25 de febrero del 2021
Pese al "cerco diplomático" promovido por el Gobierno Duque, el poder del chavismo se consolidó tras las elecciones legislativas de diciembre.
Fotografía tomada de www.kremlin.ru | Licencia Creative Commons
16 de Enero de 2021
Por:
Juan Carlos Pinzón Bueno*

¿Cómo pinta la diplomacia colombo-venezolana tras la posesión de Joe Biden en la Casa Blanca? Análisis para Revista Credencial del exembajador en Estados Unidos y exministro de Defensa. 

Colombia frente al régimen de Maduro en 2021

AGRADEZCO la generosidad de REVISTA CREDENCIAL, que me ha pedido hacer un análisis de la relación con Venezuela para 2021, un tema complejo que en ocasiones se intenta sobresimplificar. Por razones históricas, geográficas, culturales y de potencial económico, la relación con Venezuela es de la mayor importancia para nuestros países, somos hermanos siameses. Lamentablemente, el régimen de Maduro y Chávez ha actuado en contra de los colombianos y de los intereses de Colombia. Así mismo, ha decidido recorrer un camino en el siglo XXI totalmente diferente al de nuestro país, alejando a Venezuela de los valores de libertad individual y económica que caracterizan a las democracias modernas y que están reflejados en nuestra Constitución.
 
Este no es un asunto de gustos políticos, sino de hechos reales y verificables. Primero, dicho régimen ha permitido que grupos terroristas utilicen libre e impunemente el territorio de Venezuela como ‘santuario’, con control de vastos territorios y adquisición de propiedades, y que desde allí se planifiquen e incluso ejecuten atentados terroristas contra la infraestructura o la vida de ciudadanos colombianos. Segundo, ha facilitado el tránsito del narcotráfico, el oro y el coltán desde Colombia, y más recientemente preocupa la participación del régimen en estos negocios ilegales como fuente financiera para su sostenimiento. Tercero, ha autorizado incursiones de sus Fuerzas Armadas en territorio colombiano que han afectado los derechos de ciudadanos, y más grave aún buscando provocaciones fronterizas. Cuarto, en la primera década del siglo XXI invirtió gran cantidad de recursos en capacidades militares estratégicas con fines de superioridad militar, sumado a constantes ejercicios en donde se representa a Colombia como “el enemigo”. Quinto, ha desarrollado alianzas con agencias de inteligencia extranjeras, adelantando acciones de inteligencia humana y cibernética en Colombia. Sexto, ha apoyado a sectores extremistas colombianos en el marco de protestas, buscando desestabilizar el país, táctica similar a la empleada en otros países de la región. Séptimo, el empobrecimiento, la destrucción de las instituciones y la violación de derechos humanos deja hoy cerca de 1’800.000 refugiados venezolanos en Colombia, generando retos económicos, sociales y de seguridad. El éxodo es utilizado por el régimen como herramienta para evadir sus responsabilidades con la población, debilitar la oposición, y como instrumento para la infiltración de operativos de inteligencia.
 
El chavismo apoyó con fervor los diálogos y posteriores a acuerdos de La Habana como garantes de las Farc. No necesariamente por contribuir a una Colombia en paz, sino en favor de los intereses del régimen. Los acuerdos terminaron caracterizados por un alto grado de impunidad otorgado a las diferentes actividades criminales de las Farc, por el crecimiento del narcotráfico, y por la construcción de una nueva narrativa que evoluciona a ese grupo desde una organización narcoterrorista a la justificación de sus actos. Así entonces, el interés de Maduro fue salvar de la destrucción militar a quienes fueron considerados su “quinta columna”, y más importante aún, posicionar a los sectores de extrema izquierda (más allá de las Farc) que han sido sus aliados en situación de alcanzar el poder y así lograr lo que su estrategia de 7 puntos no ha logrado, a través de la misma democracia colombiana: imponer un gobierno afín a sus intereses o al menos uno que cogobierne con sus aliados. Esto no solo sería un logro para el régimen de Maduro, y por supuesto un desastre para la democracia colombiana, sino una gran derrota para los Estados Unidos a expensas de sus competidores extraregionales.
 
Hecha esta cruda descripción, el reto que tiene Colombia es determinar cómo alterar la situación de tensión y agresión permanente. Si bien es cierto que las prioridades de Colombia hoy están en la recuperación del empleo, en la lucha contra la pobreza, en derrotar al COVID-19, en el desarrollo social y de infraestructura de diversas zonas del país y en la recuperación de la seguridad, es inobjetable que la situación con Venezuela impide avanzar de forma efectiva en estos asuntos, y que afecta de forma creciente a los colombianos en su día a día, en todo el territorio. No es tan simple como ignorar el problema y pensar que, con ello, se pueden solucionar los retos internos.
 
Colombia intentó, al comienzo de la década, la estrategia de “mirar para otro lado y validar”. Esto, francamente, resultó en un dilema moral que facilitó la tragedia de violación creciente de derechos humanos en Venezuela, no resolvió nada para Colombia, terminó en tensiones e incluso permitió al régimen de Maduro avanzar en sus intenciones. En los últimos años se ha llevado a cabo una estrategia de presión diplomática internacional sin precedentes, en donde el Gobierno de Colombia ha jugado un papel protagónico a través del Grupo de Lima. Cerca de 50 democracias en el mundo han desconocido la legitimidad del régimen e incluso reconocieron a Juan Guaidó como presidente interino. Así mismo, la denuncia ante la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad viene avanzando. Aunque esta situación ha sido costosa para Maduro y lo ha puesto a la defensiva, en diciembre de 2020 se hicieron elecciones, desconocidas por la mayor parte de las democracias, pero en últimas, que le han permitido recuperar el control de la Asamblea Nacional. Lo cierto es que hoy, al comenzar este 2021, el régimen se mantiene, e incluso se ha fortalecido. Se ha consolidado la Dictadura Constitucional.
 
Los expertos en geopolítica vienen señalando que en los últimos 10 años ha llegado el fin de la unipolaridad en la que Estados Unidos marcaba el horizonte. La pandemia de 2020 dejará múltiples lecciones, pero no parece aventurado asegurar que los historiadores en el futuro afirmarán que fue el comienzo de una nueva era de “guerra fría” entre potencias que compiten por la influencia global, generando menos acuerdos a través de instituciones globales y más riesgos de conflictos.
 
Esto tiene incidencia en el continente, pues Rusia ha decidido estrechar vínculos militares y de inteligencia con Cuba, Venezuela y Nicaragua como una respuesta a la presión que siente en su propio vecindario por parte de la OTAN. Irán, bajo presión en su región por parte de Israel, Estados Unidos, Arabia Saudita y los Emiratos, viene adelantando un conflicto asimétrico que tiene escenarios de terrorismo y confrontación en Oriente Medio, pero que le ha granjeado alianzas globales incluyendo una plataforma para sus acciones desde Venezuela. El apoyo a grupos armados colombianos, la participación en negocios criminales y de lavado de activos, o la intención de una acción terrorista contra intereses occidentales similar a la ocurrida en Argentina hace unas décadas, evidencian hostilidad a los intereses colombianos. Y China, la gran potencia emergente en Asia, tiene una relación sofisticada y creciente en materia económica y comercial con países de la región. Con Colombia han crecido los intereses en grandes contratos como el Metro de Bogotá y el Regiotram de Occidente, entre otros, pero hasta ahora no se ha generado un trato más favorable en materia política-diplomática a los intereses de Colombia, y al contrario, dado el juego global, existe la impresión de privilegiar la relación con el régimen de Maduro.
 
 
La administración Trump, frente a la Venezuela de Maduro, optó por una retórica fuerte, así como por sanciones económicas adicionales, judicialización a figuras del régimen, incremento de recursos para apoyar a los refugiados, apoyo al Gobierno paralelo de Guaidó e impulsó más presión diplomática por parte de las democracias occidentales. Sin embargo, el régimen se atrincheró, aguantó y creó una dinámica aprovechando la geopolítica global que hoy lo tiene más consolidado que hace dos años. La llegada de Joe Biden al Gobierno en Estados Unidos implica una política basada en principios y valores, generará oportunidades y algunos cambios, en particular en la retórica agresiva que no ha resultado, ni está respaldada en un plan militar realista. Hace unos meses, Juan González –el asesor de Biden para el hemisferio occidental–, señaló que la nueva administración propenderá por una negociación diplomática con incentivos basados en “sanciones inteligentes” que conduzca a un cambio de gobierno con un restablecimiento de la democracia.
 

 
Fotografía de Gage Skidmore | Licencia Creative Commons 
Biden ha sido, es y será un gran amigo de Colombia, pero hay que reconocer que sus prioridades son domésticas dado el quiebre y desastre político que deja Trump, y estará enfocado en la pandemia y la economía. A nivel internacional, la recesión global, el cambio climático y la competencia geopolítica son preocupaciones mayores que limitarán sus esfuerzos en la región. Si bien es cierto que su posición frente a Venezuela y Cuba ha sido clara y firme en defensa de los valores democráticos y los derechos humanos y contra las actividades criminales del régimen, las acciones que tome frente a estos temas pasarán por los intereses en disputa en el escenario global, lo cual puede incluso controvertir los intereses de Colombia.
 
La mayor parte de esa competencia global creciente es económica, tecnológica y cibernética. Bien vale la pena preguntarse qué rol puede jugar un país como Colombia en ese escenario: ¿Profundizar su alianza con Estados Unidos? ¿Hacer un esfuerzo de integración regional para abordar esta situación con más fortaleza? ¿O buscar un camino con las potencias emergentes? Quizá, la respuesta es sí a todas las anteriores... En el caso del régimen de Maduro, es claro que se beneficia de la situación geopolítica global, y la aprovecha como escudo a la presión de Estados Unidos y las democracias europeas y latinoamericanas.
 
Colombia debe actuar con pragmatismo. Entender que sí son muchos los países que coinciden en la necesidad de un cambio y el regreso de la democracia a Venezuela, pero solamente Colombia esta bajo la situación amenazante diariamente. La administración Biden, sin duda, será el aliado más importante, porque nos unen lazos de fondo y principios con Estados Unidos. Además, la presencia de espías rusos y la idea de que otras agencias de inteligencia también actúan en el país buscando separar a Colombia de la esfera norteamericana crea un incentivo mutuo de defensa de la democracia colombiana como factor de estabilidad regional. No hay duda de que es necesario mirar el problema más allá de la frontera, de modo tal que se pueda interactuar diplomáticamente con otros jugadores globales que puedan incidir positivamente en cambios que beneficien los intereses del pueblo colombiano.
 
Para un mejor futuro, a Colombia le conviene un cambio de régimen en Venezuela, pero la pregunta es si se mantiene la estrategia actual o si es necesario implementar una diferente. El profesor John Lewis Gaddis de Yale establece que la “gran estrategia” debe balancear los medios con los objetivos, es decir que cuando se fijan grandes visiones con grandes objetivos sin los recursos que los materialicen, el resultado es el fracaso. Por su parte, el profesor Joseph Nye de Harvard deja claro que los estados fundamentan las relaciones internacionales en los valores morales que caracterizan las naciones, pero no es menos cierto que los intereses y las posibilidades implican actuar con realismo, en términos de la escuela del famoso Henry Kissinger.
 
En este sentido, el objetivo de cambio de régimen puede ser no alcanzable en las actuales circunstancias y se puede convertir en un fracaso para Colombia con riesgos adicionales al país. Quizá el objetivo más realista es un cambio de gobernante en un proceso democrático, que permita una convivencia distensionada y facilite conversaciones para resolver los problemas comunes en la frontera.
 
 
Todos los sectores en el país podrían coincidir en algunas acciones de interés nacional. Una conversación renovada con la administración Biden es una gran oportunidad para colocar a Colombia como factor de estabilidad y progreso en la región. El nuevo secretario de Estado, Tony Blinken, y el nuevo secretario de Asuntos para Veteranos, Denis McDonough, fueron claves en la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Colombia y en la creación del Dialogo Estratégico de Alto Nivel en Seguridad que profundizó la relación binacional en otros campos diferentes al narcotráfico, y en un análisis común de retos y riesgos en la región, con una sofisticación similar a la que ocurre con Australia, Japón, India, Corea del Sur, o Israel. Esta es una gran oportunidad para el país.
 
Pero es necesario desarrollar otras acciones. Entre ellas, elevar la presión diplomática frente a violaciones de derechos humanos en Venezuela. Promover una conferencia global sobre refugiados para atender a la población venezolana. Desarrollar una estrategia diplomática global que abra canales de conversación sobre el tema y más oportunidades comerciales y tecnológicas con China y Rusia. Fortalecer la presencia integral en la zona fronteriza: vías, programas sociales, etcétera. Crear beneficios de zonas económicas especiales a nuestras ciudades fronterizas. Ofrecer incentivos a inversión de venezolanos que creen empleo en Colombia. Golpear de manera decisiva estructuras criminales en toda la frontera y elevar los sistemas de vigilancia y control fronterizo. Incrementar inteligencia estratégica que niegue la penetración de intereses intervencionistas. Adquirir capacidades estratégicas disuasivas que garanticen la soberanía e independencia de Colombia.
 
Es muy importante que se entienda que este no es un asunto del Gobierno del presidente Duque, sino un tema con carácter de Estado, de interés de toda la nación y de preservación de nuestra democracia como la conocemos. Los problemas económicos y sociales que hoy nos aquejan, el narcotráfico y la criminalidad que hoy afectan a las ciudades, y la polarización política, de una u otra manera están influidos por cómo el régimen de Maduro y sus aliados adelantan sus esfuerzos en contra del país. No perdamos de vista que Colombia esta destinada a ser influyente y una potencia en esta parte del mundo. Nuestro país necesita recuperar el consenso en el manejo de las relaciones internacionales, que lleva roto una década. Nos conviene a todos.
 
 
* Economista. Embajador de Colombia en Estados Unidos 2015-
2017, Ministro de Defensa 2011-2015. Actualmente es presidente
de ProBogotá. Las opiniones aquí contenidas no comprometen a
ninguna institución, son exclusivas del autor.

Artículo publicado en la edición impresa de enero de 2021.