17 de noviembre del 2019
Fotografía | El Tiempo
27 de Febrero de 2018
Por:
Margarita Vidal Garcés

En la última entrevista que concedió, el exdiplomático, experto en naufragios y bienes sumergidos, aclaró, entre otras cosas, que España no tiene derecho alguno sobre el galeón San José, y que, a pesar de que es un patrimonio arqueológico, puede ser una excelente fuente de recursos para Colombia.

Juan Manuel Prieto, el hombre que más sabía del galeón San José

El 8 de junio de 1708, a las 7:30 de la noche, el almirante británico Charles Wager hundió a cañonazo limpio el galeón San José, un barco de guerra español cargado con 600 personas y un tesoro de valor incalculable, frente a las islas colombianas del Rosario, en la Batalla de Barú. 

Trescientos siete años después, cuando apenas despuntaba el alba del viernes 27 de noviembre de 2015, el sonar del buque Malpelo de la Armada Nacional de Colombia detectó lo que en el argot de los naufragios marítimos se llama una ‘anomalía’, que resultó ser un fascinante descubrimiento: varios cientos de metros bajo la superficie, dormía su letargo de siglos el mítico galeón que durante décadas había espoleado la curiosidad, la imaginación y la codicia de investigadores, gobiernos, cazafortunas y oportunistas de diversa laya.

Imágenes tomadas por expertos revelaron la prueba reina que permitió constatar, en primer lugar, que se trataba, sin lugar a dudas, del San José. Y, en segundo término, que las coordenadas exactas donde reposaba el pecio (naufragio) no correspondían a las que años atrás habían sido denunciadas por buscadores internacionales de tesoros sumergidos, como la Sea Search Armada. La emoción embargó entonces a la tripulación en pleno, y los aplausos retumbaron contra el todavía oscuro y nebuloso cielo de ese amanecer antillano.

 

Los antecedentes 

La curiosidad por este legendario galeón español, que se había llevado al fondo del mar el más rico cargamento de la historia, había sido ‘picada’ entre los entendidos por el profesor de historia Eugene Lyon, norteamericano de ascendencia escocesa y una eminencia en la historia de la península de Florida, y su investigador asociado, el profesor John Cryer. 

Mientras husmeaban en el Archivo de Indias de Sevilla y en el Archivo de la Real Armada Británica, los investigadores se toparon con la historia del San José e identificaron el área del mar Caribe donde se había ido a pique. Esto orientó la exploración de la empresa estadounidense Glocca Morra, que declaró un tiempo después el supuesto hallazgo de los restos del navío. Denunciado ante la Dirección General Marítima de Colombia, Dimar, se le reconoció la propiedad de la mitad de la carga. Glocca cedió los derechos a la estadounidense Sea Search Armada, en busca de inversionistas, pero el gobierno de Belisario Betancur decretó en su momento que el porcentaje al que tenía derecho la empresa era solo del 5 % por tratarse de un bien cultural de la Nación. Desde entonces largos forcejeos jurídicos, finalmente resueltos a favor de Colombia, han enfrentado al Gobierno Nacional con la firma gringa, que no ha querido dar su brazo a torcer. 

 

El personaje

Experto en el tema, como miembro que fue durante casi 14 años de la Comisión de Especies Náufragas, donde se redactó y proyectó, con su concurso, la Ley de Rescate de Galeones Hundidos, el notable jurista Juan Manuel Prieto Montoya sostuvo con Revista Credencial una larga entrevista en la que explicó detalles desconocidos. Lamentablemente, Prieto falleció pocos días después, el 19 del mes pasado. 

Dueño de una Maestría de la London School of Economics, embajador de Colombia en Italia, profesor universitario de Derecho Marítimo y Comercio Internacional, este abogado rosarista fue catalogado por la revista Citywealth, de Inglaterra, como uno de los cien mejores expertos mundiales en las áreas de Planeación Sucesoral, es decir, en protocolos de familias empresarias. También ocupó un puesto en la lista de los 100 mejores abogados del mundo, y era el único miembro colombiano de la International Academy of Estate and Trust Law, a la que pertenecen los 80 mejores abogados del planeta. Amigo de sus amigos, encantador de serpientes por su gran calidez humana y famoso por su espléndida generosidad, Juan Manuel Prieto le había ofrecido al Gobierno sus servicios gratuitos frente a los litigios internacionales que, sin duda, el país tendrá que afrontar en adelante.

 

¿Cuál es el contexto histórico del galeón San José y por qué llevaba esa carga fabulosa?

La Guerra de Sucesión entre España, por una parte, e Inglaterra y Holanda –aliados en su contra– por la otra. Como Felipe V financiaba sus ejércitos con los tesoros americanos, sus enemigos trataban de evitar que los barcos llegaran a España. Había tantos barcos enemigos en el Caribe, que transcurrieron seis años sin que los españoles se atrevieran a llevar absolutamente nada a su país, y el tesoro fue creciendo hasta convertirse en una gran caja fuerte. Por fin se envió la flota y en Portobelo se cargaron, con absoluto sigilo, dos barcos gemelos: el San José –que naufragó a escasas millas de Cartagena– y el San Joaquín, que logró escapar y llegar a Sevilla. Gracias a eso tenemos una idea del posible inventario.

 

¿No quedó ningún indicio en Cartagena?

No. Solo hay algunos documentos en los que el contramaestre del San José se queja de que le está entrando mucha agua al barco, porque las juntas de madera están en muy malas condiciones, lo cual hizo que al galeón cañoneado por los ingleses le entrara agua a borbotones y se hundiera en un santiamén. 

 

¿Por qué la polémica sobre si se declara el hallazgo como Patrimonio Arqueológico o como ‘tesoro’?

El galeón es un punto arqueológico fundamental que hay que cuidar y preservar, y por eso el Gobierno Nacional está trabajando cuidadosamente desde el primer día para hacer un levantamiento arqueológico tan completo como los que se hacen en tierra. Por otra parte, encierra un gran tesoro que hay que evaluar y disponer conforme a la ley. Yo diría que lo que hay allí es una fabulosa “cápsula del tiempo” que nos va a dar una multitud de datos acerca de la época y de cómo se vivía entonces a bordo de un barco de esas características. Pero lo que me parece más desconcertante, humanamente hablando, es que nadie haya hablado del respeto debido a los cadáveres y del rescate de los restos humanos que necesariamente debe haber allí.

 

En esta materia tienen mucha experiencia los suecos, que lograron rescatar el bellísimo galeón Vasa, que hoy es visitado en su imponente museo en Estocolmo, por un millón de personas al año. 

Sí, el Vasa naufragó el 10 de agosto de 1628 y fue localizado en 1956. El rescate final se logró 333 años después del naufragio, sucedido cuando acababa de levar anclas en su viaje inaugural.

 

¿España sí tiene, como pretende, derechos sobre el San José? 

España olvida muy convenientemente que cuando un país hace una guerra y la gana, se producen expropiaciones y cuando nosotros ganamos la Independencia y nos liberamos de España, en 1919, decretamos la expropiación de todos los bienes de la Corona Española. Por otra parte, España debería recordar, por ejemplo, que en su momento expropió las posesiones de Simón Bolívar, que era millonario, sin ningún reato, y que también expropió el Califato de Granada. Por eso, el que no reconozca hoy que una consecuencia normal de perder una guerra es la expropiación, no deja de causarme asombro.

 

¿Y qué hay con los convenios internacionales sobre especies sumergidas?

Hemos tenido como política de Estado no suscribir convenciones que pudieran afectar los intereses del país. Por tanto, la nota verbal española que sostiene que se trata de la soberanía de su país no tiene cabida, en mi opinión, pues tan soberana es España como lo es Colombia. 

 

¿Y la teoría de que los buques de guerra naufragados son de la bandera del país de origen, estén donde estén?

Esa es una teoría reciente, acuñada después de Pearl Harbor, en la Segunda Guerra Mundial. 

 

¿Por qué se inventaron las potencias esa teoría? 

Por el espionaje. Tanto estadounidenses como rusos aprovechaban para robar la tecnología de los submarinos enemigos hundidos cerca a sus territorios. Cuando Colombia supo que en Naciones Unidas habían incorporado este artículo a la Convención del Mar, se abstuvo de suscribirlo. 

 

¿Cuál es hoy la situación de la Sea Search Armada? 

Buena parte de sus inversionistas son norteamericanos, muchos de ellos políticos –incluidos congresistas– que han ejercido mucha presión. La empresa denunció unas coordenadas específicas dentro de un polígono que la Dimar les adjudicó para explorar. Allí fue donde ellos aseguraron en su momento haber encontrado el galeón. Las coordenadas que ellos denunciaron no coinciden con aquellas donde la Armada Nacional encontró el San José, el pasado mes de diciembre.

 

¿Es cierto que la contratación de tantos expertos extranjeros, tecnología, oceanógrafos, submarino, etc., costará un dineral? 

No tanto, el Gobierno ha manejado el proceso con personal colombiano, pero se necesitaban expertos en ciertas áreas que en Colombia no existen, como por ejemplo el equipo del submarino o, muy especialmente, un experto lector de una especie de caja amarilla que este lleva y que arroja datos y fotografías que requieren de un ojo entrenado para ser descifrados. Esa persona es Andrew J. Scherrell, quien, como se sabe, hizo las lecturas para el Titanic. En adelante el Gobierno colombiano no tendrá que desembolsar grandes sumas porque el proceso se hará a través de una Asociación Público Privada (APP) que está por definir.

 

¿Qué viene ahora?

Identificar con plenitud lo que se denomina “las variables” de la columna de agua hasta llegar al fondo, para anticipar qué tipo de corrientes circulan allí, equipar adecuadamente el submarino y diseñar un robot que pueda trabajar a esa profundidad. 

 

¿Por qué se necesita un robot?

Porque a un ser humano a más de 200 metros de profundidad se le puede reventar el cerebro y el galeón está por debajo de esa cifra. Por eso se han contactado expertos de la talla del joven norteamericano que diseñó el robot que llegó a Marte. 

El posconflicto necesitará una inversión billonaria. ¿El San José podría financiar una parte?

En la Comisión tuvimos en su momento largos debates, especialmente cuando era ministra de Cultura María Consuelo Araújo, porque ella era un poco fundamentalista y por tanto era la época de un Icanh también fundamentalista: pretendían que lo mejor –arqueológicamente hablando– era dejar hundido el galeón, que es la misma absurda tesis de la Unesco.

Nuestra posición ha sido siempre la de que, en un país pobre como Colombia, no habría justificación para esa determinación desde el punto de vista social, económico o arqueológico. Finalmente, la ley establece que todo lo que sean piezas únicas, son inalienables e inembargables, propiedad del Estado colombiano y no se pueden compartir con nadie. Pero también estipula, que de las piezas repetidas se reserven unas para los museos y las restantes se puedan vender. Como le dije al Presidente, estoy convencido de que del galeón San José puede recaudarse más plata que de una buena reforma tributaria. (Risa) 

 

¿Cuál fue la prueba reina que identificó positivamente el barco? 

Hubo varias. Una de las identificaciones más precisas son los cañones, cada uno de los cuales tiene una numeración independiente que quedaba asentada en los Archivos Navales de España, de modo que tenemos una identificación perfecta. A algunos de los cañones les cambiaron el tamaño de la boca para aligerarlos un poco. Para disparar el cañón se colocaba sobre la cureña, se jalaba hacia atrás, se cargaba la pólvora y se empujaba hacia adelante para disparar. Como el cañón reculaba, se hacía una especie de ‘ñoquito’ que iba en la parte de abajo, que entraba en la cureña de madera y lo detenía para que no matara al cañonero. Dentro de ese romanticismo español, que es muy bello, el fundidor de los cañones hizo esas piezas en forma de delfín, y en las aproximaciones de las fotografías se ve un cañón parado como un lápiz donde se aprecian claramente los delfines. También está la caja amarilla, que está en el proceso de ser leída y de la que saldrán unas 4.000 fotografías, de las cuales apenas hemos visto unas 50 hasta ahora. 

 

¿Cómo se está protegiendo y cuidando el lugar contra los piratas del siglo XXI?

Colombia en medio de todo es afortunada. Yo siento que el presidente Santos tiene una estrellita. Coincidencialmente, el día que hizo el anuncio del hallazgo del galeón, se estaban bautizando los dos últimos nuevos submarinos que Colombia adquirió para aumentar nuestra flota, de manera que la Armada tiene mucha presencia en la zona. 

 

Pasando a otro tema, usted también es experto en el tema tributario. ¿Se acabarán alguna vez los “paraísos fiscales”?

Sí, y cada vez va a ser más difícil que en Colombia la gente tenga escondido su patrimonio. Urge un gran cambio cultural, porque uno de los pocos países que quedan en el mundo donde se cree que no pagar impuestos no es grave, es Colombia. En el mundo entero es un delito penal porque es robarle a la comunidad. Si tú pagas y yo también pago, pero el de allá no paga, tú y yo tenemos que pagar por él y eso no es justo. Pienso que esa costumbre colombiana parte de un acuerdo filosóficamente perverso. ¿Se acuerda que jugábamos cuclí y que uno decía: “cuclí por mí?”. Pues todo el sistema de impuestos de Colombia está formado sobre cuclí: si logro que pasen tres años sin que me pase nada con una declaración tramposa de impuestos, ya nadie me la puede revisar porque ha prescrito. Entonces la pregunta es: ¿cómo es que yo construyo un derecho a mi favor sobre la trampa y la mentira? Eso no tiene sentido. De tal manera que mi opinión es que tenemos que modificar el tema de la prescripción y reconocer la evasión de impuestos como un delito. 

 

Juan Ricardo Ortega, cuando era director de la DIAN, quería lograr eso, pero se estrelló con un muro.

Pues la evasión se va a acabar porque ya hay tal cantidad de información, que los Estados están intercambiándola, de modo que no va a haber colombiano que pueda tener plata oculta. Y le doy un dato: en la OCDE, donde el presidente Santos está empeñado en matricular a Colombia, hay un capítulo de intercambio de información bancaria que firmaron ya 70 países, incluidos Suiza y Panamá. A partir de este año, Panamá se ha comprometido a entregar información de las cuentas bancarias; Suiza lo hará el año entrante.

 

¿Y qué es Fatca?

A raíz de los escándalos con los bancos suizos a los que Estados Unidos les impuso grandes multas por esconder plata, los gringos sacaron una ley denominada Foreign Account Tax Compliance Act, que los obliga a informarles si algún estadounidense puede firmar en una cuenta. La banca suiza y la banca colombiana adujeron el secreto bancario, y el Imperio dijo: “Los entendemos, pero como no sabemos si ustedes tienen plata de norteamericanos, o no, todo giro de un banco colombiano o suizo que pase por Estados Unidos, tendrá una retención de 30 %, por si acaso. Eso significaba la quiebra de las bancas suiza y colombiana, de manera que las arrodillaron, y hoy Fatca se aplica en el mundo entero. Colombia tuvo que modificar la ley de bancos para poder entregarles a los gringos la información que pedían. Por eso, cuando tú abres una cuenta te preguntan si eres estadounidense, residente en los EE. UU., o si alguno de tus hijos es estadounidense –todo bajo juramento– y esa información va para el Gobierno estadounidense. Colombia firmó con ellos un acuerdo de intercambio automático de información. Cuando el presidente Santos se reunió con Biden, hace unos meses, en Colombia, le preguntó en qué nos iba a ayudar Estados Unidos en el posconflicto. Biden le dijo: “Cobren más impuestos porque ustedes cobran muy poquito y a muy pocos, pero nosotros les vamos a entregar la lista de todos los colombianos que tienen inmuebles en Estados Unidos”. Y esa lista va a llegar. Los gringos saben, además, si esas propiedades figuran a nombre de compañías. Estoy convencido de que dentro de un año, o año y medio, ya no habrá un colombiano que pueda tener una cuenta escondida en el exterior. 

 

 

*Juan Manuel Prieto falleció el 19 de enero de 2016, pocos días después de esta entrevista. 

*Publicado en la edición impresa de febrero de 2016.