18 de octubre del 2019
Fotografía | Shutterstock
17 de Junio de 2019
Por:
Ana Catalina Baldrich

A finales de este mes, Medellín acogerá la 49 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos. ¿Cuál es, a fin de cuentas, la relevancia de este organismo en la región?

La OEA, entre la ineficiencia y la necesidad

La Organización de Estados Americanos (OEA) se jacta de ser el organismo regional más antiguo del mundo. Su gestación, según la historia oficial, se remonta a 1889, año en el que se celebró la Primera Conferencia Internacional Americana, en Washington. Su nacimiento, según los documentos, quedó registrado el 30 de abril de 1948, cuando se suscribió en Bogotá la Carta de la Organización de los Estados Americanos. 

 

El documento, que fue firmado en aquellos tiempos por representantes de 21 países, estableció en su primer artículo la hoja de ruta para lograr “un orden de paz y de justicia, fomentar su solidaridad, robustecer su colaboración y defender su soberanía, su integridad territorial y su independencia”. Estas líneas siguen siendo consideradas como el objetivo de la fundación de la OEA. Sin embargo hoy, 71 años y varias sumas y restas de Estados miembro después, alrededor de su nombre levitan los fantasmas de la inoperancia, la ineficiencia y la poca razón de ser. 

 

Rafael Piñeros, docente investigador de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado, dice que la idea de la irrelevancia en torno al organismo se debe –entre otros– a que, como ente multilateral, tanto sus funciones como su capacidad para imponer sanciones, administrar recursos y generar propuestas depende exclusivamente de lo que los Estados miembro decidan. “Si la institución no funciona, también hay que preguntarse si los Estados han hecho o no lo suficiente –opina–. La OEA es relativamente ineficiente porque los Estados se han encargado, en parte, de que sea así”.

 

Dejando a un lado la voluntad política de los Estados, Fabio Sánchez, director de Investigación de la Escuela de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda, dice que a la hora de juzgar si el organismo resuelve o no los problemas de la región es necesario entender que esta fue concebida en otros tiempos y, por tanto, le ha costado adaptarse a las nuevas necesidades. “No tiene las herramientas para ello –señala–. No hay resoluciones de obligatorio cumplimiento y no es el espacio para lograr consensos. Más en momentos de alta polarización en las Américas, luego del giro a la izquierda liderado por los presidentes Luis Inacio Lula da Silva (Brasil), Hugo Chávez (Venezuela) y Rafael Correa (Ecuador), etcétera, que ahora ha dejado el espacio a una nueva derecha que toma fuerza con Iván Duque (Colombia), Sebastián Piñera (Chile), Mauricio Macri (Argentina) y Jair Bolsonaro (Brasil)”.

 

La era Almagro

Una vez elegido, en marzo de 2015, como secretario general de la Organización de Estados Americanos, el uruguayo Luis Almagro prometió reorientar recursos para potenciar la relevancia del organismo. Cuatro años después, no solo las críticas permanecen, sino que Venezuela solicitó su salida y Cuba no ha reocupado su asiento. 

 

Para el analista del Externado, el que Almagro no haya conseguido adelantar los cambios que prometió al inicio de su gestión se debe a una serie de problemas estructurales: “En diferentes momentos y durante estos más de 70 años, los países de la región han visto un profundo desnivel entre Estados Unidos y todos los demás. Básicamente, han percibido que la OEA se hizo como un proyecto estadounidense en América Latina y no como un proyecto latinoamericano. Esto se suma a que es una institución relativamente pobre. El presupuesto general de la OEA para 2018, por ejemplo, no llegaba ni a 100 millones de dólares, frente a los más de 10.000 millones de euros que tiene el presupuesto general de funcionamiento de la Unión Europea”, indica Piñeros.

 

Sánchez, por su parte, sostiene que esta realidad se sumaría al hecho de que el organismo fue creado en un contexto histórico ya superado. “Más no se puede hacer con una organización rígida y pensada para otros tiempos, específicamente la Guerra Fría, la contención y la lucha contra el comunismo”, dice.

 

Lo urgente vs. lo importante

Con su programa de becas, la OEA es un dinamizador significativo de programas de educación. Además, con su labor de veeduría de los procesos electorales, ayuda a consolidar la democracia en la región y, adicionalmente –gracias al Sistema Interamericano de Derechos Humanos–, ha conseguido que los ciudadanos le reconozcan como un ente al que pueden acudir en caso de que sus Estados violen de manera individual o colectiva derechos fundamentales.

 

Estos logros, que demostrarían la importancia y razón de ser del foro, parecen diluirse ante las crisis que, por lo menos de momento, se antojan irreparables. Desde hace varios años, el interés de la OEA se ha centrado en resolver la crisis de Venezuela –de hecho, en la pasada Asamblea ese país constituyó un preponderante tema de discusión, junto con la situación en Nicaragua–, y todo parece indicar que la Asamblea por venir girará en torno a lo mismo.

 

“Podríamos señalar que se trata del espacio supremo en la región para visibilizar y criticar los horrores de los regímenes de Nicolás Maduro y Daniel Ortega, verdaderas pesadillas para la democracia y estabilidad regional –opina el investigador de la Sergio Arboleda–. No obstante, no se ve una salida fácil en los dos casos (…). Creo que no estábamos preparados para estos problemas. Estábamos seguros de que la ‘ola democrática’ que inició en la década de los ochenta ya nos había asegurado la estabilidad y diálogo político, pero no es así”.

 

Piñeros, por su parte, dice que, ante la ausencia de cambios en la situación de esos países, la retórica se repetirá: “La OEA no tiene ninguna perspectiva distinta a la de seguir presionando –sostiene–. Si no ocurre nada, seguirá debatiendo sobre lo mismo, y ese no es un problema exclusivo de la OEA: todo el multilateralismo latinoamericano de los últimos años habla solo de Venezuela y, en menor medida, de Nicaragua”.

 

El analista reconoce que es muy difícil que una organización que no contribuye de manera positiva en la solución de los problemas prácticos sea considerada como útil por la sociedad. “Estos temas opacan todos los demás que podrían trabajarse: desarrollo y medio ambiente, superación de la pobreza, profundizar en los mecanismos de integración económica y comercial y la movilidad estudiantil en los países de América Latina –señala–. Lo urgente en el corto plazo, lo mediático, está opacando lo estructural, lo realmente importante”.

 

Y si te sacan, ¿qué?

Hace dos años, el régimen de Nicolás Maduro presentó una carta en la que solicitaba su salida del organismo. Según los procedimientos, el fin de la relación de Venezuela con la OEA sería este año. Sin embargo, el pasado 23 de enero –día en el que Juan Guaidó se proclamó presidente interino en Caracas– Almagro aseguró que el trámite quedaba suspendido. Tan es así que, hoy, la silla del país suramericano la ocupa Gustavo Tarre, representante de Guaidó y no un embajador designado por Maduro.

 

A esta situación se suma el hecho de que Cuba no ha reocupado su asiento pese a que, en 2009, los Estados miembro derogaron la resolución que la había suspendido en 1962. Estos dos casos validan el cuestionamiento sobre los efectos reales que supone para un país el que se le aplique la Carta democrática.

 

El profesor Piñeros destaca que ser suspendido de la OEA trae consecuencias. “Un Estado pierde legitimidad política – explica–. No participar en la OEA puede ser visto de manera negativa por un país muy influyente como Estados Unidos. Y desde el punto de vista práctico, puede tener un impacto negativo económicamente hablando, dependiendo de la situación del país que salga. Para un país pobre, como Haití, puede ser mucho más difícil reemplazar los recursos o los programas de apoyo que le da la OEA para salud o educación”.

 

Cuando se enciende el debate a favor y en contra del accionar de la OEA, no faltan las voces que proponen acabarla. Pero eso, según los analistas, no solo es poco viable sino que resultaría imprudente. A pesar de su presunta ineficiencia, dice Piñeros, acabar un proceso de integración es muy difícil, pues cada país sabe que está presente y, por tanto, en cualquier momento se puede mejorar. Sánchez dice que así la OEA acumule una larga fatiga y frustración, “a fin de cuentas es el espacio que tenemos para dialogar y tratar las crisis”. Al parecer, más allá de la retórica diplomática, más vale mantener a flote su existencia, no vaya y sea que un día un país ‘se enoje’ con otro y no haya nadie que le recuerde que, pese a todo, la costumbre de este vecindario es solucionar los problemas hablando.

 

*Publicado en la edición impresa de junio de 2019.