16 de noviembre del 2019
Cuando era joven se apasionó por el arte precolombino. Fotografías Walter Gómez
20 de Enero de 2014
Por:

Es uno de los galeristas más respetados del país. Sus primeros pasos los dio en el colegio, cuando organizó una exposición de Fernando Botero. Con sus galerías en Bogotá, que estrenó sede, y España, promueve el trabajo de grandes artistas colombianos.

Por Margarita Vidal 

Luis Fernando Pradilla: ‘Con la obra de Óscar Murillo hay especulación’

Luis Fernando Pradilla lleva trabajando 40 años, con tenacidad y entrega, en el mundo del arte, de los cuales ha sido galerista un cuarto de siglo. A los 13 años compró su primer cuadro. Es abogado, con un MBA en Suiza, y en 1987 abrió la galería de arte El Museo, en Bogotá, por la cual han pasado decenas de pintores consagrados y de jóvenes promesas del arte.

Después de 15 años de trabajar en su antiguo local, la prestigiosa galería se trasladó a una nueva y espectacular sede donde presenta actualmente una gran exposición de maestros consagrados y una nueva colección de Nadín Ospina.

Amigo de artistas y, él mismo gran conocedor de arte, Pradilla dice en este reportaje que, aunque su galería presenta también jóvenes talentos, porque es incluyente, su mayor preocupación es preservar y dar a conocer a las nuevas generaciones la obra de luminarias como Alejandro Obregón, Fernando Botero, Darío Morales, Guillermo Wideman, Antonio Roda, Luis Caballero, Eduardo Ramírez Villamizar y otros artistas ya desaparecidos de la escena artística colombiana. 

¿Cómo fue la exposición de Fernando Botero que usted hizo con otros amigos adolescentes?
En el Colegio San Carlos dábamos clases de historia del arte a los chiquitos. Un día decidimos hacer una exposición de Botero, con John Crawly y Diego Llorente, cuyo padre es uno de los grandes coleccionistas de este artista. Carlos Haime y Andrés Uribe Campuzano también nos prestaron varios de sus cuadros. Reunimos en total 60 obras que recogimos en un camión, sin ningún tipo de seguro. Dormíamos en la biblioteca, en sleeping bags y armados con palos. Esa fue toda la seguridad que tuvimos. En esa exposición se dio el homenaje a ‘Ramón Hoyos’, uno de los cuadros insignes de Botero. Fue la exposición más grande, hasta que Fernando trajo a Colombia ‘La corrida’, en 1992, o sea que durante 20 años no hubo nada más importante sobre su obra en Bogotá. 

¿De quién era ese cuadro y dónde está hoy? 
Era de Diego Llorente, quien por circunstancias de la vida lo vendió y terminó después, no se supo cómo, en manos de Pablo Escobar. Fernando Botero lo compró, años más tarde, cuando apareció en una subasta en Nueva York. 

¿Por qué es tan importante ese cuadro?
Porque en él aparece ya una incidencia del volumen, por la influencia de Mantegna, y porque la composición de este es grandiosa. Botero lo pintó cuando tenía 27 años. Es un cuadro muy grande, en el que resulta muy interesante el manejo de la cromática, la pincelada que se nota y el volumen ya manifiesto. Fernando dice que Botero es un producto terminado a partir de 1968, pero yo creo que sus cuadros del comienzo son absolutamente extraordinarios, y este, en especial, es maravilloso. 

¿Hay colecciones privadas de Botero en Colombia?
Varias y muy buenas. Muchos de los cuadros fueron pintados en los años sesenta, y yo cada vez que los veo me emociono de verdad.

¿Cómo fue su aproximación al arte?
Desde muy joven me apasioné por el arte precolombino. El Museo del Oro me seducía y me embriagaba. Como estudiaba en el Rosario, muy cerca, cada vez que podía me iba para allá.
Luego me fui metiendo en el arte contemporáneo y trabajé con Rita de Agudelo, una mujer extraordinaria que se movía en el mundo del arte y de los artistas como pez en el agua. Desde esa época Botero me daba, de vez en cuando, un dibujo para venderlo y tengo que decir que mi experiencia y crecimiento han ido de la mano de Fernando, que ha sido extraordinario conmigo desde el punto de vista humano y profesional. Tengo el orgullo de contar con su amistad. 

¿Cuándo y cómo abrió la Galería El Museo?
Esa fue otra gran experiencia al lado de Byron López, a quien admiro muchísimo, porque tiene una gran sensibilidad y una personalidad muy interesante. Me enseñó la parte pragmática de la vida y de los negocios, y también qué vale y qué no en arte. Abrimos la galería en 1987. 

¿También trabajó en Nueva York?
Sí, trabajé con unos inversionistas interesados en el arte latinoamericano, entre 1983 y 1987. Fue una experiencia increíble, pero todo el mundo sabe que Nueva York es una ciudad que lo da todo y al mismo tiempo lo puede subsumir a uno. Uno de mis clientes era Byron López, y con él iniciamos el proyecto de El Museo en Bogotá. 

¿Por qué fracasó ese primer proyecto?
Fue exitoso al comienzo, pero era un proyecto muy ambicioso –2.500 metros cuadrados– en cinco pisos, donde inaugurábamos todos los meses cinco exposiciones distintas. Comencé a traer artistas extranjeros y a vincularme con otros, muy jóvenes. Pero vino luego la crisis económica de finales de los noventa, cuando mucha gente adinerada se fue del país. Clientes potenciales. Me di cuenta de que había que cambiar, y en el año 1998 encontré un sitio más pequeño donde existió la Galería, durante 15 años, hasta el pasado mes de agosto, cuando inauguramos la nueva sede. 

¿Y cuando le surgió la “piquiña” por crear una galería en el exterior?
(Risas). Sabía que tenía que buscar alternativas y estudié la posibilidad en Venezuela, porque yo hacía la Feria Internacional de Arte de Caracas, que ya cumple 22 años, y un 33 por ciento de los clientes que venían a comprarme a Bogotá eran coleccionistas venezolanos. Pero los precios de finca raíz allá eran exorbitantes. Consideré México, pero vino el llamado “Efecto tequila”. Circunstancialmente terminé en Madrid. Allí fundé la Galería Fernando Pradilla, hace ya 12 años. 

¿Y ahora debe afrontar la crisis española?
Sí, son las ironías de la vida, porque abrí Madrid en el momento que había un gran “boom” económico. Y aunque el coleccionismo en Europa es muy formado, el español apenas comenzaba y había una buena demanda de arte. Fue una experiencia muy importante, porque alcancé a beneficiarme varios años, no solamente desde el punto de vista económico, que nunca ha sido mi gran preocupación, sino también de una gran actividad y mucho conocimiento. En ese entonces se abría un museo al año en alguna comunidad española, e inmediatamente comenzaban a comprar obras, con gran interés por el arte latinoamericano. El auge de obras de infraestructura era impresionante. Hoy hay numerosos aeropuertos abandonados y muchos de esos museos no tienen cómo sostenerse.

¿Pero tiene clientes allá? 
Sí, porque muchos coleccionistas venezolanos, a quienes no les gusta Miami ni Panamá, se han ido a vivir a España y hay allí una cierta compensación. Podría decir que de alguna manera estoy pasando unos años difíciles en Madrid, pero me estoy defendiendo en la galería de Bogotá, para poder pagar lo que debo allá. 

¿Por qué no cerrar España y quedarse con el buen suceso, aquí?
Es que esta es para mí una vocación. Yo sé que la crisis va a terminar en algún momento y que hay que aguantar, porque echar para atrás sería borrar todo lo que he hecho hasta ahora. Esta es una empresa intangible y no algo que yo pueda vender. Por otra parte, tengo un prestigio, unos clientes importantes, y estando en España estoy también en el mundo. Todavía tengo suficiente energía para seguir luchando. 

¿Qué tipo de arte vende en su galería madrileña?
Comencé con un perfil exclusivamente latinoamericano y con el tiempo me di cuenta de la necesidad de integrar artistas españoles, como ‘gancho’ para atraer coleccionistas locales porque, a pesar de la globalización, el mundo tiene fronteras en todas partes. Los españoles en Francia piden vinos de Rioja, por ejemplo. La gente quiere comprar aquello que conoce. Hoy día la galería tiene un 30 por ciento de clientes españoles, un 30 por ciento colombianos y, el resto, de otros países latinoamericanos. 

¿Qué tan apetecido es el arte latinoamericano?
Bastante, y más después de la crisis del 2008, cuando surgió Latinoamérica desde varios puntos de vista, principalmente para los inversionistas. Antes era el “continente olvidado” y ahora están viniendo todos, a la reconquista. Aquí llegan aviones repletos de españoles, nuevamente, a tratar de encontrar cómo hacer negocios, y, en algunos casos, cómo sobrevivir.

A pesar del auge de la pintura moderna, ¿por qué sigue defendiendo a nuestros artistas tradicionales?
El perfil de arte contemporáneo abarca artistas de unos 50 años hacia abajo, pero yo en la Galería El Museo no he querido cambiar. Sigo defendiendo a nuestros artistas clásicos, como son Fernando Botero, Alejandro Obregón, Antonio Roda, Enrique Grau, Carlos Rojas, en fin, artistas a quienes representé durante muchos años. Yo no quiero cambiar ese perfil para dar paso solamente al arte joven. Me interesa todo lo que es el siglo XX, desde Andrés de Santamaría, la Escuela de la Sabana, el costumbrismo y algunas de las vanguardias que aparecieron en Colombia. Claro que al mismo tiempo sigo vinculando artistas jóvenes, porque la galería es incluyente.

¿Es cierto que hay un gran auge de falsificaciones? 
Sí, este es un país de falsificaciones. En cuanto algún artista adquiere valor comienzan a falsificarlo, y como aquí el arte no está institucionalizado y nuestra mentalidad es la de que hay que comprar barato, la gente prefiere comprarle a traficantes de arte, sin saber lo que compra. 

¿A quienes falsifican más?
A Carlos Rojas, a Obregón, a Wideman. La gente debe saber que es necesario asesorarse de un conocedor antes de adquirir una obra de arte. Yo llevo 40 años en ese mundo y pienso que hay que seguir defendiendo el mercado y retirando los cuadros falsos para apoyar a los grandes valores del arte colombiano. Todos los años cierro con una exposición de Maestros, no solo para rendirles homenaje sino para perpetuar su recuerdo. Hasta el final de mis días espero seguir defendiendo y apoyando a nuestros artistas. 

¿Por qué Fernando Botero ha sido de los pocos artistas colombianos que se ha cotizado internacionalmente?
Fernando Botero, con buen sentido, se lanzó al mundo y luchó para penetrar, y eso fue definitivo en su vida. Naturalmente, el mundo era muy distinto a mediados de los años cincuenta, cuando llegó Fernando a Nueva York, pero es importante que los artistas salgan, estudien y se formen por fuera. También hay que promocionar sus obras, como va a hacerlo, en el mes de abril, el Museo Nacional con Juan Antonio Roda, para que las nuevas generaciones conozcan su obra.

¿Cómo fue su experiencia con Alejandro Obregón?
Era un ser maravilloso, telúrico, audaz, un gran pintor. Recuerdo que en alguna oportunidad habíamos concertado una exposición de cóndores. Me pidió ir a Cartagena, y cuando entré al taller no vi ni uno. Le digo: ‘Alejandro, ¿qué es esto?’ Y él me dice: ‘Son vientos’. Le dije: ‘¡Pero la exposición era de cóndores!’. ‘Es que los cóndores tienen los vientos en las axilas’, me contestó. (Risas). Listo, entonces hagamos una exposición de vientos. Fue la última que hicimos, en 1989. 

¿Cuánta aceptación sigue teniendo Obregón?
Alejandro es un artista que no tiene generación. En el día a día de la galería llega una persona de 30 años o una de 70 buscando un Obregón, y eso es muy particular, porque casi siempre los artistas tienen una relación muy generacional. Pero Alejandro va con todos.

Algunas personas dicen que era mejor su época de óleo que la de acrílico. ¿Cuál es la realidad?
Es muy distinto un artista que vive en Barcelona o en Londres a uno que vive en Cartagena. Alejandro se cambió al acrílico cuando se fue a vivir a Cartagena, porque allí el óleo no seca, debido a la humedad. Obregón pintó lo que sentía y lo que veía. La calidad de su obra permaneció intacta. Desde luego, hay unos Obregones mejores que otros, como en todo artista. Hoy hay gente a la que le interesa la primera época de Alejandro, que tuvo muchas, porque fue un artista en permanente evolución. Sus cuadros de los años cuarenta y cincuenta son maravillosos, y así sucesivamente, hasta que llega a su época gris, su época negra y después, otra vez, el estallido de color. Cuando llega a Cartagena pinta lo que siente, en una forma fantástica: el pleno sol, el mar, el cielo, las barracudas transparentes y sus vísceras. El trópico, en definitiva. 

¿Qué opina de la última colección erótica del maestro Botero, el “Boterosutra”?
Estoy encantado. Quiero ver si la traemos a Bogotá. Yo vi las esculturas iniciales que hizo en Pietra Santa. Botero ha trabajado mucho el tema de los amantes y me imagino que en esta oportunidad tuvo que resolver un tema de posiciones y superposiciones, complicado. Pero el resultado ha sido fantástico y, como hemos podido ver, hay un gran acercamiento de las figuras y una sensualidad muy atractiva. Es un tema que ha logrado tratar con una enorme sutileza. Botero es un genio que siempre aparece con algo nuevo. 

¿Cómo se explica el gran éxito de Óscar Murillo, el joven pintor colombiano nacido en La Paila, Valle, que vive en Londres, cuyos cuadros se están vendiendo a precios exorbitantes?
No lo conozco personalmente, pero he seguido su obra. Me parece muy talentoso, pero creo que están manipulando todo esto a su alrededor, porque tengo claro que hay un grupo de personas que compraron muchas de sus obras. Murillo es un artista con muchos ingredientes particulares, como el hecho de venir de La Paila, de ser un muchacho moreno y colombiano, en el momento en que Colombia está en la mira de muchísima gente. Y el hecho de parecerse un poco a Basquiat y de tener talento, en fin, pero es claro que allí hay un fenómeno de absoluta especulación. 

¿Por parte de quién?
Difícil decirlo, pero resulta exótico que un artista que vendía sus obras en 5.000 libras esterlinas, de la noche a la mañana las venda en 390 mil dólares. Hay gente que acumuló obra de él y sabemos quiénes son. El hecho es que se le ha creado una aureola, impulsada por los medios de comunicación que lo han convertido en un fenómeno, cuando en el mundo de hoy ese tipo de fenómenos no existen. Ojalá esta situación no lo afecte a él, un artista en evolución, porque, en mi opinión, él tiene un estilo particular, pero no es para decir ¡guau!

¿Ha hecho usted dinero con su profesión?
Yo he tenido muchos altibajos en mi vida. Cuando comencé me fue muy bien, pero en Colombia este es un negocio sujeto a muchos vaivenes. Yo he sido generoso con los artistas y hay algunos que me deben mucho dinero. Las mayores desilusiones de mi vida han provenido también de parte de algunos de ellos. También hay gente que no reconoce que el músculo de todo artista es su galería y los coleccionistas deberían saber que es fundamental ese apoyo. Un ejemplo cercano es el éxito de Fernando Botero, que canalizó su trabajo, desde hace varios años, a través de los dealers y de las galerías que tiene en todo el mundo, que son pocas. En Europa no se ve a un artista que atienda a coleccionistas y clientes en su estudio. Yo en Madrid no tengo que cuidar a los artistas, porque hay un respeto por la intermediación. Aquí, por el contrario, muchos coleccionistas, por ahorrarse veinte mil pesos, van directamente donde los artistas, y ellos son infieles. 

¿Qué le falta?
No me hace falta nada. Soy absolutamente feliz. Hay cosas que no me interesan, porque no las necesito. Vivo en un país en el que me siento privilegiado con lo que tengo, en medio de tanta gente que carece de lo necesario. Lo único que quisiera tener es más tiempo para mi familia, porque el fundamento de mi vida no es el dinero.