23 de agosto del 2019
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9 de Diciembre de 2013
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Así vive una venezolana su día a día en Caracas, una ciudad donde las ventas de alimentos como el azúcar y la harina están controladas, donde la luz se raciona y el Gobierno sostiene que uno de los culpables de esta escasez es el acaparamiento.

Por: Caterina Valentino

Diario de una escasez

Me levanto, como todas las mañanas, muy temprano. Es la costumbre. Tras hacer mis reportes a Caracol Internacional, busco una taza de café para acompañarla con leche, pero de pronto me invade el mal humor, no he tenido en cuenta un detalle, no hay leche en la casa y no porque haya olvidado hacer la compra del mes, la razón es aún más frustrante: no hay leche en el país.

Salgo a hacer algunas diligencias y me topo con una mujer que con voz ronca y cansada dice: “Tengo 73 años y nunca he ido tras un hombre, pero sí tras un paquete de Harina Pan”, la harina que usamos en Venezuela para preparar uno de nuestros platos típicos, la arepa. Esta frase le pertenece a una venezolana que en medio de sus compras nerviosas de medicamentos, porque el farmaceuta le ha dicho que van a escasear, se percata de que en el centro comercial la gente lleva bolsas con paquetes del tan preciado producto y ha decidido correr por las suyas. 

Esto por decir lo menos. En Maracaibo, estado Zulia, fronterizo con Colombia, se han generado golpizas en supermercados disputándose paquetes de la harina de maíz, indispensable en la dieta del venezolano. En otro lado de la geografía nacional, una cajera, empleada en un supermercado del estado Falcón, fue golpeada por una levantadora de pesas que le desfiguró el rostro a arañazos por negarse a venderle más de cuatro paquetes del mismo producto. En Caracas, la capital, un camión de carne que sufre un accidente y se estrella contra una defensa, es saqueado por los conductores y motorizados que en plena autopista se detienen a robar la mercancía, sin importar que el chofer haya fallecido tras el impacto. 

Son días de carestía y también de vergüenza, de titulares en la prensa internacional como estos: ‘BBC: Una peregrinación en busca de papel higiénico en Caracas’, una noticia que recorrió el mundo y que abofeteó la moral de los venezolanos. Hasta un app se creó para buscar papel de baño en Venezuela. ‘Abastéceme’, se volvió una aplicación ‘viral’ el día 3 de junio del año en curso, cuando se produjeron más de mil descargas. El Gobierno, entre tanto, anunció la importación de 50 millones de rollos de papel higiénico para que, en palabras del ministro de Comercio, Alejandro Fleming, “nuestro pueblo se tranquilice y comprenda que no debe dejarse manipular por la campaña mediática de que hay escasez”. Se trata, para el sector oficial, de “una guerra económica de la burguesía”.

Corren tiempos de profundo desabastecimiento, y en consecuencia, de una crisis social que se ha agudizado tras la muerte del presidente Hugo Chávez y que repercute en el ánimo del ciudadano de a pie.

El tema del papel, no sólo el higiénico sino el que se utiliza para las imprentas, es delicado. Los primeros que resienten su falta son los diarios de provincia, que por lo general cuentan con inventarios más limitados. Mientras algunos medios ya no pueden subsistir y cierran, otros tratan de adaptarse, cambiando la compaginación de sus ediciones o la frecuencia de publicación. Las imprentas recurren a subasta de papel y los libros se imprimen en “el papel que se consiga”.

Pero volviendo a las necesidades básicas, una cosa tan simple como ir al supermercado de pronto se convierte en una tarea titánica, porque no todo se obtiene en un solo lugar y las colas son de dos y tres horas para apoderarse, y bien vale el verbo, de mercancía racionada. Sí, porque se ha decidido vender un número de productos por persona a fin de evitar que uno de los culpables de la situación, el acaparamiento, según el Gobierno, se salga con la suya. 

En horas de la tarde, cuando suele haber menos gente en los establecimientos de Caracas, salen aquellos que desean comprar como antes, con algo más de tranquilidad, pero en esos espacios, si lo que se busca es papel sanitario, azúcar o harina, la respuesta de los empleados suele ser tajante: "Señores, se acabó". Entonces, comienza a ingeniárselas el ciudadano común con esa creatividad que nos caracteriza a los que vivimos de este lado. De pronto las alianzas con los empleados de los negocios están a la orden del día. Consumidores que pagan altas propinas para que les consigan los productos necesarios. Mensajes de texto avisando que ha llegado el aceite, el pollo o la mantequilla; compras a altas horas de la noche y una cadena de favores agotadora e interminable. 

Sin cajeros

El contexto es aún más complejo en el interior del país. En la red de supermercados oficiales, que son los Abastos Bicentenarios, antiguamente los Almacenes Éxito, las colas pueden arrancar a las 4 a.m., cuando se abre desde las 7 a.m., y muchas veces no se alcanza a conseguir lo que se demanda. Como si esto fuera ya poca cosa, el Gobierno ha amenazado con mandar a las milicias para que sustituyan a los cajeros ausentes en los supermercados, esos que los propios dueños han debido despedir porque la nueva normativa laboral estipula menos horas de trabajo.

Algunos comienzan a prepararse para diciembre, pues está clara la amenaza de no tener ni juguetes ni pinos de Navidad. Los empresarios que cubren el rubro acusan al Ejecutivo de no entregar las divisas a tiempo y de un desorden incontrolable en los puertos para desembarcar lo que tienen atrapado en aduana. Se ha escuchado, en varias ocasiones, que ya muchas familias hacen sus grupos para traerse en contenedores los productos del exterior a falta de oferta en Venezuela.

La carestía se esparce. En un país de mujeres bellas, donde las damas no lo piensan dos veces para operarse y someterse a cirugías estéticas, me sorprendía escuchar, en estos días, a una venezolana que denunciaba que su médico no tenía prótesis y ella entonces no se podía operar, a lo que este le contestaba: “Señora en este país no hay papel... menos hay prótesis”. 

En el sector automotor, conseguir el repuesto de un carro es una odisea. En el hogar, si se daña un aparato, seguramente tocará comprar un equipo nuevo, porque los repuestos no se obtienen con facilidad. La respuesta es enfática: “No hay”.

Los venezolanos, los que lo padecen, se preguntan cómo es posible que esto esté pasando en un país que se autorreconoce rico y cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. El economista Ángel Alayón, asesor de la Cámara Venezolana de la Industria de Alimentos, sostiene que en Venezuela no se dan soluciones de fondo a la escasez, sino solo parches temporales. “Las importaciones alivian la escasez, pero no la solventan”.

Los analistas insisten en que este deterioro de la economía tiene sus raíces en las expropiaciones realizadas por el entonces presidente Hugo Chávez y el ataque constante a la empresa privada, lo que ha originado la disminución de la industria e incluso cierres en las circunstancias más dramáticas. Un aparato productivo deteriorado por las políticas asfixiantes del Gobierno, el control cambiario, una ley del trabajo que ha propiciado la migración de empresas, y las importaciones que alcanzan una cifra rimbombante: 96 por ciento de lo que se consume.

Pero además de los alimentos, escasea la luz. La Caracas de hace años no es la misma Caracas de hoy. Desde que uno entra a la ciudad por el Aeropuerto Internacional de Maiquetía se percata de esta realidad. Las vallas publicitarias de las autopistas ya no pueden estar encendidas porque se está ahorrando energía. Algunos faros se apagan para evitar castigos en las facturas mensuales, una especie de penalidad. Es frecuente llegar a casa y ver que las luces de los electrodomésticos titilan. Simple. Otra vez se fue la luz. En el mes de agosto hubo un apagón de casi tres horas en varias zonas del país que generó un caos. El Gobierno culpa a la oposición de sabotaje y la oposición culpa al Gobierno de no hacer mantenimiento al sistema eléctrico y desatender las necesidades de los venezolanos. En el medio de estas dos mitades de un país, un ciudadano, el de a pie, el que no se ve asistido en sus requerimientos esenciales, el que no consigue lo preciso para vivir, al que le racionan y se conforma con lo que hay. El que a veces sale desalentado de un negocio, porque tras buscar lo que necesita, luego de recorrer uno y otro lugar, le responden con un cortante y desesperanzador “señores, se acabó”.