18 de octubre del 2019
Archivo particular
8 de Noviembre de 2016
Por:
Ana Catalina Baldrich

Tras una campaña llena de ataques y escándalos, Estados Unidos elegirá hoy al sucesor de Barack Obama. Y por primera vez no resultará ganador el más querido sino el menos odiado.

¿Clinton o Trump? Que entre el diablo y escoja

La carrera hacia la Casa Blanca ha estado llena de titulares escandalosos, de acusaciones y declaraciones poco correctas. Muchas de las informaciones se han centrado en las polémicas palabras de Donald Trump, mientras que otras han destacado las bondades de que una mujer consiga la Presidencia estadounidense.

Sin embargo, lo cierto es que tanto el candidato republicano como la aspirante demócrata tienen polvo bajo sus alfombras. Polvo que a diario alimenta los debates y análisis en torno a una campaña mediática y llena de estrategias en la que –aparentemente– vale más el estado de salud de los candidatos, su peinado y la amistad de sus hijas que las propuestas políticas.

Dieciocho años después de que el entonces presidente Bill Clinton le fuera infiel a la Primera Dama con la becaria Monica Lewinsky, atrás ha quedado la imagen de mujer abnegada que mantuvo con fortaleza y amor su matrimonio. Hoy Hillary Clinton despierta antipatía y sospechas entre una buena parte del electorado.

Uno de los temas en los que se han centrado las críticas en torno a Clinton es el posible tráfico de influencias a través de la fundación de la familia, una polémica avivada por el documental “Clinton Cash”, basado en el libro de Peter Schweizer. En este se enumeran varios casos en los que, supuestamente, Hillary Clinton, como secretaria de Estado, favoreció los intereses de los donantes de la fundación familiar.

Brian Mittendorf, investigador de finanzas de organizaciones sin ánimo de lucro y profesor de la Universidad de Ohio, le dijo a Revista Credencial que el escrutinio sobre la Fundación Clinton es comprensible. “Depender de una amplia variedad de donantes y participar en una amplia variedad de actividades, tanto en Estados Unidos como alrededor del mundo, la convierten en un blanco natural para examinar”.

Sin embargo, considera que muchas de las críticas reflejan un pobre entendimiento sobre cómo funciona la organización. “Lo que se pierde en gran parte de las críticas es que la organización está ocupada en programas ambiciosos que han dado lugar a éxitos claros tanto en Estados Unidos como en el mundo”.

Para explicar el funcionamiento de la Iniciativa Global Clinton, una de las ramas de la Fundación Clinton, Mittendorf compara su operación con el funcionamiento de Uber. “La iniciativa  realmente no provee financiación ni usa financiación, pero sirve para conectar a los proveedores de dinero con quienes lo necesitan. Como Uber, que no provee ni usa carros, pero conecta a los conductores con los pasajeros”.

Ante las críticas, que incluyeron editoriales en diarios como The Boston Globe, la Fundación anunció que, si Hillary llega a la Casa Blanca, dejará de recibir donaciones del extranjero, algo que analistas como Mittendorf consideran favorable. “Los programas que dependen de la  financiación internacional, o que tienen operación internacional, deberán separarse de la organización o terminar”.

 

En el mismo sentido se expresa Richard Painter, profesor de Derecho en la Universidad de Minnesota y abogado jefe de ética de la Casa Blanca entre 2005 y 2007, quien considera que, de convertirse en presidenta, Hillary deberá apartarse de la Fundación.

 

Una campaña complicada

 

Para Carlos Chirinos, editor político de Univisión Noticias, el consenso entre periodistas, observadores y analistas apunta a que estas son las elecciones más atípicas de las últimas décadas: una candidata mujer por primera vez en la Historia frente a un candidato figura de los negocios y el espectáculo.

“Hillary es una política de la élite de Washington y Trump es una persona de afuera; hablan de dos maneras completamente distintas, con declaraciones altisonantes, con poca sustancia propositiva a la hora de la verdad, pero con mensajes que se conectan con lo que piensa mucha gente”.

Considera que el uso de temas como los correos de Clinton, cuando se desempeñaba como secretaria de Estado, la Fundación y su estado de salud como puntos cuestionables era previsible.

Chirinos recuerda que los correos de Hillary se conocen desde que se abrió la investigación sobre el ataque terrorista al consulado estadounidense en Bengasi, en el que murió el embajador Christopher Stevens en 2012. Dichas pesquisas pusieron al descubierto que Clinton había usado un servidor privado para manejar sus correos del Departamento de Estado, algo que contravenía las normas de seguridad de las comunicaciones del Gobierno, por lo que, en su concepto, su uso en la contienda era de esperarse. “El segundo republicano en el Congreso, Kevin McCarthy, se ufanaba de que la popularidad de Hillary había padecido por la investigación de Bengasi y de que esa era la idea: hacerle daño a la imagen de Hillary, cuando todavía ni siquiera se lanzaba como candidata”, dice.

Algo similar, opina, ha ocurrido con la Fundación, sobre la que siempre se han registrado críticas. “Lo que ha trascendido son cosas que en apariencia lucen como actos indebidos, pero que tampoco han sido investigados a profundidad. Si hubiera existido un acto evidente de corrupción, de tráfico de influencias, con toda seguridad los republicanos en el Congreso habrían promovido una investigación”.

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Pero Clinton no se ha limitado a defenderse de los ataques en silencio. Recientemente aseguró que la mitad de los votantes de Donald Trump son deplorables y su campaña también ha echado mano de los “secretos” de su oponente.

“La campaña de Hillary también explota esos temas. Por ejemplo, la declaración de impuestos de Trump. Insisten en que sea presentada y que es un punto oscuro en la vida del magnate. La campaña de Hillary no promueve con la misma agresividad los escándalos en los que está involucrado Trump quizás, sobre todo, porque hay una prensa activa que investiga estas cosas. The New York Times y The Washington Post publican investigaciones y han presentado varios casos a los que Donald Trump debería dar alguna respuesta”.

Pese a esto, ni por los impuestos, ni por las investigaciones, ni por los correos, ni por las acusaciones de corrupción o tráfico de influencias hay investigaciones formales en contra de ninguno de los dos candidatos, tal y como lo asegura el profesor Painter: “Clinton tiene su incidente con el correo electrónico y Trump tiene un gran número de demandas en su contra. Pero hasta ahora no se ha pronunciado ni un tribunal ni el fiscal sobre si se han cometido graves violaciones a la legislación estadounidense. Lo mismo para Clinton”.

Desde la distancia, pareciera que los estadounidenses se enfrentan a la decisión de elegir al candidato menos malo. En Estados Unidos, Painter no se compromete con esta tesis, aunque afirma: “El problema con Trump es que su retórica y sus propuestas sugieren un modo autoritario de gobierno que nunca se ha visto en Estados Unidos. Sus puntos de vista de los mexicanos y los musulmanes, entre otros, son más extremos que cualquiera que hemos experimentado desde el surgimiento del Ku Klux Klan”.

Chirinos insiste en que por primera vez ambos candidatos cuentan con altos niveles de rechazo, y se aventura a pronosticar: “La gente no va a votar a favor de uno sino en contra del otro. El que reciba más votos por el rechazo al otro será el que gane”. Sorprendente para un país que se jacta de ser el más democrático del planeta.

 

*Publicado en la edición impresa de octubre de 2016