22 de agosto del 2019
17 de Abril de 2019
Por:
Catalina Gallo

A propósito del quinto aniversario de la muerte de Gabriel García Márquez, recordamos este texto en el que Isabel Rodríguez Vergara, experta en Gabo, literata, profesora e investigadora en Estados Unidos, encontró y estudió en las obras del Nobel un ángulo original: la sátira.

“Parece que tú conoces mi obra mejor que yo”

Isabel Rodríguez Vergara estaba manejando en una carretera de Estados Unidos, donde vive, cuando en radio anunciaron que Gabriel García Márquez había muerto. Al poco tiempo comenzó a recibir llamadas de sus familiares, amigos y alumnos que la acompañaban en esta triste noticia. No era para menos: esta literata de la Universidad Nacional de Colombia, con doctorado en Lingü.stica y literatura latinoamericana de la Universidad de Cornell, ha estudiado a Gabo desde que hizo su tesis doctoral en 1975, a tal punto que cuando el Nobel murió ella sintió que había terminado una etapa de su vida. La primera vez que leyó Cien años de soledad fue antes de terminar el bachillerato en Bogotá, y la última, el año pasado, cuando dictó el seminario de la obra de García Márquez en la Universidad de George Washington, donde es profesora e investigadora de literatura latinoamericana y enseña la obra del escritor colombiano, y donde ha logrado que varios de sus alumnos decidan estudiar literatura después de leer al Nobel colombiano.  Ella ha escrito trabajos académicos y no académicos sobre toda la obra del autor. En 1991, publicó el libro El mundo satírico de Gabriel García Márquez y con él pareció encontrar un tema poco explorado.

 

¿Cómo llegó a hacer un libro sobre la sátira de Gabo?

Por mi tesis doctoral. Comencé con una tesis sobre El otoño del patriarca que luego se extendió a toda la obra de García Márquez después de haber escrito Cien años de soledad.

 

¿Por qué la sátira?

Creo que un rasgo sobresaliente de García Márquez es que es divertidísimo, creo que su sentido del humor es una marca. La sátira en la narrativa es un concepto muy antiguo en la literatura, en el que se dicen las cosas, se habla de política, de cultura, de religión, de una forma divertida, que hace reír. La sátira en la narrativa equivale a la caricatura en las artes gráficas.

 

¿Cómo descubrió esto en la obra de Gabo?

Comencé con El otoño del patriarca y nada más risible que ver al patriarca, que es un dictador legendario, con los testículos enormes cargándolos por la mitad de la calle. Imaginarse uno a un dictador descrito en esta forma, para mí es muy divertido. O, por ejemplo, ver al dictador que va a salir a hablar con el pueblo y encuentra una vaca en el balcón. Esto es tremendamente divertido. Yo creía que no solamente estaba en El otoño del patriarca sino en Cien años de soledad y en otras obras posteriores, pero yo quería también saber cuál era el efecto en el lector, además de hacer reír.

 

¿Qué encontró?

Era también relajar un poco una prosa muy crítica, de valores culturales, tales como la dictadura en América Latina, y si hacía reír, la gente no la iba a sentir como las obras un poco costumbristas en las que el autor parecía tener toda la verdad y decir todo en una forma muy ceremoniosa y sublime. García Márquez lo hace en una manera más dirigida hacia una cultura popular. La mirada es más bien desde abajo hacia estos personajes que parecen ser sagrados, como el dictador o como Simón Bolívar.

 

¿Cree que eso ha hecho que su literatura sea tan popular

Yo creo que puede ser leído a un nivel muy erudito, muy sofisticado, pero también se puede leer en forma perfectamente popular. Por supuesto que tiene esos dos niveles, hay muchas lecturas posibles, y una es esa, que es divertido.

 

¿Es cierto que él popularizó la palabra mamagallista?

Sí, él la puso en sus obras y creo que le quitó esa connotación tan vulgar que se tenía, por ejemplo, en Bogotá. Se volvió un término sin el peso lingüistico del tabú. Él la ponía en muchas de sus obras, y mucho del leguaje que se creía soez, habla de mierda, por ejemplo, términos que no se usaban en la literatura colombiana, él los trajo y les quitó ese peso de ser algo prohibido.

 

¿Por qué la fascinación por Gabo?

Primero, me parecía un maestro, porque su lenguaje es exquisito y, a la vez, como te digo, es muy divertido. Puede llegar a ese plano muy bajo en el que habla de la cultura popular, de las risas, de las fiestas, pero también puede llegar a aspectos muy sublimes como la descripción del génesis en Cien años de soledad, que es magistral.

 

¿Ha leído a Gabo en inglés?

Sí, también, y en la traducción se pierden pasajes que pueden ser muy divertidos, se pueden volver ambiguos.

 

¿Se ríe más en español que en inglés?

Sin duda.

 

¿Conoció a Gabo?

Él hizo un Congreso en Guadalajara, recién había publicado mi libro, y nos invitaron a críticos de todo el mundo, colombianos éramos dos, 20 personas en total. Y pasamos tres días con él hablando de su obra.

 

¿Cuál es el mejor recuerdo de ese encuentro?

Hubo mucha controversia sobre las últimas palabras de Cien años de soledad. Me acuerdo porque fue muy determinante en mostrar su independencia creativa y que él no había tenido en cuenta ninguna obra cuando escribió estas páginas. Se habló de la influencia de otros autores y él básicamente lo negó, pero yo creo que lo más memorable para mí fue ver a este hombre tan grande, ya había recibido varios premios, entre ellos el Nobel, como un ser humano maravilloso, tímido, que en ningún momento pontificaba; nunca se puso a una altura superior a nosotros, casi quenos miraba con curiosidad cuando hacíamos un comentario sobre su obra. Se mostraba más como un discípulo curioso que quiere saber qué es lo que está pasando con esos libros.

 

¿Y alguna vez él vio el libro escrito por usted?

Sí. Él estuvo invitado aquí (Estados Unidos). Se acordaba de mi libro y me dijo que le había parecido muy curioso hablar sobre la sátira en su obra, pero también me dijo algo muy halagador: “Parece que tú conoces mi obra mejor que yo” (risas).

 

¿Se volvieron a encontrar?

La Universidad de Georgetown hizo un congreso para celebrar los 25 años de Cien años de soledad y me invitaron. Y lo volví a ver, estuvimos charlando. Era un personaje que se sentía incómodo con estos actos públicos, no le gustaban. En Guadalajara también él leyó algunas páginas del comienzo de la idea que tenía de sus memorias, y fue una cosa bellísima, porque el auditorio estaba repleto y oírlo a él, oír su voz, era muy emocionante, recordando su niñez, todo el comienzo, que lo cambió un poco. Alguna vez él dijo que no le gustaba la intelectualidad Yo creo que en el fondo tenía una actitud intelectual. Era un gran lector, sus obras tienen un nivel intelectual alto. Yo digo que él era uno de los mejores filósofos, porque decía la verdad y nos hacía reír diciéndonos la verdad. Creo que lo que a él no le gustaba era sentirse en ceremonia, en hacer definiciones o teorías de sus libros. Me parece que le fastidiaba un poco pensar en cosas muy teóricas, su corazón y su lápiz estaban en este mundo real.

 

¿Cuál es su sentimiento con la muerte de Gabo? 

De un pérdida inmensa. Era un hombre común que llegó a la grandeza por su disciplina y trabajo, con sus propios esfuerzos. Uno como latinoamericano y colombiano puede ver muy bien el mérito que tiene una persona que puede surgir como lo hizo él, con una obra monumental. Lo otro también es esa pérdida para América Latina, porque creo que García Márquez le dio una voz, una voz política, muy humana y literaria. Y un género, el realismo mágico, que ha sido seguido en todas partes del mundo. En Estados Unidos ha tenido incidencia, en Israel, en China. Eso se convirtió en algo como el impresionismo en Europa. Es la marca de América Latina de una o dos generaciones, que no se podrá borrar así tan fácilmente. Y no sé cuándo vamos a conseguir un escritor de esa altura para representarnos como lo hizo él.

 

¿El humor forma parte del realismo mágico?

No necesariamente, no tendría que ser, porque el realismo mágico también se puede leer diferente. Lo que es realismo mágico para un extranjero, para un latinoamericano es la realidad cotidiana de cada día. Como Remedios la Bella, en Cien años de soledad, que un día se va al cielo en cuerpo y alma. Los estudiantes lo ven como una escena de realismo mágico, pero es diferente como lo lee un latinoamericano, y Gabo mismo lo contaba, él tenía una vecina, cuando vivía en Aracataca, que quedó embarazada y la familia tenía tal vergüenza que escondió a esta niña, la mandó a otro pueblo para que nadie se enterara de que estaba embarazada, y la mamá se inventó que un día vio a la niña volar en cuerpo y alma al cielo (risas).

 

¿Usted considera que Gabo sí es comparable con Cervantes?

Sí, yo he enseñado también El Quijote, creo que es de las obras más grandes de la literatura universal, y creo que Cien años de soledad pasará a la historia por los siglos de los siglos. Es una obra clásica. «

 

 

Vea también: 

 

*Este artículo hace parte de un especial dedicado a Gabriel García Márquez, publicado en la edición impresa de mayo de 2014.