pan, sino que no tienen afanes de abandonar la niñez antes de tiempo. En congruencia, no les interesa “tumbar a patadas las puertas” de la sexualidad para ver cómo es aquello. De acuerdo con las investigaciones de Twenge, solo un poco más de la mitad de los estudiantes habían tenido citas románticas en grado 11. En generaciones anteriores el promedio era de casi el 90 por ciento.

 

Los jóvenes colombianos entrevistados coinciden en que el sexo no es una obsesión. Tampoco un tabú. “Me ‘vale cero’ esa presión por el sexo. A veces sí se siente, pero intento controlarla al máximo”, opina Mariana Pachón, de 18 años, estudiante de la Universidad Nacional. “En mi caso esa presión del sexo no es muy fuerte. Tenemos cosas más importantes en las que pensar, como el estudio y nuestro futuro académico o laboral, que estarnos preocupando por eso”, responde Federico Camacho, de 18 años, estudiante de colegio. Hace 20 años era muy difícil que un joven dijera que tenía cosas más importantes que el sexo en las que pensar. Incluso si Federico solo quisiera parecer políticamente correcto, decirlo ya marca una diferencia con las generaciones pasadas.

 

Lo mismo sucede con el licor. Los entrevistados por REVISTA CREDENCIAL admiten que el licor no es una prioridad para divertirse. Muchos dicen que no toman y la ‘rumba’, casi siempre en casas de los amigos, la pasan con bebidas no espirituosas. Tiene que ver mucho con la inseguridad, pero también por la impresión de que en Bogotá “la ‘rumba’ suele ser pesada”. Y le huyen. Esta observación, por supuesto, es parcial. Una estudiante de 17 años de un colegio bilingüe en Bogotá, admitió: “Cuando hay fiesta en algún bar, prefiero no ir porque sé que mis compañeros van a ‘reventarse’ ”. Sin embargo, no suele ser habitual. Simón Salazar, de 16 años, afirma que ni a él ni a sus amigos les gusta este tipo de ‘rumba’ porque la han experimentado. “Todos hemos estado en ambientes pesados, solo que no consideramos ‘ser’ como ellos. La droga sintética está alborotada, pero no la ‘sigo’ para nada, es ver más o menos cómo el amigo se está matando”. De alguna forma, esta generación de jóvenes ha recogido las lecciones que dejan las anteriores. “Si vamos a tomar, lo hacemos en la casa de alguien. Pero si el plan es afuera, no”, dice Paula Avendaño, estudiante universitaria.

 

En contraste, privilegian la vida familiar. Twenge afirma que la iGen pasa sus tiempos de ocio ‘pegada’ a los celulares, absorbidos por las redes sociales, y prefieren este tipo de entretención que pasar tiempo con sus padres. Pero los iGen colombianos no solo pasan tiempo con sus progenitores en casa sino que comparten planes con ellos. Es otro síntoma de que no quieren verse ya mayores renegando de sus padres. Menos se avergüenzan de ellos. “Yo estoy muy orgulloso de mis papás por lo que son. Son mi ‘mano derecha’ para todo lo que necesite, están ahí para apoyarme, siempre se vanaglorian de los logros que obtengo y, a pesar de las cosas malas, siempre buscan el lado bueno”, asegura Santiago Faccini, de 17 años. “Los veo con ojos de admiración, porque a pesar de estar llenos de trabajo siempre han tenido tiempo para mí, me han escuchado en cada una de las situaciones que he tenido en el colegio y han sabido responder a la necesidad de un consejo”, añade Juan Manuel Forero, de 16 años.

 

El gran descubrimiento de los millenials fue el poder de internet, las aplicaciones y las redes sociales. Inspirados en gente como Larry Page y Sergey Brin, fundadores de Google en 1998, cuando tenían 25 y 24 años, respectivamente; Kevin Systrom, quien se inventó Instagram a los 27 años, y Mark Zuckerberg, que creó Facebook sin siquiera haberse graduado de la Universidad de Harvard, vieron en el emprendimiento –incluido el digital– la alternativa más eficaz a su avidez por ser famosos y millonarios rápidamente, con negocios propios y revolucionarios. Los muchachos de la iGen entrevistados no piensan en enriquecerse con su ingenio de la “noche a la mañana”. Todos coinciden en que, después de graduarse de profesionales, aspiran a tener un empleo estable antes de lanzarse a proyectos individuales. Y ni siquiera ven la vida digital de los youtubers como una opción para ganar dinero. Para ellos, son simples herramientas de entretención.

 

Piensan formar una familia y tener hijos. “Mi plan de vida es casarme, y a los 31 años ya tener a mis hijos estudiando en buenos colegios y heredarles lo que me enseñaron mis papás”, cuenta José Gabriel Mesa, estudiante de colegio de 17 años. “Quiero casarme, trabajar y, cuando tenga una estabilidad laboral considerable, tener hijos y ‘meterlos’ en un buen colegio. Seguir la tradición porque, ¿cuál es el sentido de la vida si no es procrear? Si después de los 40 años no me casé ni tuve hijos creo que fallé un poco”, dice Juan Manuel. “A mí me gusta la plata, entonces primero me gustaría ser rico y luego, entre los 28 y 34, casarme y tener hijos”, agrega Simón.

 

‘Hiperconectados’

Eso sí, andan ‘hiperconectados’, tanto que ya no hay manera de controlar los celulares en los salones de clase. Como dice Juan Manuel, “el celular es casi parte de uno”. La herramienta que más usan es el Whatsapp, y prefieren Facebook y Snapchat que Twitter. Y en sus ratos de ocio viven ‘pegados’ a las series de aplicaciones, como Netflix. Leen libros cuando los obliga el colegio o la universidad, pero generalmente investigan por internet, se enteran de las noticias por las redes sociales y no leen periódicos en papel. Si se les pregunta cuántas horas al día dedican al celular, admiten que muchas, y que, de pronto, deberían ser menos. Simón, en particular, hizo su propia terapia: “Es una distracción. Yo eliminé Instagram y Facebook porque sentí que me estaba volviendo una persona adicta, como los adictos que tanto repudio. Las eliminé y traté de hacer un experimento conmigo mismo. Después de dos meses, ya no sentía un apego tan gigante. Odio la tecnología y solo la uso porque me distrae y a veces me saca de la ralidad y porque todos la usan”. Claudia Escobar, profesora del colegio Gimnasio Femenino, piensa que hay un uso abusivo de las redes. “Es difícil para mis alumnas definir hasta qué punto es algo útil y hasta qué punto es una pérdida de tiempo. En muchos casos las mismas estudiantes me dicen: ‘por favor, quítame el celular porque no puedo dejar de revisarlo’ ”.

 

Clara Navas, especializada en psicología infantil y adolescente de la Universidad Autónoma de Barcelona, asegura que la tecnología es uno de los factores externos que más están influyendo en la forma como los adolescentes construyen su mundo. “La dependencia a los medios digitales es clara, es el mundo en el que se desenvuelven, los mantiene conectados. Incluso, hay chicos que desarrollan comportamientos agresivos cuando se les retiran estos aparatos o se les pide que disminuyan el uso. Sin embargo, existe un factor que favorece el uso inadecuado de estos medios: los padres muchas veces también se encuentran inmersos en el uso recurrente de celular o tablet, algo que les hace difícil regular esta práctica en sus hijos. Por eso los jóvenes también intentan regresar a prácticas tradicionales”. Es decir, los comportamientos adictivos hacia los aparatos electrónicos empiezan por los propios padres. “Existe también una preocupación importante por agradar a los demás, así como por lo que otros piensen. Las redes sociales han influido en la aparición de la depresión y la ansiedad. La ansiedad y las dificultades en habilidades sociales se convierten en un motivo de consulta frecuente”.

 

“Esta generación tiene cierta dificultad para involucrarse en una conversación con alguien porque, por el celular y las redes sociales, a veces es más importante el que no está presente que el que está presente” –comenta el psicólogo Camilo Rueda–. Tampoco manejan muy bien la frustración, pero son personas muy creativas, tienen muy buena capacidad de análisis”.

 

Es curioso: aunque los jóvenes se jactan de estar programados naturalmente para el multitasking, la verdad es que las redes digitales han contribuido a que esta generación sea muy desconcentrada. “No se puede generalizar, pero me parece que esta generación está sobreestimulada, los jóvenes tienen lapsos muy cortos de atención –comenta Claudia Escobar–. Eso ha llevado a que tengamos que modificar muchas cosas dentro de los colegios y, en general, en la educación. Al tener lapsos tan cortos de atención, hay que cambiar permanentemente de actividades para estimular todo el tiempo el aprendizaje”.

 

Yolanda Dueñas, docente del colegio distrital Alfonso López Michelsen, resume el papel de las redes sociales en el comportamiento adolescente en una frase: “Para ellos el mundo virtual ya hace parte del mundo real”. Y eso es algo que debe ser admitido de una vez por todas por las generaciones mayores. El lado negativo es que en muchos hogares el celular se ha convertido en la niñera, en reemplazo de padres ausentes, pero el positivo es que ahora los alumnos tienen un panorama mucho más amplio del mundo en que viven y, como dijo Rueda, no “comen cuento”. “Nos ha tocado cambiar la metodología. Y los docentes que no cambian se empiezan a frustrar con sus alumnos –advierte–. Hay que tener en cuenta que a los licenciados no nos están formando para enfrentarnos a estas generaciones, que son más exigentes en términos emocionales. Las universidades también siguen con las cátedras de hace 200 años, y eso nos está afectando porque en el momento en que nos graduamos, nos enfrentamos a un sistema totalmente diferente del que fuimos formados”.

 

En consecuencia, ya no importa tanto el contenido del conocimiento, sino el contexto. “Como estos jóvenes ya son tan diversos en sus pensamientos, lo que tenemos que hacer es contextualizar todo ese conocimiento a sus realidades”, dice Dueñas. “Abordamos un concepto desde diferentes asignaturas y planteamos clases colaborativas. Un mismo concepto se trabaja desde sociales, ciencias, arte, las asignaturas que queramos integrar”, agrega Escobar. De tal manera que los alumnos no se forman con un conocimiento aislado de cada materia, sino integral. Metodologías distintas para cabezas distintas, cabezas que, como lo corroboran ambas profesoras, tienen una conciencia ecológica mucho más elevada que sus antecesores. Algo que puede ser muy positivo cuando estos jóvenes lleven las ‘riendas’ productivas del país.

 

¿Serán todos?

Si estos comportamientos y actitudes se pueden extender a todos los segmentos y estratos de la población está por verse. Como lo repitieron una y otra vez los expertos, siempre es un problema la generalización, porque cada sector habla desde su punto de vista. “Yo trabajo con una población que es muy conservadora, así que no me atrevería a decir que el tema es generacional”, admite Claudia Escobar. “Hay que tener en cuenta las diferencias culturales, étnicas, religiosas. En este momento, en el que se intenta hablar de inclusión, es importante darles cabida a todas las diferencias para tener una mirada más comprensiva de lo que ocurre”, asegura la psicóloga Clara Navas. Es, hasta ahora, una percepción que, sin embargo, vale la pena tener en cuenta. Como lo dijo el psiquiatra Rodrigo Córdoba, “esa percepción bien vale un estudio, porque si eso es lo que estamos notando, sería bueno investigarlo a fondo”.

 

 

*Publicado en la edición impresa de noviembre de 2017.