25 de noviembre del 2017
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3 de Noviembre de 2017
Por:
Redacción Credencial

La hipertensión, ese enemigo silencioso que ataca, sin que lo sepan, a uno de cada cuatro adultos, pide a gritos la atención que se merece.

No se deje presionar

Antes las tuberías de las casas eran galvanizadas. Eso quería decir que, pasados unos 35 años, lo más probable era tener que cambiarlas. Los sedimentos del agua se iban acumulando en las paredes internas de los conductos, hasta que en algún punto la tubería se taponaba definitivamente y no había manera de destaparla. Al cuerpo humano le sucede algo similar. Pasada determinada edad (a partir de los 35 años, más o menos) las venas y las arterias (es decir nuestra tubería) pierden elasticidad y acumulan sedimentos en las paredes interiores, impiden la circulación eficiente de la sangre y corren el riesgo de taponarse o romperse. Tal cual lo que sucede en una casa antigua.

 

Lo malo con el ser humano es que es muy difícil cambiarle la tubería. “En mi opinión, en eso consiste envejecer: en el deterioro paulatino de la circulación –comenta Gustavo Briceño, cirujano vascular–. El día que aparezca una pastilla que evite el deterioro de la circulación, se evitará también el envejecimiento”. Pero mientras tanto no nos podemos quedar con los brazos cruzados. Como afirma Manuel Lombo, cardiólogo de la Liga Colombiana contra el Infarto y la Hipertensión, “no quiere decir que tengamos que ser espectadores tontos”.

 

La presión arterial, según explica Lombo, está definida por la fuerza de contracción que hace el corazón contra una resistencia que ejercen los vasos arteriales frente a ese impulso. “Eso es hidráulica básica: tengo que mandar a mayor presión para que llegue lejos. Si aumento la resistencia, el corazón tiene que mandar más para que llegue al fondo y tiene que pelear contra una resistencia aumentada de los vasos arteriales”. Es lo que se conoce como hipertensión. Una de las consecuencias es que el corazón tiene que esforzarse más. Y ese esfuerzo excesivo hace que crezca de manera irregular, se fatigue y pierda la capacidad de enviar sangre con la fuerza requerida para llegar a todas partes. En pocas palabras, la resistencia de las arterias al flujo sanguíneo o revienta al corazón o revienta a la arteria: o el corazón se infarta o se produce un derrame. O la irrigación insuficiente termina por averiar gravemente cualquier otro órgano.

 

Aunque la presión arterial alta involucra muchos factores, se sabe que hay unos que la propician, como el consumo excesivo de sal, la obesidad, el cigarrillo, el alcohol y cierta predisposición genética. “Nadie ha podido descubrir un gen asociado a hipertensión –aclara Lombo–. Sin embargo, hay tendencia a hipertensión en ciertos grupos familiares y poblacionales: las personas afrodescendientes, por ejemplo. También hay personas, independientemente de su raza, que nombran abuelos y padres hipertensos. ¿Qué sucede? Que hay condiciones de vida, perpetuadas por el núcleo familiar, que garantizan que la persona vaya a desarrollar hipertensión, como el consumo de sal. También hay constituciones físicas. Eso es especialmente importante en los jóvenes. La hipertensión de los jóvenes está relacionada con la obesidad, debido al consumo de comidas rápidas; y ya hay un estudio, después de 30 años de seguimiento, que determina que el hipertenso joven tiene mayor riesgo de morbilidad más adelante”.

 

Vaya uno a saber

La hipertensión es una bomba de tiempo y, sin embargo, son pocas las personas que saben que la sufren, y menos las que siguen un tratamiento. Y esto sucede porque es una enfermedad asintomática; es decir, que en un principio no presenta molestia alguna. Según la Liga Colombiana Contra el Infarto y la Hipertensión, de 100 hipertensos que andan por ahí, solo el 50% se diagnostica, el 40% inicia tratamiento y, de este grupo, el 50% lo abandona. O sea que de cada 100 hipertensos, solo 10 la combaten y 90 están en riesgo. Este dato no sería tan alarmante si no se supieran suficientemente las consecuencias. De acuerdo con cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE), la primera causa de muerte en Colombia durante 2016 obedeció a enfermedades coronarias, con 34.779, y a enfermedades cerebrovasculares, con 14.228.

 

“La presión alta es ‘fregada’ porque no tiene un parámetro establecido. No todo gordo la sufre, no todo flaco está exento. No todo el que consume sal la padece, no todo el que limita la sal la tiene baja –admite Briceño–. Hay organitos especializados en medir y vigilar, y hay muchos órganos que intervienen en regular o en hacer que se suba la tensión, ante muchísimos estímulos”.

 

Así las cosas, los expertos recomiendan hacerse chequear periódicamente, pero además por alguien que sepa tomar la tensión. “Nosotros en Colombia no tenemos la disciplina de hacernos un chequeo periódico –afirma Lombo–. Un médico toma la tensión, pero dentro del contexto de otra enfermedad. Pero además la toma de tensión es realizada de manera inadecuada, por personas que no tienen la suficiente capacitación. No es suficiente con coger un tensiómetro y más o menos tomar la tensión. Eso tiene una técnica, y ocasiona que en muchos casos tengamos personas mal diagnosticadas con hipertensión o sin esta”.

 

Las probabilidades de ser hipertenso aumentan con la edad. Y, para completar, es irreversible. Pero aunque existe un gran arsenal de medicamentos para controlarla, lo mejor, como siempre, es prevenirla desde la juventud, paradójicamente una etapa de la vida en la que nadie está pensando en prevenir nada.

 

Se sabe que una dieta rica en vegetales, frutas y pescado, combinada con el ejercicio y la eliminación de tóxicos como el cigarrillo, el alcohol y otras drogas más fuertes, favorece la salud de las arterias y del corazón. Sin embargo, el doctor Lombo está convencido de que la presión alta también tiene que ver con la disposición que tengamos hacia la vida. “Con el ejercicio, usted produce sustancias favorables a una anatomía favorable al corazón: lo fortalece, le mejora el intervalo de contracción y relajación, ayuda a disminuir la cantidad de lesiones en las arterias que alimentan el corazón. En cambio, cuando estoy estresado y malgeniado, cuando soy egoísta, se produce una estimulación crónica de adrenalina que incita la producción de sustancias que van a hacer que el corazón se engruese de manera negativa, no ya fisiológica sino patológicamente, que es mala para el corazón. Los vasos se vuelven rígidos, el colesterol se fija más a las arterias. Eso lo hace el estrés. Pero no le ‘ponemos bolas’ porque la gente no está interesada en cambiar ese aspecto de su vida”.

 

Más posición, más dinero, más importancia. La codicia y el egoísmo incrementan el estrés y aumentan la tensión. “Nadie cambia. Y lo triste es que los pacientes solo aprenden cuando les pasa algo”, concluye Lombo.

 

 

 

*Artículo publicado en la edición impresa de junio de 2017.