23 de septiembre del 2019
Archivo Particular
19 de Enero de 2018
Por:
Carolina Sanín

Una danza zozobrante de la convivencia entre hombres y mujeres.

'The Crown', segunda temporada

Si el monarca contiene a todos los súbditos de una monarquía, el concepto se vuelve más interesante cuando el monarca es una mujer, que no solo contiene por ser reina, sino por la particularidad de su sexo. Si el monarca es, además, ejemplo y parangón para todos sus súbditos, el concepto se vuelve más interesante cuando el monarca es una mujer ─y no especialmente maternal─ en una sociedad patriarcal. Estas dificultades o incongruencias conforman buena parte del contenido de The Crown, cuya trama se desenvuelve a partir de la mesura y contención inquietantes de la reina Isabel II de Inglaterra, de su aparente asexualidad, de su rigidez y de su esfinge[OLL1] .

Como sucedía en la primera, la segunda temporada de la serie cuenta con la actuación exacta y sublime de Claire Foy en el papel de la reina. En la segunda temporada se complejiza y se hace relevante Felipe, su consorte, que contrapuntea la centralidad inmóvil de la reina. Junto a la mujer que ejemplifica y contiene, él es el hombre que no halla su lugar: es viajero, sexual, dramático, equívoco y turbulento y, como su esposa, a veces parecería estar a punto de explotar y de hacer saltar al país con él.

La segunda temporada de The Crown gira en torno a la danza zozobrante de la convivencia entre hombres y mujeres. Vemos a Jackeline Kennedy desequilibrada, a un primer ministro engañado durante años por su cruel mujer, a la princesa Margarita embelesada por su ansiedad de amor, a la pareja estéril ─en más de un sentido─ de los fatuos Wallis Simpson y Eduardo VIII ─el antimonarca, el rey enamorado y egoísta─ y, por último, el affair Profumo, entreverado de espías y prostitutas. Es fascinante pensar que el adulterio ─una traición─ es la actividad en la que los nobles y los comunes se encuentran y ─literalmente─ se tocan.

En la serie se traducen los problemas del Estado y la comunidad ─y del mundo, pues en esta temporada participa el anticolonialismo, con Nasser y Nkruma─ a los problemas de una familia, y es ilustrativo ver cuán limitados y repetitivos son los asuntos de cualquier familia, y que no por ser limitados dejan de ser fecundos para la infinita construcción dramática. La selección de episodios históricos y la conjugación de la información histórica verificable con la especulación sobre el secreto de la intimidad hacen de la serie una obra maestra. El montaje es emocionante y los diálogos son impecables.

Fuera del tema de las parejas, es especialmente memorable el episodio del noble que critica a la reina y cuyos consejos son acogidos por ella a pesar de sí misma, pues explica la cabal lógica de la postura del monarquista. La rigidez excesiva de los cortesanos y las escenas de la reina y su madre mirando televisión son graciosas y sugerentes. Al final de mi reseña de la primera temporada expresé el deseo de que en la segunda salieran más perros, pues parecía ser lo que más genuinamente interesaba a la reina y es también lo que más me interesa a mí de la familia real británica. No se me concedió.

 

 

 

*Publicado en la edición impresa de enero de 2018.