20 de agosto del 2019
Fotografía | Archivo Particular
2 de Agosto de 2019
Por:
Ricardo Silva Romero*

Esta es una reflexión sobre reflexionar. A un mes de publicar un libro con 200 de sus columnas, Ricardo Silva Romero describe las vicisitudes de escribir opinión en nuestra era. 

Columnología

Breve historia de las columnas de opinión: fue a principios del siglo XX cuando las páginas editoriales se volvieron las principales páginas de los periódicos –y se llenaron, aquí en Colombia, de voces irrepetibles que tendrían que ser releídas–, pero fue apenas en los setenta cuando empezó a volverse común que las columnas fueran independientes de sus medios: que el oficio del columnista fuera el de escribir lo que se piensa tal como se piensa. Para mí siempre fue el gran género de la prensa porque en mi casa se hablaba de qué había dicho el uno o qué había dicho el otro, en El Tiempo, sobre el horror de la semana. Pero nunca se me pasó por la cabeza que algún día iba a ser un columnista calvo. 

 

Yo era el comentarista de cine de Semana –y mis problemas eran tan corrientes que parecían soluciones– cuando a mi amigo Daniel Samper Ospina, que acababa de aceptar, a regañadientes, la dirección de SoHo, le pareció que tenía que encargarme de la columna de la última página de la revista. Así fue. La llamé Lugares comunes, porque mi idea era reivindicarlos y probar que sin ellos no había hallazgos, e hice lo que mejor pude. Pero ocho años después, cuando fue claro que los textos se me habían vuelto políticos, a Roberto Pombo y a Ricardo Ávila les pareció lógico que me mudara a los viernes de El Tiempo. Y estoy cumpliendo diez años de escribir, con taquicardia, una columna que desde su título trata de describir este país:  Marcha fúnebre, se llama. 

 

Digo que lo hago "con taquicardia" porque sigo sufriendo, resistiendo, sobrellevando, cada una de las columnas que escribo. 

 

Y, como si no bastara, desde hace cuatro años escribo dos a la semana porque a Javier Lafuente se le ocurrió la idea que me invetntara otra –Archipiélago, se llama– que sale en El País español todos los miércoles. 

 

Sé que alguien me dirá que pare de sufrir.  Pero, como mi oficio principal es el de escribir, como sobre todo me dedico a escribir novelas y las novelas se escriben frase por frase por frase, para mí es fundamental que cada columna quede bien hecha, sea un texto sobre la verdad, diga exactamente lo que quiere decir como lo quiere decir y proponga alguna reflexión que les devuelva tanto los matices como lo contextos a los hechos de la semana. El resultado es, en el mejor de los casos, 3.700 caracteres con espacios que articulan lo que los lectores están pensando o están sintiendo o están sospechando en ese preciso momento. Pero escríbalos a ver si es tan fácil. Y sepa llevar la relación con los lectores –que no siempre son los lectores compasivos e irónicos de las novelas– en la selva de las redes sociales. Hoy en día los columnistas de opinión tienen que tener el cuero mucho más grueso que antes, cuando a duras penas llegaban cartas quejándose, porque estas redes están llenas de trolls, de bots, de matones llenos de sí mismos, programados para calumniar e injuriar todo lo que se mueva. 

 

Yo he tenido suerte en las redes, porque la mayoría de la gente, incluso la que no piensa como yo, suele ser generosa conmigo, pero no siempre consigue uno salvarse de los rastornos que se dan allí: del narcisismo, de la megalomanía, del activismo, del pensamiento de manada, del fatalismo. Y es claro que hoy en día las columnas de opinión no solo sirven para lo que han servido siempre –para notificarles a los poderosos que no se están saliendo con la suya, para poner en evidencia las noticias graves que se pierden entre la avalancha de ls noticias, para sacudir y sensibilizar y expresar y aliviar y perturbar a los lectores–, sino, en especial, para recobrar el coraje y la serenidad entre el aturdimiento, para recobrar los nervios y la respiración entre los escándalos y las noticias falsas. 

 

Hoy en día las columnas de opinión tienen que ser lo más precisas que se pueda, más como los antídotos que como los venenos, porque suelen propagarse por las redes en cuestión de minutos. 

 

Cada columnista tiene sus propios mandamientos –y a uno que otro negociante se le escapa entre líneas su agenda sinuosa y repugnante–, pero soy testigo de que en términos generales los periodistas de opinión actúan de buena fe, se resignan al papel del aguafiestas de las componendas colombianas, se sacuden a tiempo la tentación de portarse como hinchas furibundos que saben lo que piensan antes de pensarlo, consiguen servirle un poco más al realismo que al derrotismo que tanto les conviene a los líderes perversos, insisten en el criterio de la solidaridad, hacen maromas para no caer en las trampas mortales de los políticos, capotean como mejor pueden los acercamientos de los poderosos, aspiran, en fin, a que sus jefes no sean los dueño de los medios sino sus lectores. 

 

Yo no quiero caer en superioridades morales, ni contribuir a esta violencia, ni debérmele a mi público –como un baladista– cuando escribo una columna. Yo no me quiero amargar, ni quiero perder de vista lo humano de tanto fijarme en las jugadas de los políticos. Pero tampoco me interesa entretener a nuestros gobernantes. Hace dos años ya, cuando aún reseñaba las películas de cartelera para la revista Semana, la animadora de una ceremonia de premiación me llamó al escenario de la siguiente manera ante un auditorio repleto de realizadores: "¡Y ahora, con ustedes, el hombre más odiado del cine colombiano!". Era una exageración. Era, de hecho, una mentira.: siempre hay alguien más odiado que usted o que yo. Pero, pensándolo bien, no estaría mal que un día lo presentaran a uno así ante una tribuna plagada de politiqueros. 

 

*Autor de once novelas, varios libros infantiles y –literalmente– cientos de columnas. Estas últimas han sido publicadas por Semana, El Tiempo, SoHo y El País de España. En agosto se lanzará una recopilación de sus artículos de opìnión titulada Historia de la locura en Colombia, Diez años de Marcha fúnebre en El Tiempo.
 
 

*Publicado en la edición impresa de julio de 2019.