12 de noviembre del 2019
Archivo Particular
27 de Abril de 2018
Por:
Antonio Caballero

Para encontrar un caso similar al matrimonio entre Harry de Gales y Meghan Markle, hay que remontarse a las épocas del Imperio romano, cuando Justiniano el Grande desposó a Teodora, una actriz que había sido acróbata de circo. 

La actriz que sedujo al Emperador

Fuera de los cuentos de hadas, Meghan Markle no es la primera plebeya que se casa con un príncipe, en su caso el inglés Harry de Gales. Sin llegar al extremo de los faraones del antiguo Egipto, que sólo podían casarse con sus hermanas (o con sus madres, aunque el caso era raro), reyes y príncipes han solido tradicionalmente unirse en matrimonio con personas de sangre real. Es decir, de su propia sangre: no es de extrañar que los pocos que hoy quedan sean todos primos entre sí, y estén en consecuencia acechados por los azares de la endogamia, desde la hemofilia hasta el retraso mental.

 

Tan frecuente es el fenómeno que desde la Antigüedad tiene tipificación jurídica. Cuando un personaje de la realeza decide convolar con una mujer por debajo de su rango, la unión se llama matrimonio “de la mano izquierda”, o morganático, según el caso contemplado por el Derecho germánico en que el marido sólo daba a la esposa, en la mañana de la noche de bodas, la “morgengabe” (“dádiva de la mañana”) por precio de su virginidad; pero no su nombre ni sus títulos. Por ejemplo Luis XIV, el Rey Sol de Francia, en su viudez contrajo matrimonio morganático con madame de Maintenon. Eduardo VIII de Inglaterra fue obligado a abdicar para poder unirse morganáticamente con la norteamericana Wallis Simpson, dos veces divorciada. Y cuando se celebró la boda de Felipe de Borbón con la plebeya Letizia Ortiz los tradicionalistas criticaron severamente que se le diera el título de princesa de Asturias, y hoy el de reina de España, pues el suyo había sido un claro caso de matrimonio morganático: idéntico al del tío abuelo del novio, Alfonso, que tuvo que renunciar a su derecho al trono para casarse con una cubana, Edelmira Sampedro.

 

Tampoco es Meghan la primera mulata que emparenta con una casa real: antigua y célebre es la historia de la más bella de las setecientas esposas del rey Salomón, que le inspiró el “Cantar de los Cantares”:

 

Morena soy / porque el sol me miró…

 

Lo novedoso de la novia del príncipe Harry de Gales no es, pues, que sea plebeya, como tantas, ni “de raza mezclada”, como escribe con hipócrita pudibundez racista la prensa popular inglesa. Sino que es una actriz profesional. Y actrices casadas con príncipes ha habido muy pocas.

 

Amantes sí, claro, por docenas: casi todos los príncipes han tenido por lo menos una amante actriz. Pero esposas legítimas no. Si no tomamos en cuenta a Grace Kelly, actriz de Hollywood que se casó con un principito de segunda, señor y dueño apenas de un casino de juego y de un peñón de piratas, para encontrar una actriz casada con un príncipe como Dios manda hay que remontarse hasta el siglo VI de la era cristiana: hasta Teodora, esposa del emperador romano de Bizancio Justiniano I, llamado el Grande. Y ya entonces la desigual boda provocó escándalo.

 

No porque Teodora fuera plebeya de humilde origen: su padre era cuidador de osos en el Hipódromo y su madre acróbata de circo. Pero tampoco Justiniano venía de familia distinguida: su tío Justino era el emperador, sí, pero antes había sido un tosco soldado de provincia, encumbrado a la púrpura por la virtud de un cuartelazo. Es decir, había seguido la carrera habitual de los emperadores. Y no sólo los del Imperio romano: cuando a Napoleón fueron a proponerle un árbol genealógico que lo hacía descender en línea recta del dios Júpiter, le aclaró al adulador genealogista: “La familia Bonaparte tuvo su origen el 18 Brumario” (la fecha de su golpe de Estado).

 

Tampoco protestó nadie porque Teodora fuera una mujer divorciada y hubiera tenido un hijo o tal vez dos, y varios abortos de distintos amantes. Ni porque hubiera sido desde muy niña acróbata en el circo y prostituta en los burdeles de Constantinopla, según cuenta con escabroso detalle el tratadista Procopio de Cesarea en su Historia secreta. Sino porque había sido, eso sí imperdonable, actriz. Y el riguroso protocolo bizantino, tal vez el más riguroso y minucioso de los protocolos cortesanos de la historia universal, prohibía explícitamente el matrimonio de hombres de rango patricio con actrices. El problema parecía insoluble. Hasta que al viejo emperador Justino, tío del novio, se le ocurrió la idea de hacer aprobar por el Senado una nueva ley que autorizaba a las actrices retiradas para casarse con quien quisieran. De manera que, sin violar la interdicción protocolaria, Justiniano no se casó con Teodora, sino que Teodora se casó con Justiniano.

 

Hoy la Iglesia Ortodoxa Constantinopolitana la venera como santa, y celebra su fiesta el 14 de noviembre.

 

Tal vez Meghan Markle también vaya para el santoral. Pues también ella, según han informado las revistas del corazón, “tiene la voluntad de modernizar el rígido protocolo de la monarquía británica”. ¿La prueba? No usa medias. No se compara, es verdad, con las exhibiciones de Teodora, que según cuenta Procopio caminaba desnuda en las manos. Pero por algo se empieza.

 

 

*Publicado en la edición impresa de marzo de 2018.