23 de agosto del 2017
Archivo Particular
10 de Mayo de 2017
Por:
Enrique Serrano López

A propósito de la liberación de 82 niñas que permanecían en manos del grupo islamista, el secuestro y la violación sistemáticas de 276 jóvenes no musulmanas en Nigeria le mostraron al mundo el horror al que puede llegar un grupo terrorista con capacidad para convertir a África en un lugar aterrador.

Boko Haram, el terror que no cesa

Al parecer, cuando nació el grupo Boko Haram en Maiduguri, al nordeste de Nigeria –en el año 2002, en el que gobernaba todavía el carismático Olusegun Obasanjo– las intenciones de su líder Ustaz Muhammad Yusuf eran estrictamente religiosas y no iban más allá de un molesto impacto regional. “La vanidad es un pecado”, que es lo que traduce el nombre del grupo tomado del hausa y del árabe, era el único lema y sus propósitos fundamentalistas estaban dirigidos solo a la población musulmana del árido norte del país.

Su creador lo dirigió hasta el año 2009 y el grupo adquirió miles de militantes, armas y experiencia, hasta devenir poco a poco en una amenaza nacional en un país de más de 125 millones de habitantes y 250 etnias establecidas. El sucesor de Obasanjo, Yar Adwa, tuvo que reforzar y modernizar el ejército para combatir –sin mucho éxito– a las feroces milicias que infestaron a toda Nigeria con sus acciones sediciosas.

Pero, era fácil inferir que una guerrilla como esa no se conformaría con una influencia moderada en los asuntos de Estado ni en la repartición de los dividendos del petróleo, que suponen un ingreso cercano a los 40 mil millones de dólares por año. El nuevo líder del grupo, Boko Haram, el impetuoso e implacable Abu Bakar Shekau, le ha dado un giro extraordinario a la trascendencia del grupo hasta convertirlo en un desafío regional de toda África occidental, difícil de contener y combatir, y proclive a crecer hasta hacerse incontrolable.

Con el secuestro de las niñas de Chibok, que tiene al mundo en ascuas desde el 14 de abril pasado, 276 jóvenes no musulmanas de una escuela de Jibik fueron retenidas por la fuerza y violadas de forma sistemática para que el gobierno actual de Goodluck Johnatan libere a cientos de sus militantes presos. En efecto, la violación es un arma ritual para esta versión de los rebeldes islámicos del norte de Nigeria, que saben que el uso de este recurso hace que cunda el pánico en todas las regiones remotas y desprotegidas del país, y que las grandes ciudades cedan parte de su poder y riqueza a la ambición de Shekau y sus asesinos.

Nigeria –que participará en el próximo Mundial de Brasil– es prácticamente un Estado ingobernable en donde la diversidad étnica, la superpoblación y la precariedad de los recursos básicos para la supervivencia minan casi toda posibilidad real de prosperidad y paz, a pesar de ser el quinto exportador mundial de petróleo. Y, al igual que en Venezuela, la expectativa creada por ese río de divisas ha hecho que la improvisación, la corrupción y el despilfarro agraven la situación en un país plagado de conflictos tribales, paradojas económicas y contradicciones religiosas.    

La diversidad étnica en Nigeria ha hecho que el enfrentamiento sea moneda corriente cuando algún recurso importante brota del subsuelo o pasa a través del río Níger, que es la principal arteria del país. Cuatro grandes grupos étnicos han dominado la escena desde la llegada de los portugueses a finales del siglo XV y hasta la independencia que obtuvieron de Gran Bretaña en 1960. Los Yoruba y los Ibo en el sur, cristianos que se han desempeñado respectivamente como comerciantes y guerreros, han controlado la zona costera, selvática y lluviosa, en donde se encuentra la mayor parte de los pozos petroleros. Por su parte, los Hausa y los Fulani, musulmanes sunitas desde hace 500 años, dominan el norte semidesértico del país. Pero en cualquier parte otras muchas etnias se vuelven clientela de estos cuatro grupos, haciendo mucho más complejo el gobierno y más corrupta la administración.

Por tanto, es casi un milagro que el país no se haya desintegrado en los 54 años de guerras y dictaduras que ha tenido que sufrir. Y este es justamente el contexto en el que se inscribe la acción de Boko Haram. Lo más destacado del desafío impuesto al gobierno actual por tan pavorosa organización ha sido el incremento en el tráfico y uso de armas –provenientes de las potencias que hoy pretenden mediar y ganar protagonismo en pro de la paz–, el alistamiento de grandes contingentes de jóvenes militantes islámicos y la violación en masa de mujeres pertenecientes a grupos étnicos cristianos.

Como una suerte de vengadores musulmanes que asumen una versión radical y suicida de la lucha por el poder y el control regionales, sus militantes actúan con fiereza, a pesar del rechazo de la opinión pública en el corazón mismo de la nación nigeriana. Y nadie parece poder hacer nada para detenerlos o derrotarlos. El gobierno se halla al borde del colapso y las tensiones que lo circundan sugieren, según los expertos, que la pérdida de confianza y la infiltración de terroristas en todas las esferas gubernamentales podrían precipitar la caída del actual régimen y conducir al país a una dictadura similar a la de Sani Abacha en los años noventa, o a un caos irremediable y prolongado.

Las organizaciones y organismos internacionales tienden a propiciar una nueva intervención en vista de lo mortíferas que han resultado las incursiones de Boko Haram y de los cientos de miles de víctimas que podrían generar sus acciones en caso de alcanzar un mayor control regional. Una improvisada cumbre de líderes africanos –así como el presidente François Hollande– han declarado por estos días la “guerra frontal” a Boko Haram, pero todavía no se sabe cómo podría llevarse a efecto la cooperación militar ni hay garantía alguna de que la lucha pueda tener efectos rápidos, y de que la población civil pueda ponerse al margen de la confrontación. Al contrario, este llamado a la guerra puede suscitar una escalada de nuevos atentados y secuestros en otras zonas del país, e incluso podría permear las fronteras.

La dirigencia del grupo ha manifestado varias veces su intención de intervenir en el proceso educativo de los jóvenes nigerianos, que considera corrupto por acción de los valores occidentales introducidos por los británicos desde mediados del siglo XIX, así como por la influencia norteamericana reciente. Con ello, Shekau desconoce abiertamente al presidente y a su gobierno, y la solidaridad que el mundo le ofrece lo conmina a buscar golpear con más fuerza a humildes grupos de la sociedad nigeriana, como los del secuestro de Chibok. La crisis está llevando al gobierno de Goodluck Johnatan al desarraigo y a la desesperación.

En efecto, y a pesar de lo improvisado e irregular que es el grupo Boko Haram, y de no contar con un entrenamiento sofisticado, ni con armas de poder excepcional, su paso avasallante por campos y ciudades ha infundido verdadero pánico entre millones de pobladores humildes e inermes, y la respuesta del Estado ha sido casi siempre tardía, insuficiente y descoordinada.

Llama la atención en este caso el hecho de que el gobierno francés se involucre tan directamente en el conflicto armado nigeriano, porque este país no figuraba tradicionalmente dentro de las prioridades francesas en África occidental, en donde ya ha intervenido anteriormente con tropas, asesores y expertos militares. Puede ser debido al “efecto de contagio” que tienen en ese continente los muchos conflictos internos y por la informalidad con que se mueven terroristas y milicianos a través de fronteras de muchos países, que el gobierno francés juzga urgente responder con energía al reto planteado por Boko Haram y sus redes.

El misterio de Boko Haram, sus motivaciones y métodos, no ha sido develado aún, y la ausencia de verdaderas respuestas al enigma amenaza con convertir de nuevo a África en el más inestable y peligroso de todos los ejes de acción ilegal en el mundo.    

 

 

 

*Publicado en la edición impresa de julio de 2014.