22 de febrero del 2020
Fotografías | Andrés Alvarado / Cortesía Farah y Cabal
15 de Enero de 2020
Por:
Catalina Uribe Tarazona

La historia de Robert Farah y Juan Sebastián Cabal, los tenistas colombianos que este año conquistaron dos Grand Slams en la categoría de dobles, comenzó cuando ambos tenían cinco o seis años, en el Club Tequendama de Cali.

Dupla de ‘parceros’

El pasado 13 de julio, Juan Sebastián Cabal y Robert Farah no hicieron nada diferente a lo que llevaban haciendo los últimos treinta días: se levantaron, desayunaron con su equipo, hicieron la misma rutina de calentamiento, hablaron con los técnicos y plantearon la estrategia para lo que venía en el día. Todo estaba listo. Después de eso, dice Farah “lo que ustedes vieron: un partido histórico”.
 
Tras cuatro horas y 57 minutos de una lucha reñida contra los franceses Nicolás Mahut y Edouard Roger-Vasselin, la final de Wimbledon, en Londres, concluyó a su favor con un marcador de 6-7 (5), 7-6 (5), 7-6 (6), 6-7 (5) y 6-3. La dupla colombiana –¡colombiana!– se coronaba así campeona del torneo más antiguo y prestigioso del mundo, y el tercero del Grand Slam que se disputa en el año. Atacados por una risa triunfal, tirados boca abajo en el suelo y con la respiración a tope, Cabal y Farah cumplieron su sueño. “Al principio era difícil creérselo. Acabábamos de ganar nuestro primer Grand Slam. Fue una cosa inexplicable, una sensación en la barriga que pocas veces he sentido”, recuerda Farah. 
 
No era para menos. Jugar en la categoría de dobles no es un reto fácil, menos si se representa por primera vez a su país en la modalidad. Por eso, más que una victoria de egos o de colección, ser los campeones del mundo significó un antes y un después para estos deportistas, que aseguran haber obtenido este triunfo en el momento adecuado.
 
En mayo de 2005, Cabal sufrió una lesión de rodilla, tan grave que los médicos le aseguraron que no podría volver a jugar. Por eso, el día que consiguió el triunfo, asumió la victoria como un gran logro de superación. Ganaba, con ello, la tenacidad que lo llevó a sacar adelante su recuperación y su carrera. Aquella que –sumada al apoyo de su equipo médico, de su familia y de su gran amigo Farah– le dieron la alegría de alzar la copa. “El tiempo de Dios es perfecto. Tuvimos la oportunidad de ganar en Australia y no se dio. Así que ganar Wimbledon, en nuestra ‘peor’ superficie, en la forma en la que lo hicimos y con partidos tan luchados, fue la muestra de eso”, dice Cabal, quien agrega que esta vez él y su compañero estaban mejor preparados mentalmente para asumir la responsabilidad, no solo del título sino de lo que vendrá. Tal vez por eso, dos meses después del hito en Londres, y en un encuentro frente a la dupla del argentino Horacio Zeballos y el español Marcel Granollers –cuya disputa resultó con un marcador a su favor de 6-4, 7-5–, repitieron la hazaña en el USOpen en dobles, logrando así su segundo Grand Slam. Ahora, se preparan para los Olímpicos de Tokyo 2020, así como para el Australian Open, el Roland Garros, el US Open, y –sobre todo– para reafirmarse como los número uno del mundo.
 
  • El origen
La vida intentó mantenerlos en lados opuestos de la malla. Jugaron el uno contra el otro, casi desde el momento en que –en la Cali de finales de los años ochenta– cogieron una raqueta por primera vez, cuando tenían cinco o seis años. El ‘clic’ entre Robert y Juan Sebastián era claro: la competencia no evitó que forjaran una amistad incondicional dentro y fuera de las canchas, y ese vínculo se fortaleció una vez pasaron, a los once años, a ser parte del mismo equipo. “Viajábamos a torneos departamentales y nacionales, e íbamos escalando en nuestras categorías”, recuerda Cabal, mientras que Farah añade: “a esa edad jugamos nuestros primeros torneos de dobles juntos y después, a los trece años, empezamos a jugar los torneos internacionales de Sur América”.
 
Pero cuando llegaron a la mayoría de edad, sus carreras profesionales tomaron rumbos distintos: Farah se fue a una universidad californiana –a estudiar economía– y Cabal continuó con su carrera deportiva. Sin embargo, siempre estuvieron en contacto y, en 2010, cuando Farah regresó, volvieron juntos a las canchas, cobijados por Colsanitas, su patrocinador oficial desde hace más de veinte años. Y es que –tal como lo aseguran los dos– su fortaleza, en definitiva, está en esa amistad. La misma que los mantuvo unidos en la distancia y luego los reunió para sincronizar sus metas.
 
“Robert es quien siempre está en busca de la ‘milla extra’, el que todos los días quiere aprender algo nuevo, que siempre quiere mejorar (…). Es un ser justo, incapaz de hacerle daño a alguien”, dice Cabal y sostiene que los dos se complementan tanto en la vida como en la cancha. Por su parte, Farah describe a “Sebas” como un trabajador incansable, un hombre familiar que tiene claras las metas que quiere alcanzar, tanto a nivel individual como en equipo.
 
De aeropuerto en aeropuerto, de hotel en hotel, de cancha en cancha, en esta vida nómada de deportistas, Cabal y Farah se empeñaron en hacer familia. Por eso, nunca, o casi nunca, viajan solos. De hecho, según su entrenador, el sudafricano Jeff Coetzee, los viajes de la dupla “parecen un circo”. A Cabal lo acompaña su esposa –Juliana Vásquez–, su hijo Jacobo y el bebé que viene en camino, mientras que con Farah viaja su novia, Belén Mozo –una golfista española con quien se comprometió hace pocos días–, y sus hijos perrunos: Taco y Roma. “Así viajamos todo el año”, explica Robert. “Aunque, obviamente, es una carga pesada, también es espectacular porque te mantiene en familia y te hace sentir que estás rodeado de la gente que te quiere”.
 
 
 
 
 
*Publicado en la edición impresa de diciembre de 2019.