16 de agosto del 2018
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6 de Febrero de 2018
Por:
Ana Catalina Baldrich

La ONU investiga presuntos ataques químicos con el uso de bombas de gas cloro en Saraqeb, Idleb y Duma. La monstruosidad que supone el uso de armas químicas en el conflicto de Siria se alimenta de una cruel motivación: el deseo de amedrentar sin distinción de enemigos.

La estrategia del terror

Eran las 6:40 de la tarde del 4 de abril de 2017 cuando un avión bombardeó la localidad de Khan Sheikhoun, en la provincia Idlib en Siria. Abdul Hameed, que se encontraba en su casa en compañía de su esposa y sus gemelos de 10 meses, contó que, fuera de la detonación, no percibió nada extraño. No sintió ningún olor ni sospechó la presencia de gas. Sin embargo, decidió evacuar a su familia. Al salir, vio cómo los vecinos caían desmayados. Dejó a su esposa y a sus bebés, corrió a la casa de su madre y la encontró destruida. Luego, se desmayó y despertó cuatro horas más tarde. Los gemelos, Agmed y Aya, a quienes había dejado con vida tras la evacuación, habían muerto, asfixiados por el gas que causó la muerte de otras 78 personas.

Los profesionales del servicio de urgencias del hospital Bab Al Huwa, en la frontera con Turquía, le confirmaron a Médicos Sin Fronteras que los síntomas de las víctimas eran compatibles con los provocados por un agente neurotóxico. Ocho pacientes “mostraron pupilas contraídas, espasmos musculares y defecación involuntaria, que son consistentes con la exposición a un agente neurotóxico como el gas sarín o compuestos similares”, manifestó la organización en un comunicado. En otros hospitales de la zona, los médicos se percataron de que los heridos olían a cloro. “Estos informes apuntan con firmeza a que las víctimas del ataque a Khan Sheikhoun estuvieron expuestas a, al menos, dos agentes químicos diferentes”.

¿No habían sido eliminadas?

El 14 de octubre de 2013 la Convención sobre las Armas Químicas entró en vigor en la República Árabe Siria. Una misión de inspectores internacionales se encargó de revisar los arsenales declarados por el régimen de Bashar al Assad, quien se comprometió a destruir los agentes y las plantas químicas, tal y como lo ordena la convención de 1997 para la erradicación definitiva de este tipo de armas. Pero la evidencia indica que, o no fueron erradicadas del todo o han sido elaboradas otras desde entonces; por orden de Assad o sin consentimiento, o por las facciones más crueles de las fuerzas de oposición.

Andy Weber, exsubsecretario de Defensa de Estados Unidos para los programas de defensa nuclear, química y biológica, le dijo a REVISTA CREDENCIAL que solo hay dos opciones: “O él (Al Assad) ocultó una pequeña cantidad de estas armas de los inspectores, o sus expertos produjeron el gas en laboratorios”.

Al Assad niega haberlas lanzado, pero su credibilidad no es muy alta. Solo dos años después del estallido de la guerra en Siria, en 2011, el mundo quedó aterrado ante la masacre en Ghuta, en el este de Damasco. El 21 de agosto de 2013 la oposición acusó al régimen de Bashar al Assad de lanzar un ataque con armas químicas que causó la muerte a más de 1.400 personas. Los videos inundaron las redes sociales y las pantallas en todo el mundo. El gobierno sirio, por su parte, reconoció un ataque en el área, por tratarse de una zona rebelde, pero no con armas químicas sino con armas convencionales. En una entrevista con el diario ruso Izvestia, Al Assad se sostuvo: “Iría contra la lógica elemental”.

Un mes después del incidente, el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, recibió los documentos de adhesión de Siria a la Convención Internacional para la Prohibición de las Armas Químicas. Así, para evitar una intervención extranjera, el régimen sirio cumplió con la comunidad internacional y con el acuerdo firmado por Estados Unidos y Rusia, que estableció la inspección de todos los lugares de almacenaje de este tipo de armas y plazos más cortos para destruirlos.

Weber, asociado superior de la Universidad de Harvard, reitera que, en efecto, en 2014 fueron retirados y destruidos en el mundo 1.300 toneladas de agentes de armas químicas, incluidos gas sarín, Vx y gas mostaza, a través de un proceso de neutralización química que transformó el agente en una sustancia inofensiva. “Todos menos cuatro países han ratificado la Convención sobre Armas Químicas: Israel firmó, pero no ha ratificado, y Egipto, Corea del Norte y Sudán del Sur no han firmado”, advierte.

Y, sin embargo, hoy el planeta vuelve otra vez los ojos sobre Al Assad, culpándolo de los ataques químicos contra su propio pueblo. Tal y como pasó en 2013, las redes sociales se llenaron de videos, fotos y testimonios del ataque del pasado 4 de abril, en el que perecieron al menos 25 niños. Nuevamente Médicos sin Fronteras confirmó que habían muerto por un ataque químico. Nuevamente se sospechó el uso del gas sarín. Y nuevamente el régimen lo negó.

En una entrevista exclusiva concedida a la agencia France Press y replicada en varios medios internacionales, Bashar Al Assad afirmó que el ataque era un invento. “Nuestra impresión es que Occidente, principalmente Estados Unidos […] es cómplice de los terroristas y montó toda esta historia para que sirviera de pretexto al ataque”, dijo, refiriéndose al bombardeo que lanzó el gobierno de Donald Trump el pasado 7 abril contra una base aérea en Siria. Además, aseguró que, efectivamente, en 2013 su país había renunciado a todo su arsenal de armas químicas.

Contra la lógica elemental

Pero si, como lo dice Al Assad, usarlas “iría contra la lógica elemental”, ¿por qué las armas químicas han vuelto a aparecer bajo el cielo sirio?

El médico británico Alastair Hay, experto en efectos de la exposición a agentes de guerra química e investigador sobre el terreno de presuntos incidentes de este tipo, le dijo a REVISTA CREDENCIAL que aunque no es posible saber a ciencia cierta por qué Bashar al Assad eligió armas químicas –si es que en realidad él ordenó lanzarlas–, es posible inferir que la decisión parte del deseo de infundir terror.

“Si usted no tiene ninguna protección, las armas químicas pueden ser muy eficaces. Los civiles son muy vulnerables y estas armas causan mucho miedo en una población. Este tipo de ataques hicieron que millones de personas huyeran del Kurdistán en 1988. Durante muchos años se usaron armas convencionales contra los kurdos, pero no huyeron. Las armas químicas cambiaron eso”, recordó.

No obstante, el miedo no es la única razón. Román Ortiz, profesor y consultor en temas de seguridad y defensa, opina que estas armas de destrucción masiva –a diferencia de las armas biológicas, cuyos efectos pueden afectar incluso a quien las lanzan, y las armas nucleares, de difícil producción– son más controlables y fáciles de producir: “Cualquier país que tenga una industria química mínimamente desarrollada puede producir gas tóxico. Eso no ocurre con las armas nucleares. Y en comparación con las biológicas, las químicas son más fáciles de controlar, pues producen efectos solo en el lugar en el que son lanzadas”.

Las armas químicas –recuerda el experto– también ‘cumplen’ la función táctica de despejar espacios urbanos y zonas fortificadas, y la de lanzar un mensaje al sobrepasar los límites en la dinámica del conflicto. “Hay unos mínimos estándares a la hora de conducir una guerra. Uno de ellos es no utilizar armas de destrucción masiva. Cuando tú rompes esa barrera, de alguna manera estás asumiendo que la comunidad internacional no te importa nada y que estás dispuesto a hacer cualquier cosa. Además, estás generando un efecto que anima a otros países a hacer exactamente lo mismo”.

Sin lugar para ocultarse

Como siempre, la población civil es la afectada porque no tiene manera de esconderse. “Las casas brindan muy poca protección porque la mayoría de agentes químicos son más pesados que el aire. Incluso si la gente se oculta en sótanos, resultará afectada”, aclara Hay, quien ganó el premio de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) de La Haya por ayudar a crear un mundo libre de armas químicas.

El rechazo por este tipo de ataques es unánime por ser especialmente cruel. Los síntomas son espantosos y no hay manera de hacerles frente si no es con una buena máscara de oxígeno.

El gas utilizado el pasado 4 de abril fue, aparentemente, gas sarín, un agente desarrollado en 1936 como pesticida en Alemania y que dio origen, de acuerdo con los datos de Román Ortiz, a la primera generación de neurotóxicos.

Las reacciones que producen los agentes químicos varían en cada persona, aunque existen síntomas que evidencian su uso: “Con los agentes nerviosos, que sospechamos fueron usados en el último ataque en Siria, el problema es que se presenta debilidad muscular. Los agentes nerviosos, como el gas sarín, bloquean la comunicación entre los nervios y los músculos, y los músculos no pueden trabajar. Esto significa que la respiración se afecta y puede detenerse. Las pupilas se contraen y no responden. Debido a los fluidos que son segregados en los pulmones, cuando la gente trata de respirar aparecen burbujas alrededor de la boca como una espuma”, dice Hay.

La toxicidad de los agentes nerviosos es tan alta que incluso en pequeñas cantidades puede causar la muerte. Sin embargo, las informaciones tras el ataque en la provincia Idlib dan cuenta de unos 300 heridos que podrán recuperarse. Según Hay, esto se debe a que mientras la respiración no esté demasiado comprometida como para afectar la llegada de oxígeno al cerebro, la mayoría de personas se recuperan sin consecuencias a largo plazo.

Los síntomas que produce el cloro no son menos drásticos. Los ojos son los más afectados: “Es muy doloroso, además se presenta dolor de garganta y tos; los pulmones se irritan. Si la concentración es muy alta, el cloro evita la absorción de oxígeno en los pulmones y la persona puede morir”.

Vuelve y juega

Lo grave es que el incidente del 4 de abril no es el único que han sufrido los civiles en casi 7 años de guerra. Recientemente los medios de comunicación reseñaron un informe de la agencia de noticias EFE en el que fuentes de la ONU reconocían que la Comisión de Investigación del organismo sobre los crímenes cometidos en Siria había documentado 25 ataques con armas químicas entre 2013 y principios de abril de este año. “La mayoría de estos incidentes involucraban el uso de gas cloro como arma química”, agrega Weber. Y asegura que Isis, además de producir gas mostaza bruto, lo ha lanzado no solo en Siria sino también en Irak.

Hay corrobora que el gas mostaza –utilizado por primera vez durante la Primera Guerra Mundial por Alemania– ha sido empleado también por los opositores al régimen sirio, con sus propios efectos: “Puede ocasionar efectos duraderos en los ojos, los pulmones y la piel, aunque no tenemos evidencia sobre los efectos genéticos. El cloro y el sarín, por su parte, no tienen efectos genéticos”.
 

Siete años de sangre

Las llamas que causaron la muerte de Mohamed Bouazizi –un vendedor de 26 años que se prendió fuego en Túnez en protesta porque la policía le había confiscado su puesto de frutas– el 17 de diciembre de 2010, encendieron la llamada Primavera Árabe, una insurrección a favor de la democracia que tumbó la dictadura del tunecino Ben Ali y contagió a varios países de la región, como Egipto, que derrocó a Hosni Mubarak, y Yemen, que envió al exilio a Ali Abdalá Saleh.

También a Siria, pero allí las cosas se salieron ‘de madre’ y la guerra civil entre el régimen de Bashar al Assad y las distintas facciones que le hacen violenta oposición, con o sin respaldo internacional, ya lleva 7 años, cientos de miles de muertos y millones de exiliados.

Bashar al Assad ha demostrado una inclemente resistencia –tras 17 años en el poder– en un conflicto en el que las denuncias y las acusaciones entre bando y bando se repiten cíclicamente mientras la población civil malvive o intenta escapar.

 

*Publicado en la edición impresa de mayo de 2017.