15 de octubre del 2018
Fotografía | Gustavo Martínez
10 de Enero de 2018
Por:
Ana Catalina Baldrich

Los pescadores artesanales del municipio de Nuquí, en Chocó, han modificado sus tradiciones para aprovechar las bonanzas sin afectar el medio ambiente. 

TAGS: Actualidad

Abundancia responsable

A las 5 de la mañana el silencio de las calles del barrio Miraflores, del municipio de Nuquí, se interrumpe con el sonido de voces que piden pargo, champeta y sierra. Miraflores es el barrio de los pescadores, y la algarabía guía hasta la orilla del río Nuquí. Allí, al pie de una lancha, con cuchillo y balanza en manos, están los hermanos Hurtado, Híner y Heiner, que cortan y pesan, mientras que Valentín Barriga, un hombre de 73 años, atiende pedidos y organiza despachos.

 

Híner ingresó tarde al mundo de la pesca. Tenía 15 años cuando Heiner, se hermano menor, le enseñó. Héiner aprendió el oficio mientras Híner  estudiaba en un colegio del corregimiento de El Valle en Bahía Solano. Según Valentín, los niños que se crían en el municipio comienzan a pescar desde muy pequeños. Tal y como lo hizo él, cuando tenía 8 años. “De 73 años que tengo, llevo pescando como 65 años. Me enseñó mi papito. Y cuando él enfermó, a mí me tocó meterme a la pesca para poder darle de comer a los muchachitos más pequeños. Éramos seis hermanos. Así me fui acostumbrando”.

 

Pero en la década de los cincuenta ni el oficio ni la dinámica se parecían a la cotidianidad actual. Se pescaba para el consumo doméstico, no para vender; predominaba el uso de la malla, no del anzuelo, y especies como la tintorera –o tiburón azul– eran un reto para el pescador y no estaban en riesgo de extinción. “La tintorera puede ser más grande que esta canoa. Si cae es por casualidad, no es una especie que en este momento queramos pescar. Un día yo iba con un hermano y, al verla, solté el anzuelo. Si no lo hacía, me llevaba al fondo del mar. Es muy fuerte y veloz”, recuerda Valentín.

 

Para 2002, cuando Heiner tenía 7 años, aunque la pesca artesanal se guiaba por las tradiciones de los mayores, el mercado ya había cambiado. “Yo vivía con un tío que era pescador. Le pilotaba la lancha con el remo, mientras él iba echando su espinel. Cuando salí a pescar por primera vez solo, cogí una canasta completa. La vendí y me la gasté en bolis con pan”. Hoy Valentín, Híner y Heiner, al igual que la gran mayoría de los cerca de 400 pescadores que viven en la cabecera municipal de Nuquí, practican las tradiciones de manera responsable y rentable.

 

De la malla a la línea y el espinel

 

Gerardo Ortiz es dueño de Fish Mare, una comercializadora de pescado con sede en Nuquí que ha recibido apoyo de la Fundación MarViva y de la Agencia para el Desarrollo estadounidense Usaid para fortalecer administrativamente la empresa, a cambio de su compromiso de realizar prácticas responsables: comercializar y comprar especies que sean capturadas con artes amigables con los fondos marinos, que dichas especies no estén amenazadas ni por debajo de la talla media de madurez sexual, y pagar un precio justo a los pescadores por sus productos.

 

Laura Rivera, gerente de Mercados Responsables de la Fundación MarViva, con presencia en Colombia, Costa Rica y Panamá, dice que la malla es un arte poco selectiva, de ahí que la organización recomiende a los pescadores de Nuquí usar anzuelos, bien sea en línea de mano, en el que se usa un nailon que se suelta de un carrete, o espinel, una canasta que se llena con muchos anzuelos con carnada. “Es mucho más selectiva la línea de mano porque el pescador ve la especie que está capturando y, si no le sirve, puede regresarla al mar viva”.

 

Luego de vender todo su pescado, cerca de las 6:30 de la mañana, Heiner, Híner y Valentín regresan al mar en busca de plumuda, un pez pequeño que, según ellos, le encanta a la champeta, el producto estrella en la zona. Dicen que si el Sol sube mucho en el horizonte la plumuda escasea. Por eso, una vez se deja el río Nuquí para ingresar en las aguas del océano Pacífico en el golfo de Tribugá, abundan las lanchas de quienes, como ellos, salen en busca del cardumen para la faena que iniciará a las 5 de la tarde.

 

Reconocen que cuando se ve la ‘mancha de peces’ bajo el agua, lo más fácil sería lanzar una malla para capturarlos. Sin embargo, esa facilidad momentánea les puede afectar la abundancia que agradecen. “Acá tuvimos una escasez de ese señor llamado pescado. Uff… a veces hay escasez cuando hay mucho invierno y la malla hace daño”, dice Híner mientras amarra cinco anzuelos en un nailon que luego lanza, sin carnada, a la espera de que la plumuda pique.

 

A fuerza de charlas y capacitación, el trabajo de Gerardo, la Fundación MarViva y la Alcaldía han logrado que los pescadores cuiden el ecosistema y además la calidad del producto. “El proceso empezó en 2010 ─dice Rivera- y paulatinamente se ha cambiado la malla por el anzuelo. Todavía existen algunos malleros y con ellos seguimos trabajando con programas de sustitución del arte”.

 

Peces para todos

 

Híner, Heiner y Valentín sacan cuentas. Restan los gastos de la gasolina, el hielo, los anzuelos y el nailon. Lo que queda se divide en tres partes iguales. “Cuando capturamos mucho, vendemos a la comercializadora, pero cuando tenemos poco, como esta mañana, lo vendemos a la gente del pueblo”. Para los pescadores el recurso es de todos, por eso no lamentan la competencia e incluso regalan pescado a quienes no tienen dinero. Ellos cobran 4.000 pesos por una libra de champeta y 4.500 por una de sierra, un precio que consideran exagerado ante la abundancia que les ofrece el mar y que les permite un buen sustento.

 

“A veces trabajo en construcción ─dice Híner─, pero me dan ganas de venirme a pescar. Es verdad que se aprende bacano, pero es que ganarme 30.000 pesos después de estar todo el santo día, con ese sol, tirando pica y pala, mientras que vengo acá una noche y me hago 100.000 o 200.000 pesos y me relajo. Cuando usted se va a una faena de 20 días se hace, por ejemplo, $ 1.500.000. Uno se siente contento. Pero en construcción, ¿cuándo se hace uno eso?”.

 

Gerardo Ortiz trabaja con 40 pescadores que, aunque no están obligados a vender toda su faena a la comercializadora, suelen hacerlo ante las ventajas y precios de compra que se les ofrece. “Se les dan facilidades para la captura, como el hielo, para que el pescado cumpla con los estándares de calidad, y se les subsidia la gasolina”. Estos beneficios también los obtienen pescadores independientes como Híner, Heiner y Valentín cuando deciden venderle a él, siempre y cuando cumplan con las buenas prácticas de pesca.

 

Las exigencias de Gerardo no solo obedecen al deseo de cumplir sus compromisos sino porque así el negocio llega más lejos. “Creamos unos microcentros de acopio en los corregimientos de Jurubirá y en Arusí. De allí se trae el pescado a Nuquí. En una temporada normal recibimos hasta 200 kilos diarios. En Nuquí se puede quedar alrededor del 40% del producto, y el resto se va para Bogotá, Medellín o Quibdó”.

 

Estudios que demuestran, por ejemplo, que un 30% de especies marinas están en peligro de extinción han despertado el interés de las empresas para garantizar la sostenibilidad de un recurso vital para su negocio. De ahí que la Fundación MarViva decidiera crear una línea de mercado responsable, que vincula a los pescadores con clientes corporativos responsables. En Colombia, los aliados en esta estrategia son Wok, un restaurante de comida oriental que trabaja con la red de frío, que reúne a pescadores artesanales de Bahía Solano, y Takami, un grupo de once restaurantes, que se abastece de los productos de Fish Mare.

 

“Los precios van de acuerdo con la especie ─dice Gerardo─. La que menos valor tiene para Bogotá, cuesta 16.000 pesos el kilo; la más cara, 21.000 pesos. De eso, al pescador le quedan 10.000 pesos, el transporte de avión se queda con 4.700 pesos, el acopiador se queda con 1.500 pesos, el embalaje para Bogotá cuesta $ 2.000. El que recibe más es el vendedor final y es el que menos riesgo asume en toda la cadena”. Sin embargo, como los pescadores, considera que el precio es justo. Según él, el pescador de Nuquí gana más que cualquier otro profesional del municipio.

 

La relación entre Fish Mare y Takami comenzó en 2012. Juliana Lugo, coordinadora de sostenibilidad de Takami, dice que Central Cevichería y 80 Sillas, dos de sus restaurantes, consumen el 80% de las cuatro toneladas de pescado que compran en promedio cada mes, y están certificados con el sello de comercialización responsable. De ahí que sus proveedores solo sean pescadores artesanales de Nuquí, Bahía Solano, Buenaventura, Tumaco y el litoral de San Juan en el sur de Chocó. “El proveedor nos tiene que garantizar con documentación las artes de pesca utilizadas, el lugar de captura, que no sea en zona protegida, y la calidad del producto. Necesitamos tener la certeza de que desde el origen el producto ha tenido un muy buen trato”.

 

Sin embargo, según Lugo, esto en el caso de Nuquí no se ha cumplido en su totalidad. Por ejemplo, desde mayo de este año la comercializadora Fish Mare no envía pescado. “Nos dicen que no hay energía, que no hay pescadores, que llueve mucho, que se acabó el hielo. Es un tema difícil, el último envío no cumplió con la calidad. Nuquí está en proceso, pero todavía le falta mucho”.

 

El dueño de Fish Mare reconoce estos problemas y asegura que todavía deben trabajar para que los pescadores entiendan la importancia de no interrumpir la cadena de frío. “En eso estamos quedados porque todavía hay pescadores a los que les da pereza buscar hielo”. Sin embargo, también se queja del sistema de pago de las empresas, que en algunos casos les implica esperar entre 30 y 45 días para recibir el dinero, mientras él debe cancelar contra entrega a los pescadores. Y explica que en la temporada de ballenas y de fuertes lluvias el nivel de pesca disminuye.

 

Primero Nuquí

 

Gerardo dice que los nuquiceños siempre tendrán la prioridad, por eso prefiere satisfacer la demanda local, antes que despachar para la capital. En Nuquí hay quienes desayunan, almuerzan y comen pescado los 365 días del año. Tal y como lo hace Policarpa Gamboa, cocinera y dueña del Restaurante La Pola, quien dice comprar hasta dos millones de pesos de pescado en un solo día. “Yo vendo ─dice Policarpa─ más de 100 libras de pescado diarios en mis preparaciones. Lo demás lo congelo, y cuando tengo mucho vendo a clientes en Bogotá, Medellín y Quibdó”.

 

El restaurante de Policarpa ha crecido a la par que el negocio pesquero en Nuquí, por lo que ella celebra que ahora el oficio mantenga los secretos tradicionales pero apunte a la responsabilidad. Y a pesar de que se lo han propuesto, ante el éxito que tiene su restaurante en el pueblo se niega a emigrar. “Prefiero quedarme en Nuquí. Soy nativa y el territorio me facilita el pescado fresco. Al país le falta valorar la comida del Chocó, que es orgánica y natural”.

 

Así, con errores y aciertos, poco a poco los adultos de Nuquí intentan cambiar las costumbres de antaño para abrir camino a las prácticas modernas, mientras escuchan el clamor de los niños del pueblo para que perdure la abundancia: “Protejamos y cuidemos la madre naturaleza para que sigan llegando las viajeras sin maletas”. 

 

 

*Publicado en la edición impresa de noviembre de 2017.