22 de febrero del 2020
Fotografías | Shutterstock
24 de Enero de 2020
Por:
Amira Abultaif Kadamani*

Una encuesta del Colegio Colombiano de Medicina revela que el 66% de los médicos en Colombia se siente emocionalmente exhausto; el 36% disminiudo en sus logros personales y el 59%, despersonalizado de su quehacer. Este explosivo coctel configura el síndrome de agotamiento profesional. 

Casa de herrero, azadón de palo

Germán Soto, un pediatra vinculado a la Clínica Colombia, en Bogotá, falleció en febrero de este año tras caer del noveno piso del edificio contiguo al centro asistencial. Como buen puericultor, promulgaba entre las familias de sus pacientes que el amor cura, pero quizá esa certeza no estaba suficientemente arraigada –corazón adentro– para evitar su suicidio, que dejó a dos hijas sin padre y a una prometida con la que se casaría en quince días.
 
Las circunstancias de su trágica muerte fueron mediáticas, pero su caso es uno de los pocos que llegan a conocerse, no solo porque el suicidio, en general, no es más que la punta del iceberg, sino también porque dentro del gremio médico en particular están aumentando fenómenos que pasan desapercibidos. Es el caso de la estigmatización social, la exigencia –impuesta por mano propia y por terceros–, la competitividad, la sobrecarga emocional, el agotamiento y el estrés crónicos. Todo ello, en conjunto, termina desencadenando trastornos mentales que ponen en jaque al individuo y a su entorno cercano, y podría llegar a repercutir seriamente en toda la cadena de atención.
 
Es una realidad alarmante que empieza a dejarse entrever. Un estudio presentado en 2018 en el Congreso de la Asociación Americana de Psiquiatría reveló que el riesgo de suicidio en médicos hombres es el doble que el de la población general, y si se trata de doctoras, puede llegar a ser hasta cuatro veces mayor. No en vano, cada día un galeno se suicida en Estados Unidos, la tasa más alta de cualquier profesión.
 
Sin entrar en aguas tan profundas pero con el interés de advertir el panorama en Colombia, el Colegio Médico Colombiano (cmc) realizó, entre mayo y junio pasados, una encuesta para estimar el síndrome de agotamiento profesional – conocido como burn out, en inglés–, que comparte signos y síntomas con la depresión y que puede concebirse como un estadio previo al suicidio. De los 6.665 médicos encuestados –57% mujeres y 43% hombres–, el 66% da señales positivas de padecer el síndrome, recientemente declarado por la Organización Mundial de la Salud como una patología que, en 2021, hará parte de la Clasificación Internacional de Enfermedades.
 
La encuesta, realizada virtualmente a través de una plataforma y convocada por el voz a voz, se basó en la Escala Maslach, la herramienta más usada en el mundo y validada internacionalmente para medir, a través de 22 preguntas, el grado de agotamiento emocional (cansancio físico, psíquico o ambos), la despersonalización (alteración de la percepción o experiencia de uno mismo, en la que uno se siente separado de sus procesos mentales o corporales y tiene actitudes cínicas hacia otros) y la reducción del logro personal (supone respuestas negativas hacia uno mismo o hacia el trabajo, relaciones evasivas, bajo rendimiento laboral e incapacidad de soportar la presión).
 
Por género, las mujeres tuvieron unos resultados significativamente mayores frente al total de los encuestados (70% siente cansancio emocional; 62%, despersonalización y 46%, falta de realización personal); por tipo de profesional (médico interno, rural, residente, general o especialista), los rurales son lo que más ‘quemados’ están (78%) y, por especialidad, los que puntúan más alto son los ginecólogos (47,3%), los internistas (45,2%) y los pediatras (43,6%).
 
Para el presidente del cmc, “estos indicadores son preocupantes y dan una idea de la tendencia” de una realidad con años a cuestas “que no es culpa de alguien en particular, sino de todo el sistema”. Los investigadores reconocen, sin embargo, que la Escala de Maslach tiene limitaciones, entre ellas, preguntas ambiguas con posibilidad de diversas interpretaciones. De ahí que este mecanismo sirva para tamizar, no para diagnosticar. Estos resultados, que son solo una foto del momento en que se aplicó la encuesta, deben pasar por el cedazo de una evaluación personalizada por parte de un psiquiatra, que es –hasta la fecha– el mejor examen posible para definir un diagnóstico mental y emocional (lo que se conoce como el gold standard).
 
“Uno de los problemas de esta escala es que la interpretación que permite es muy amplia porque los síntomas se traslapan, es decir, puede tratarse de un caso de burn out o de depresión, trastorno afectivo bipolar, ansiedad o duelo. Y uno de los problemas de la psiquiatría es que, a diferencia de otras especialidades, el gold standard es muy subjetivo y hay varios factores de confusión que pueden incidir en un diagnóstico”, explica el psiquiatra y médico laboral Felipe Villegas. Para él es crucial acoger estos resultados con pinzas, es decir, como un fenómeno real que necesita ser valorado caso a caso y medido con el rigor de la metodología científica.
 
En ese mismo sentido piensa Diego Rosselli, neurólogo y experto en epidemiología clínica y bioestadística: “Aunque la muestra de esta encuesta es amplia y suficiente, le veo un posible sesgo de representatividad: quienes suelen responder estas encuestas son las personas con más problemas, y lo hacen, justamente, para manifestar su malestar”.
 
 
Y el psiquiatra Rodrigo Córdoba agrega que estos indicadores de salud no pueden ser tomados como referencia epidemiológica. No obstante, todos coinciden en que los resultados son compatibles con lo que señala la literatura al respecto y lo que se vive en el interior del gremio.
 
Los médicos son, literalmente, vitales para una sociedad. Pero debajo de su noble labor se esconden seres humanos que sufren en silencio –mucho más de lo que  suponemos– por problemas de diversa índole, incluidos el aislamiento familiar y social, las presiones económicas, las condiciones laborales y el ejercicio en zonas de conflicto. Y si son mujeres, se añade el asumir el rol de madres y la menor recompensa social por su trabajo.
 
La Ley 100 cambió, desde 1993, la forma como se ejercía la profesión en cuanto a la autonomía médica y la formación en una especialidad. En nuestro país, los médicos deben pagar por especializarse, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de naciones –donde les pagan por ello–, y eso genera un alto nivel de endeudamiento que se suma a los costos del pregrado. El cmc encontró, por ejemplo, que la tasa de retorno efectiva de esa inversión es de 17 años para un egresado de una universidad pública y de 34 años para uno de una universidad privada, solo en el nivel de pregrado. La Ley del Residente, en la que se prevé un pago a estos médicos en formación y que empezará a regir en 2020, podría aliviar esa pesada carga económica y su consecuente repercusión en la salud mental de los médicos.
 
Más allá de las diferencias metodológicas y semánticas que esta encuesta suscita entre los expertos, lo cierto es que muchos profesionales están sufriendo y es perentorio crear políticas de prevención, tratamiento y rehabilitación, como lo advierte el psiquiatra Ariel Alarcón, uno de los líderes en Colombia en legitimar, visibilizar y combatir el burn out.
 
Por lo pronto, quizá las jornadas de socialización de la Política de Salud Mental, que según el Ministerio de Salud han llegado hasta el momento a más de 2.100 profesionales de la salud en seis departamentos, incidan en su propia conciencia para pedir ayuda cuando así lo requieran. A juicio de Córdoba, las facultades de medicina parecen estar más conscientes de que el soporte emocional es fundamental en el desarrollo de los futuros profesionales: “La tecnología irá reemplazando muchas tareas del médico, pero lo único que va a perdurar es el soporte emocional que brinden a sus pacientes. Es decir, los médicos podrán seguir diagnosticando u operando, apoyados cada vez más en máquinas, pero en últimas y de fondo lo que prevalecerá será su capacidad de tener empatía con el paciente, saber explicarle lo que tiene y tener compasión por él. La inteligencia socioemocional será su sustento”. ◆
 
* Periodista y escritora colombo-libanesa.
Ha trabajado para agencias periodísticas
internacionales, y como investigadora y
productora de documentales para Discovery
Channel, National Geographic y pbs.
 
 
*Artículo publicado en la edición impresa de noviembre de 2019.