12 de diciembre del 2019
El nuevo director general de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, es un hombre lleno de conocimientos, de recorridos y de sorpresas. (Foto Walter Gómez)
19 de Marzo de 2014
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El director de la Orquesta Filarmónica de Bogotá hizo una tesis donde muestra las posibles inclinaciones nazis del fundador de la Antropología en Colombia, estudió historia, filosofía y ciencia política, toca violín, habla cinco idiomas y por razones poderosas puso a una mujer a llevar la batuta de la orquesta.

Por Margarita Vidal

David García: Toda una caja de sorpresas

David García Rodríguez, director general de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, es un hombre lleno de conocimientos, de recorridos y de sorpresas. Como la que produce saber, por ejemplo, que vivió 27 años en Viena, la antigua y hermosa capital del Imperio austro-húngaro, pero que, contrariamente a lo que podría suponerse fuera su primera intención, no se dedicó a las corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas, sino a la investigación, con mayúsculas, y a estructurar una poderosa gestión cultural para dar a conocer la cultura latinoamericana en el país musical por antonomasia y en otros países de Europa.

Pero, como según dicen, el destino no da escapatoria. García, que había vivido de chico todo el proceso de creación de la Filarmónica de Bogotá, de la que su padre fue fundador, terminó vinculándose hace un año a la orquesta bogotana, como director general.
En Viena estudió un tiempo música, aprendió a tocar el violín, desarrolló una rara habilidad para los idiomas –habla inglés, búlgaro, alemán, italiano y latín– e hizo un pregrado en Filosofía, un magíster en Ciencia Política y un doctorado en Historia. “La poquedad”, pues, como diría el maestro chaparraluno Darío Echandía. Una de sus investigaciones dio con revelaciones que levantaron ampolla sobre el supuesto pasado nazi de Gerardo Reichel-Dolmatoff, padre de la Antropología en Colombia, y uno de los sabios más respetados de la segunda mitad del siglo XX. Aquí cuenta esa historia y habla de la Filarmónica de Bogotá, de su nueva directora musical y de los grandes proyectos hacia el futuro.

¿Qué estuvo haciendo durante 27 años en Austria?
Fui investigador del Instituto Austríaco para América Latina y de la Universidad de Viena. Allá existe un gran interés en América Latina. También organizamos durante seis años el Encuentro de Escritores Latinoamericanos en Viena y encuentros culturales interinstitucionales a través de entidades europeas, especialmente del mundo lingüístico alemán.

¿Por qué el interés en Austria por Latinoamérica?

Los austríacos tienen un vínculo muy concreto a través del Imperio de los Habsburgo en México, con Maximiliano y Sofía. Curiosamente, hay una relación entre la música del Tirol y la música mariachi, tanto en términos musicales, como en los trajes y en la forma de cantar. Toda esa técnica que en austríaco se llama Jodln, construida con la voz natural y los falsetes, es muy típica de allá, y esos mismos recursos se utilizan especialmente en la música veracruzana del sur y en el mariachi de Jalisco.
¿Por qué cambió sus estudios sobre la Ilustración alemana por investigaciones sobre América Latina?

Cuando se vive lejos se descubre con mayor claridad y percepción el país propio. En mi carrera de Filosofía hice una monografía sobre escritores latinoamericanos, con énfasis en Jorge Luis Borges y su relación con esta disciplina. Y para la tesis de doctorado hice una investigación sobre inmigrantes austríacos en América Latina durante la Segunda Guerra Mundial, porque varios de ellos llegaron a Colombia. Mi investigación se centró sobre la figura de Gerardo Reichel- Dolmatoff, cuya historia está en Salzburgo. En Colombia tiene un gran prestigio como padre de la Antropología en el país y como fundador de la Facultad de Antropología de la Universidad de los Andes. Pero sobre su vida anterior nunca se supo mucho.

Recientemente hubo un escándalo, que lo relacionó con las juventudes hitlerianas.

Sí, y yo estoy relacionado directamente con el tema porque el antropólogo colombiano Augusto Oyuela-Caycedo presentó en 2012 una conferencia en el 54 Encuentro Internacional de Latinoamericanistas, en Viena, que reunió a 4.000 expertos, en la que mencionó que había leído mi tesis de doctorado sobre Reichel-Dolmatoff para la Universidad de Viena. Allí yo destacaba la influencia de Gerardo Reichel en la institucionalización de la Antropología en Colombia y mencionaba que había indicios –no seguridades– de que Carl Anton Reichel, su padre, que era pintor, había tenido relación con el Partido Nazi y que Gerardo habría hecho parte de los círculos juveniles del mismo. De allí en adelante Oyuela-Caycedo continuó investigando por su cuenta, encontró varios documentos comprometedores y estructuró la conferencia que protagonizó el escándalo en Viena.

¿Un caso similar a los del escritor alemán Günter Grass y el mismísimo papa Benedicto XVI?

Parecido, pero con varias diferencias. Augusto Oyuela investigó en el Archivo Federal Alemán, donde encontró documentos que señalan que Reichel-Dolmatoff habría sido miembro del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, que había servido en las SS y sido integrante de la guardia personal de Hitler. Rescató, además, una historia en la que se dice que Reichel Dolmatoff habría escrito un texto llamado “Confesiones de un asesino”, donde revela haber asesinado a un anciano.

Una historia muy difícil de compaginar con la importancia, el renombre y el respeto que generó Gerardo Reichel en Colombia.

Todo parece indicar que el texto está firmado por Reichel-Dolmatoff con su nombre alemán, que era Erasmus. Su segundo nombre era Gerhard, que fue el que adoptó cuando llegó a Colombia.

¿Qué explica ese asunto tan complejo?

Había un grupo disidente que estaba a la derecha de Hitler y que se refugió en una zona de la República Checa; allí sacó una revista de la Resistencia, que tenía muchos colaboradores. El texto que le cito –aparentemente escrito por él cuando tenía entre 20 y 23 años– relata cómo toca en un apartamento y cuando un anciano abre la puerta él le dispara varias veces. De ese documento, y de otros que parece haber encontrado el antropólogo colombiano en Berlín, se deduce que Gerardo habría sido líder de uno de los grupos élites de la Gestapo. Eso está por probarse y me parece que es un tema que debemos asumir como una investigación histórica, sin apasionamiento.

¿Hay posibilidad de que ese relato sea falso?

Sí, en el siglo XIX las confesiones ficticias eran un género provocador en la literatura, y este podría ser el caso. Es entendible que como Gerardo Reichel-Dolmatoff fue un respetado investigador y profesor, muchos de los que hoy son profesores de esta materia y fueron sus alumnos quedaran en “shock”. De hecho, en la conferencia de Viena, hace dos años, hubo lágrimas y reclamos.

Cambiando de tema, ¿usted dizque incursionó en la política austríaca?

Sí, en el Partido Verde, que allá sí tiene un discurso ecológico-social muy fuerte, a través del cual tratábamos de identificar los problemas relacionados directamente con la gente. Al respecto hubo una gran discusión sobre si nosotros como latinoamericanos verdes nos íbamos a dedicar a hacer propaganda sobre lo que pasaba en América Latina o íbamos a enfocarnos en los problemas de Austria. Yo me hice austríaco durante esos años y debo reconocer que también los neo-austríacos somos importantes dentro de ese partido.

¿Y cómo llegó a director general de la Filarmónica de Bogotá?

Mi padre dirigió esa orquesta desde su creación hasta 1991. Yo estaba dictando una conferencia en la Universidad de Nueva York y allá recibí una llamada de personas relacionadas con la Alcaldía de Bogotá que me ofrecieron el cargo.

¿Pero no es usted quien mueve la batuta musical?

No, la Filarmónica tiene una directora musical, que acaba de debutar con gran éxito en Bogotá: Ligia Amadio, y tiene varios programas. Uno pedagógico con cerca de 110 profesores enseñando música en los colegios, otro que se ocupa de estímulos y becas. Además, hemos creado cuatro nuevas agrupaciones juveniles: una Filarmónica de Cámara, una Filarmónica Juvenil, un Coro y una Banda Filarmónica de Vientos. Yo, como director general, soy el encargado de dirigir las políticas y determinar dónde, para quién y qué tocar.

¿Quién es Ligia Amadio, la directora musical?

Ligia tiene una enorme trayectoria en el mundo orquestal latinoamericano y dirigió durante 12 años la Sinfónica Nacional de Brasil. Ha sido invitada a dirigir en Estados Unidos y Europa. Ella es una música muy profunda, que trabaja al detalle con los músicos y conoce la mentalidad de las orquestas, que siempre es altamente compleja. Es la encargada de sacar lo mejor de sus músicos, y de su manejo dependerá que la orquesta tenga un nivel óptimo.

¿En qué rango situaría usted la Filarmónica de Bogotá?

Su potencial es enorme y por eso yo buscaba una directora que sacara provecho de ese potencial. Quería que fuera mujer porque en ese mundo todos son hombres. Curioso, porque entre los músicos de las orquestas uno ve muchas mujeres, con la única excepción de la Filarmónica de Viena, que hace años enfrentó un escándalo por su política de no aceptar mujeres y tuvo que incorporarlas. De modo que cuando yo llegué a la Orquesta, quise dar un mensaje incluyente en ese sentido. Debo recalcar, claro, que el primer requisito era que se tratara de una gran directora.
¿Qué diferencia hay entre un hombre y una mujer dirigiendo?

Ligia Amadio dice que ella no diferencia porque musicalmente no existe, pero yo sí. Pienso que alguien con una inteligencia emocional muy desarrollada influye muchísimo, de determinada manera, en una orquesta. Y que cuando es alguien con una inteligencia puramente racional, hay otro tipo de resultado. Pero ojo, no estoy haciendo depender del género esa diferencia, sino de cómo se construye y qué se expresa con la música.

¿Qué otros compositores de música clásica importantes hay en América Latina, además de Héitor Villalobos?

Varios, por eso definimos ya para este año un repertorio del siglo XX, los compositores y las tendencias estéticas. Y como es importante resaltar que se trata de una orquesta latinoamericana, deberá estar abierta a los compositores latinoamericanos y especialmente a los colombianos. Allí estarán personajes como Luis Carlos Figueroa, Jesús Pinzón, Blas Emilio Atehortúa, Francisco Zumaqué, Héitor Villalobos o Jacqueline Sondag, entre otros. Es decir, todos aquellos que hacen parte del llamado Período de Oro de los directores sinfónicos colombianos que surgieron entre 1970 y 1990. Por eso es tan importante Ligia Amadio, porque al ser brasileña lleva todo eso por dentro.

Parece haber un movimiento generacional en muchas orquestas, con músicos y directores muy jóvenes, como el venezolano Gustavo Dudamel y el colombiano Andrés Orozco. ¿Algo lo está impulsando, o es un hecho fortuito?

América Latina está viviendo en música un proceso similar al que vivió en la literatura en los años sesenta. Es probable que estemos recogiendo los resultados del trabajo que hicieron a mediados del siglo pasado compositores como Alberto Ginastera en Argentina, Carlos Chávez en México y otros que le he mencionado. Todos ellos empezaron, poco a poco, a darse a conocer en Europa y hoy sería inconcebible que en las grandes escuelas de música, como la de Viena o la Julliard, en Nueva York, hubiera pianistas que no interpretaran sus obras. O guitarristas del mundo clásico que no tocaran la obra del maestro cubano Leo Brouwer. Las orquestas hoy tienen también la responsabilidad social de conectarse con la educación de los jóvenes, y Gustavo Dudamel es producto de esa preocupación de José Antonio Abreu.

¿Cómo ha sido la formación de nuestros músicos?

Hay una enorme generación de músicos colombianos. Eso lo vi en Viena, a comienzos de los noventa, cuando empezaron a llegar muchísimos jóvenes, como el gran pianista Sergio Posada, hermano de Alejandro, director y profesor en Viena, que empezó a traerlos y ayudarlos a ingresar al Conservatorio. En la Filarmónica hay cinco excelentes violinistas, y lo mismo en la Sinfónica, que pasaron por Viena. Es una generación muy bien cualificada. Cuando creamos las nuevas agrupaciones juveniles hicimos convocatorias a las que llegaron una cantidad de músicos de muy alta calidad. Eso lo vivimos con Carlos Villa, el violinista, que vivía en Nueva York y se vino a Colombia para hacerse cargo de la Filarmónica Juvenil de Bogotá. Hace 20 años hubiera sido imposible encontrar la mitad de esos músicos con la mitad de esa calidad.

Desde el punto de vista pedagógico, ¿qué actividad desarrolla la Filarmónica?

Nos metimos a las escuelas, cosa que no se había hecho nunca, a dar clases, y este año estamos atendiendo a 8 mil niños con clases de música, dentro del Plan Jornada 40 hora de Bogotá. Si logramos mantener ese programa vigente durante varias administraciones, veremos los frutos, tal como los vieron en Venezuela. Andrés Orozco es un esfuerzo individual muy importante, pero lo que hay en otros países es generacional. Como Dudamel hay por lo menos otros diez directores importantes, y muchos músicos en las grandes orquestas del mundo.

¿Por qué es tan importante la música en los niños y en los jóvenes?

Una razón es por el trabajo colectivo y, otra, porque sirve como canal de expresión de las emociones, llámelas agresividad, admiración, nostalgia , alegría, que encuentran allí una válvula de escape para expresar lo que se siente, y eso es muy importante en una sociedad tan convulsionada como la nuestra, con cinco décadas de conflicto armado, marginamiento e inequidad social.
¿Qué tan cierto es que en Bogotá hay una gran avidez por la música?

Es enorme, y eso parecería normal en los conciertos de rock o de salsa, pero el año pasado quedamos estupefactos. Yo le encargué a Francisco Zumaqué una obra sobre Bolívar para celebrar el cumpleaños de Bogotá, un Bolívar rapero, para vincularlo a las juventudes. Se hizo una obra seria, con elementos de teatro y con un lenguaje totalmente sinfónico. Convocamos con cierto escepticismo a la gente y llegaron 30.000 personas. Finalmente, el esfuerzo que nosotros hacemos con esta programación siglo XX también tiene que ver con el hecho de que estas generaciones siempre están escuchando sonidos complejos a través de computadoras, tabletas y teléfonos inteligentes, de manera que las disonancias o las armonías complejas, que pudieran ser extrañas para otras personas, no lo son para ellos, porque ya les han llegado a través de la tecnología.