11 de agosto del 2020
Fotografías Felipe Cazares | Cortesía Universidad de Los Andes
6 de Julio de 2020
Por:
Diego Montoya Chica

La carrera ejecutiva de Alejandro Gaviria es suficientemente prolífica, en caso de que se le juzgue por lo que hace más que por aquello que dice. Sin embargo, las reflexiones del rector de la Universidad de Los Andes resultan claves en tiempos de pandemia.
 

“La verdadera crisis existencial de la humanidad es la climática”: Alejandro Gaviria

CUALQUIERA pensaría que un enemigo común a todos los seres humanos –uno de la talla de una pandemia– sería suficiente para calmar los fervores ideológicos de las sociedades polarizadas y, con ello, unir a la especie en torno a su bienestar. Pero no: la COVID-19 está lejos de producir ese consenso. Posiblemente porque no existen tantas certezas sobre el virus: ni siquiera conocemos a fondo sus efectos en el cuerpo humano pese a lo precisas que, en cambio, sí son las cifras de muertes, día por día. Desconocemos también el origen puntual del patógeno y, de cara al futuro, es para todos incierta la reactivación económica del mundo. Esas y otras dudas, mezcladas con la omnipresencia del corona virus en el debate público, les dejan el campo libre a las teorías hechas con medidas y valores maniqueos. Estas pueden ser conspirativas –“¡fueron las grandes corporaciones!”–, políticas –“¿quién saldrá ganando y quién perdiendo?”– o moralistas –“la naturaleza nos ‘castiga’”–.
 
Es en medio de ese cóctel que hoy los líderes de instituciones públicas y privadas deben tomar sus decisiones. Pero ¿qué tipo de liderazgo se debe adoptar en medio de esa tormenta? ¿Cuál es el que la sobrevive en el largo plazo? Aun cuando esas preguntas no pueden ser respondidas por un manual, quizás algunas claves estén inscritas en la columna que, el 9 de mayo, publicó el economista e ingeniero Alejandro Gaviria en el diario El Tiempo, un texto titulado Los dilemas éticos de la pandemia. Y no solo en su contenido, sino también en la forma en que fue escrita. En primer lugar, el texto no alienta esperanzas inciertas, cosa que, en cambio, es común entre los líderes obsesionados con la popularidad: “la inercia es una fuerza inobjetable y la humanidad seguirá más o menos igual (o tal vez un poco peor…)”, escribió, y añadió más adelante: “La crisis durará varios años, tendremos que aprender a vivir con una realidad distinta”. En segundo lugar, reconoce que su reflexión tiene limitaciones, en vez de presen tarse a sí mismo como una máquina de respuestas y soluciones: “Me gustaría proponer algo mejor, pero no lo creo posible”, sostuvo sobre la propuesta que él mismo esgrimía para sortear el difícil dilema de que una cuarentena muy restrictiva priorizaba a las “víctimas visibles” –las del coronavirus–, en detrimento de otras no tan visibles: los ciudadanos pobres. Y por último, propuso a la ética y a la moral como partes estructurales del debate sobre esta pandemia. Lo hizo en dos vías: el análisis del virus en sí mismo, de la naturaleza, no debe ser filtrado por la moral. Y el diseño de la política pública, por su parte, tiene que ser fundamentalmente ético, compasivo. Esa política, se lee entre líneas, no debe velar únicamente por los intereses de las mayorías, de los más indignados o de quienes aseguran la popularidad, sino por todos y por el ecosistema que nos rodea.
 
 
En esta entrevista, el rector de la Universidad de los Andes, el exministro de salud que se enfrentó a las farmacéuticas y a los titanes de las bebidas azucaradas, el paisa –nacido en Chile– que dirigió el Centro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para América Latina corrobora las claves mencionadas y añade otras adicionales. Puede que ese tipo de liderazgo le ayude en uno de los retos que tiene entre manos como rector: según la Asociación Colombiana de Universidades (Ascún), la reducción de matrículas para los próximos semestres en el país podría ser del 25%.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Gaviria, ingeniero civil de la Universidad de Antioquia, ha desarrollado parte fundamental de su carrera en la  Universidad de los Andes. Antes de ser rector, allí fue estudiante de maestría, decano de la facultad de Economía y director de un proyecto ligado a esa institución: el Centro de Objetivos de Desarrollo Sostenible para América Latina.
 
 
  • Usted argumentó que esa idea de que la pandemia es un “castigo de la naturaleza” es errónea. Sin embargo, ¿algo de ejemplarizante sí tiene esta experiencia?
Critiqué la tendencia –frecuente en algunos círculos– de convertir la pandemia en una fábula. Algunas de esas opiniones me recuerdan aquellos curas de la colonia que afirmaban en sus sermones que los terremotos eran consecuencia de la lujuria de los fieles. Pero no puedo negar que la pandemia sí es una advertencia, pone de presente nuestras vulnerabilidades, así como la necesidad de entender mejor nuestra relación con el mundo natural.
  • Sobre ese dilema ético entre proteger a las víctimas del coronavirus o velar por la población más vulnerable en términos económicos, que crece y sufre con el confinamiento, ¿cuáles serían las variables para tomar una decisión equilibrada entre las dos cosas?
En términos prácticos, mi visión es que deberíamos fijar de antemano, regionalmente quizás, dos o tres indicadores (disponibilidad de camas hospitalarias, crecimiento de casos, etc.). Si los indicadores están por debajo de un nivel aceptable, abrir paulatinamente con protocolos de bioseguridad para cada sector. Si se supera el umbral, tendríamos que volver a cerrar. En todo esto, hay que tener metas claras y plena transparencia en las cifras: comunicar todo de antemano.
Creo, además, que la apertura de la educación básica debería estudiarse seriamente, que a los viejos los deberían dejar salir a caminar, que la prohibición y las multas no sirven para nada y que un Estado ‘orwelliano’ es peligroso. Me ha sorprendido que mucha gente que se dice progresista parece tranquila con el menoscabo de las libertades individuales, el incremento de la pobreza, el cierre de colegios y universidades (hace unos meses estábamos en la calle peleando por la educación) y la promoción de un control social a veces aterrador.
 
  • Ante la posible crisis de matrículas, los Andes está ahorrando cincuenta mil millones en contratación, administración y operación para invertir ese dinero en apoyos financieros para estudiantes. ¿No hay aquí una lección financiera de fondo, independientemente del momento en que vivimos?
Yo sí creo y lo he dicho públicamente: la educación superior venía en un proceso de inflación de costos insostenible. Al mismo tiempo, las matrículas habían aumentado demasiado en términos reales. La necesidad de cambio era evidente y todo esto la hizo más imperiosa. Las universidades tendremos que aprender a vivir con menos. El ajuste está en marcha, para bien creo yo.
 
  • Usted ha sido consciente de que la universidad tiene un rol clave en la superación del clasismo, ‘enquistado’ en nuestra cultura. Le pregunto por dos campos relacionados con ello. El primero: ¿Ve posible que se retorne al cobro de matrículas diferenciales por declaración de renta, como ocurría hasta los años noventa? ¿Por qué sí o por qué no?
En mi opinión son dos temas distintos: el clasismo es un asunto cultural de largo aliento, con muchas manifestaciones: unas sutiles, otras explícitas. El tema de las matrículas diferenciales involucra tanto aspectos financieros como de justicia. Se desmontaron, eso entiendo, por las muchas formas de elusión y trampas que se descubrieron en su momento. La Universidad ha optado por un modelo distinto, de becas y créditos para asegurar la diversidad socioeconómica: el 40% de los estudiantes reciben algún tipo de ayuda financiera. Nada está descartado, pero las matrículas diferenciales no hacen parte de la agenda de corto plazo de la universidad en esta coyuntura.
 
  • Otra arena para combatir el clasismo es la del futuro laboral de los estudiantes. Las universidades suelen llegar hasta la búsqueda de prácticas profesionales. Pero ¿será que ahí hay más oportunidades para transformar la mentalidad de clases posuniversidad?
En la inserción laboral, el clasismo y los prejuicios de los empleadores en general son un problema serio. Ya veremos si los estudiantes graduados de Ser Pilo Paga no consiguen trabajos o son excluidos sistemáticamente de los buenos trabajos. Si así ocurre, el papel de la educación superior en la movilidad social quedará en alguna medida en entredicho. La Universidad debe ser capaz, con sus servicios de apoyo profesional, de luchar contra las roscas y el clasismo. Debe también denunciarlas. La labor de las ciencias sociales es, en parte, poner el dedo en la llaga, revelar los aspectos más problemáticos e injustos de la sociedad.
 
  • Muchas familias están frente a la disyuntiva entre competir aguerridamente por uno de los insuficientes cupos en una universidad pública o invertir una desmedida porción de sus ingresos en una universidad privada. ¿Qué sembrar ahora para que, en el futuro, la educación superior de calidad no sea un lujo?
Se han aumentado los presupuestos y los cupos de la educación superior. Tendrán que seguir creciendo. Sin embargo, hay que ir más allá: el debate sobre la calidad de la educación media y básica es inaplazable. Si estas no mejoran, los mayores cupos y los mayores presupuestos serán una ilusión, vendrán acompañados de una mayor deserción. En algunos países de la región, la gratuidad no ha tenido un impacto relevante sobre las tasas de graduación: la deserción ha reducido buena parte del impacto. En Colombia, igualmente, las tasas de deserción son muy altas.
Al mismo tiempo, la educación tecnológica tiene que seguirse fortaleciendo. La caída en la demanda por educación superior refleja en parte que muchos jóvenes están buscando alternativas distintas, más flexibles, más enfocadas. Unos querrán ir a la universidad. Otros pueden encontrar en la educación tecnológica una mejor alternativa para sus proyectos de vida.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  • Una de las iniciativas en las que la Universidad de los Andes está involucrada con la coyuntura es un ‘estudio de vigilancia epidemiológica centinela para sars-coV-2’. Cuénteme brevemente en qué consiste.
Consiste en un proyecto de vigilancia activa: hacemos pruebas no solo a los enfermos, sino a población en riesgo. Firmamos acuerdos con Rappi y Cabify, entre otros. Con el tiempo, después de hacer miles de pruebas, entenderemos mejor los mecanismos de contagio y propagación. Esta información será útil para diseñar estrategias de salida y mejorar los protocolos. Adicionalmente, tenemos cientos de profesores de la Universidad trabajando en diferentes temas: modelación de escenarios, impactos sociales y económicos, pedagogía pública sobre muchos aspectos, desde cómo usar los tapabocas hasta cómo hacer actividad física en casa. En fin, la Universidad no está cerrada, está abierta y aportando.
 
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*Lea el artículo completo en nuestra edición impresa de julio de 2020.