23 de agosto del 2019
Fotografías Nicolás Cadena Arciniegas.
19 de Julio de 2013
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La Hormiga Negra: una propuesta musical que, con un toque de teatralidad, acapara las miradas y las sonrisas de quienes caminan por la ciudad.

Por Nicolás Cadena Arciniegas 

Música con sabor a asfalto (Web)

Es viernes. El corredor de la carrera séptima fluye como siempre: gente a pie y en bicicletas va y viene. Un mediodía más en Bogotá. Sin embargo, hay algo que obliga a todos los peatones a detenerse a mirar. En la esquina contigua al Terraza Pasteur, la esquina de la séptima con veintitrés, las personas se agrupan. ¿Qué es lo que pasa en aquellos escalones? 

Hay una maraña de cables, dos pedestales en los que descansan un par de micrófonos… Un trombón, un acordeón, un saxofón, una esquelética batería y un par de amplificadores adornan la acera de esta sórdida esquina bogotana, mientras que del otro lado, una pequeña planta de gasolina –que siempre da energía al show– ha sido arrumada junto con las chaquetas de los músicos y cambiada por una extensión eléctrica que sale de una tienda de productos de belleza y que da vida a un computador y a una consola de sonido que amplifica los instrumentos que en algún momento van a ser interpretados por los músicos callejeros que conforman La Hormiga Negra, un grupo de ska conformado por tres argentinos y cinco venezolanos.

¡Con ustedes La hormiga negra!

Iván, uno de los integrantes, músico de profesión, es el encargado de darle vida a cada una de las canciones del grupo. Es papá y se ha venido con su mujer y su hijo Leonardo –de unos escasos cinco meses– desde Venezuela. Este argentino de estatura promedio, ojos claros, pestañas largas y cejas pobladas también se encarga de tocar el cuatro y la melódica (un pequeño piano que necesita aire para sonar). Iván cuenta que los otros dos argentinos sonsus hermanos. Damián, a quien llaman ‘Tito’, es profesor de artes escénicas, toca el trombón y el acordeón y lo hace de manera autodidacta; su apodo proviene del nombre del gran percusionista Tito Puente, porque comenzó tocando el timbal pero lo hacía muy mal; y Diego, que es sociólogo graduado de la Universidad Nacional de Cuyo (al igual que Iván y Damián), conocido en la banda como ‘Peluca’, es la voz principal y el que hace sonar la guitarra melódica. “El resto son venezolanos”, afirma Iván, mientras busca en sus bolsillos algún fósforo para prender su cigarrillo. 

Vienen de Venezuela. Los ha traído la compinchería, la aventura y las ganas de conocer algunas de las ciudades de Latinoamérica, “Se suponía que el viaje era por Venezuela y ya, pero como los viajes son tan locos, mira dónde estamos”, afirma Damián sonriendo. 

Los viáticos de toda la banda han sido recolectados peso a peso en cada presentación callejera desde 1999, año en el que La Hormiga Negra comenzó a dar sus primeros pasos. “Hemos pasado por Bucaramanga y Manizales, y muy pronto viajaremos a Medellín. Bogotá es una ciudad acogedora, aquí el arte callejero se mueve muy bien y la gente es muy cálida y amable”, dice Iván.

Diego llama a su hermano, que con unas simples señas le comunica que ya van a comenzar el show. Los integrantes han dejado de hablar y de hacerse bromas, la banda ni siquiera ha afinado, y sin embargo Peluca ya comienza a saludar al impaciente público. Con su delgada voz, comienza a interactuar con la gente, explicando quiénes son, de dónde vienen y para dónde van, mientras que Eliécer, el saxofonista que dejó la economía por seguir con la música, comienza a soplar su instrumento con un talento digno de un escenario importante; un sonido con aires de jazz y blues es complementado con el inconfundible sonido de la Fender Stratocaster que Ender interpreta. Ender es un joven venezolano que se dio cuenta del talento musical que tenía cuando a sus once años lo invitaron a participar en un festival de canto. “Yo no sabía que cantaba”, añade el guitarrista. “Antes era beisbolista y ahora soy músico”, dice.

Ha comenzado el concierto. La orquesta suena bien. Uno se siente transportado a los bares underground en donde un día comenzaron a engendrarse aquellas tribus urbanas que acogieron este estilo de música que tomó algo del calipso, el blues y el jazz, e hizo un estilo único, elegante, diferente y divertido.

El otro Diego 

Mientras la gente se agolpa para ver a este grupo que evoca la época dorada de Los Fabulosos Cadillacs y se mueve a ritmo de ska y cumbia villera, hay un personaje entre los congregados que revolotea y baila entregando panfletos. Me entrega uno de estos que están marcados con la última actividad de La Hormiga Negra en la ciudad y se queda a mi lado hablando solo. “¡Que se prendan las luces!”, dice apuntando al cielo. Me causa curiosidad.

Le pregunto su nombre y es como si le quitara aquel cable imaginario que lo mantenía conectado a un mundo paralelo en el que estaba viviendo. Su nombre es Diego y ha sido otra víctima de la droga. Tiene 21 años y hace siete que salió de su casa por las malas amistades que entretejió cuando apenas asistía al colegio.

En las bancas de algún parque de algún barrio bogotano aprendió a fumar. Todo comenzó como un juego de niños y poco a poco el juego se convirtió en un vicio: “Me fumaba hasta los tabacos que dejaba mi abuelo”, afirma. Primero marihuana, después bazuco. Dice estar regenerándose.
En las semanas que lleva La Hormiga Negra en la capital, Diego se ha convertido en su mano derecha.
–¿Cómo se conoció con los de La Hormiga Negra?–
–Un día yo estaba medio loco, ellos estaban tocando y me puse a bailar en plena calle. Lo que les gustó fue mi alegría.

Bailá, María Mercedes. ¡Bailá! 

María, como es conocida en la agrupación, es la encargada de darle el toque femenino a este grupo. Ella, además de estar pendiente de vender en cada concierto las cuatro producciones que La Hormiga Negra ha sacado, es la única mujer que entra en escena cuando los músicos están en plena faena.

Una música con tonos de aire árabe da la entrada a la bella venezolana. María Mercedes ya ha perdido la timidez: en plena calle, y con cientos de ojos viéndola, no repara en ponerse el atuendo para su número. La estudiante de Ingeniería Química sube por sus piernas una falda roja, quita de su cuerpo las chaquetas que le abrigan y deja colgar de sus caderas un cinturón con monedas, el cual comienza a mover con tanta energía y sensualidad que los hombres que accidentalmente se detienen a ver al grupo quedan atónitos ante sus tremendos movimientos. María Mercedes ha dejado la Ingeniería Química en quinto semestre, dice que ya no le gusta, y que ya tiene un cupo para estudiar Antropología. “Tengo mi semestre congelado hasta que acabemos la gira”, afirma. Ella hace suspirar al errante Diego, ¬el muchacho que ha comenzado la lucha contra la adicción. Los meneos de cadera de esta venezolana parecen haber sido estudiados en alguna escuela de danza árabe; pero no, ella ha aprendido cómo bailar este ritmo por su propia cuenta.

Se enganchó al grupo en una calle de Maracaibo un día cualquiera, cuando Las Hormigas Negras estaban de presentación. Mercedes pasó, los escuchó, le gustó la música, compró uno de las producciones y se enamoró perdidamente del cantante y guitarrista de la agrupación. Aunque hoy en día ya no queda nada de la relación amorosa, Mercedes afirma que agradece al grupo porque junto a ellos conoció gran parte de su país. “Soy la que me encargo de vender los trabajos, bailo y recojo el dinero de la venta de los discos”, explica.

Ya está por terminar la primera presentación del día, y después de casi cuarenta minutos de concierto, Peluca se despide del público. Las personas aplauden y se acercan para hablar con los artistas. El estuche donde recolectan el dinero está lleno, se ve que casi todas las monedas son de quinientos y hay muchos billetes de mil. Se hicieron treinta mil (más cuarenta de la venta de cuatro cd´s). Falta otro toque. El dinero que ganen servirá para ahorrar: viajarán a Medellín y necesitan sostenerse durante los últimos días que pasarán en Bogotá.