17 de agosto del 2019
Fotografía | Prensa Tayrona Eventos
29 de Enero de 2018
Por:
Catalina Barrera

Es rojo y usa sombrero. También es escritor pero no le gusta la prosa. Quiso ser profesor de literatura de provincia y terminó llenando estadios con su música. Ahora regresa a Colombia dos años después de su último concierto, para presentarse en Medellín y Bogotá. ¿Cómo va la vida del último bohemio español?

La melancolía de Joaquín Sabina

Don Joaquín Ramón Martínez Sabina nunca ha podido salir de Calle melancolía y no podría habitar en la “calle de la alegría”. Su mirada sórdida, su voz rasgada y esos versos sombríos lo han condenado a vivir en el “número siete”.            

 

En Madrid ­–narró alguna vez el artista–, durante los primeros años del franquismo, existió una tienda de sombreros con un cartel que decía: “los rojos –refiriéndose a los comunistas–­ no usan sombrero”. Sabina es rojo y usa sombrero. Pero también es escritor y no le gusta la prosa. Quiso ser profesor de literatura de provincia y terminó llenando estadios con su música. Total, Sabina siempre ha dicho que es cantante por casualidad.

 

Al hombre bohemio y mujeriego le gusta vivir en las historias de los demás, y por eso las escribe. Si sus letras cantan se vuelven canciones; si no lo hacen, se vuelven poemas. Declamando o cantando, a Sabina hay que escucharlo en silencio.    

 

Nació el 12 de febrero de 1949 en Jaén, España. Su pluma se estrenó cuando tenía 14 años y escribía poemas mientras estudiaba. Varios años después, siguió la tradición en las servilletas y los recibos viejos de las tabernas, esas que no cerraban hasta que él saliera, a las 7 de la mañana. En el sótano de La Mandrágora, uno de esos bares que lo esperaba, junto a Javier Krahe, Alberto Pérez y Joaquín Carbonell, empezó a hacer música.

 

En 1978 lanzó su primer álbum, Inventario, una recopilación de memorias que había escrito luego de su exilio en Londres. Trece años y trece discos después, en 2001, sufrió un infarto cerebral que lo apartó de los escenarios por cuatro años. De la cocaína, aseguró alguna vez el cantante, ya se había apartado hacía 4 meses. Sin embargo, el “marichalazo”, como denominó su incidente, porque el aristócrata Jaime de Marichalar lo sufrió también un poco antes, no le impidió seguir escribiendo. Sabina ya había llegado a un clímax musical con el que se considera su disco más íntimo: 19 días y 500 noches (1999), y luego de su recuperación, reapareció con Alivio de luto (2005).          

 

Joaquín siempre habló de Joan Manuel Serrat, y Serrat siempre supo de Joaquín. En 2007, Dos pájaros de un tiro fue la oportunidad para que estos académicos de la canción unieran sus voces y sus versos. “Ahora el que se va soy yo y no es por mi voluntad. Ocurre que este grumete –dijo Serrat refiriéndose a Sabina­– pide una oportunidad para su voz de falsete. Y, en prueba de mi amistad, te presto mi taburete”. Así comenzaban siempre sus conciertos, un verso para uno y otro para el otro. En prueba de esa amistad, Sabina y Serrat recorrieron más de 40 ciudades de España y más de 20 ciudades en Latinoamérica, incluida Bogotá, el 14 de noviembre de ese mismo año.  Muchos preferían a Sabina, muchos a Serrat; en cualquier caso parecían la pareja perfecta que llenaba estadios y teatros. Sin embargo, un distanciamiento en los intereses de cada uno y proyectos disímiles les robaron la oportunidad de seguir cantando juntos o de imaginar cualquier colaboración futura.

 

Poeta hasta en la desgracia

Sabina leyó a Fray Luis de León, Jorge Manrique y José Hierro; también a Marcel Proust, James Joyce y Herbert Marcuse. Su evolución se nota en su voz y sus versos, “en el tratamiento mismo del lenguaje –asegura el periodista cultural Juan Carlos Garay–, pues hay algunas canciones tempranas que no parecieran escritas por él sino por otros artistas más pretenciosos. Poco a poco ha ido hallando una voz propia y unos términos mucho más crudos que le van muy bien con su mirada del mundo”.      

 

La instrumentación pop de Sabina se fue diluyendo con la llegada de Física y química, en el 92. “Es un artista muy ingenioso con la palabra, muy versátil, tiene versos que se pueden volver una salsa, un reggae, un blues, una sevillana. Sin embargo, con esa variedad de estilos y de géneros en cada uno de sus discos ha mantenido su identidad a nivel lírico. La clave son sus letras”, cuenta Garay.     

 

Sabina tiene 68 años y no pretende alejarse de los escenarios. Los versos lo mantienen vivo. Después de 17 álbumes, su voz, sus letras y sus conciertos parecen no parar. Su último disco: Lo niego todo, ha sido el CD más vendido en Amazon.es, por encima de la banda sonora de la película La La Land, que ocupa el segundo puesto en el escalafón, según un informe de la compañía.     

 

Superviviente, así se considera Sabina y así quedó grabado en la canción homónima incluida en el disco. Superviviente de una época en la que las drogas y el alcohol dejaron a muchos en el camino. Finalmente, Lo niego todo, según Garay, muestra cómo el personaje que se había construido durante tantos años se quita por fin la máscara y se muestra tal como es; o –según se vea– tal como quedó.

 

 

*Publicado en la edición impresa de enero de 2018.