22 de febrero del 2020
Ilustraciones | Juan Gaviria
28 de Enero de 2020
Por:
Ricardo Silva Romero*

En esta defensa del tarot y la astrología, Ricardo Silva Romero nos invita a asomarnos por dos ventanas diferentes. Una de ellas mira hacia un pasado en el que brilla, intacta, una serie de recuerdos personales del escritor. La otra, orientada hacia el futuro, devela lo que nos depara este año que comienza, según esas misteriosas maneras de ver el mundo. 

2020

Temo a este 2020 porque temo a los años bisiestos como a las mariposas negras. “Año bisiesto,
año siniestro”, decía la gente de antes, santiguándose una y otra vez, porque creía que agregarle un día a febrero era agregarle un día al mes romano de los muertos y de los duelos. Se les llamaba “hijos bisiestos” a los pobres niños nacidos en esos 366 días. Se temía en serio a su maldad. Pero el miedo que yo tengo tiene que ver con reveses, con tragedias, con terremotos que sucedieron en mi familia en 1976, en 1988, en 1992, en 1996, en 2004. Y, sobre todo, tiene que ver con las bofetadas y con las desgracias que nos trajo aquel 2016 maldito –Fuck 2016– que no ha querido terminarse: seguimos en vilo, seguimos boquiabiertos ante la era de Trump, seguimos reclamando en las calles, tal como empezamos a hacerlo tras la apretada victoria del No en el plebiscito, el fin de esta violencia nuestra.
 
Y yo sigo viviendo con la muerte de mi papá, desde la noche de ese lunes 30 de mayo del tal 2016, como viviendo con una fantasmal enfermedad de los huesos, con una fibromialgia: “Mi papá había creado una especie de paraguas que era un refugio para todos”, decía una hija, el otro día, en un documental que me vi en una madrugada de insomnio “y desde el día de su partida no ha parado de llover”.
 
Por supuesto, mi papá, Eduardo, que era un físico comprometido con la ciencia pero también un lúcido lector de la mano, de la letra y del tarot, desconfiaba de los años bisiestos como de los desconocidos sonrientes. Si estuviera aquí, diría: “este 2020 va a ser raro”. Pero se negaría a echarle las cartas al año, porque sí, hay años que se lo van tragando todo a su paso como monstruos del fin de los tiempos, pero cada quien vive su propia odisea según su edad, su lugar en el mundo, su personaje irrepetible. Por estos primeros días de enero mi papá estaría leyéndonos los arcanos mayores y los arcanos menores a los miembros de esta familia de pocos. A su modo, con humor y con agudeza, andaría advirtiéndonos el fin de las dificultades: “Es un momento de mucha impulsividad”, “Hay pensamientos inconvenientes”, “Habrá buena fortuna”, me leyó a mí –y, como siempre, lo anoté– veintitrés días antes de su muerte.
 
Y es clarísimo para mí que a todos nos pasará el mismo 2020, con sus titulares y sus climas y sus movimientos planetarios, pero cada quien habrá de lidiarlo a su manera, cada quien hará del drama universal su comedia o su tragedia.
 
Creo en todo. Creo en todo “por si acaso” porque crecí en una casa en la que el tarot no era un enigma, sino una sesión de terapia. Vi un cenicero elevarse. Vi un atado de brujería en una mata en la esquina del comedor. Vi una lámpara caerse de pronto, ¡tras!, sin ninguna razón aparente: para acusar recibo de una muerte. He estado cara a cara con un médium que simplemente lo mira a uno para saber lo que le espera, con un atinado descifrador del péndulo que empezó a ver lo invisible desde que era un niño a punto de volverse seminarista, con un vidente que empieza sus oraciones “señor todoporoso” en una especie de caverna, con una gitana que según la tarifa halla fortunas o desgracias en la palma de la mano, con un vidente de cachucha que no titubea, con una entrañable lectora de la taza del chocolate, con una perspicaz intérprete del tarot egipcio  que me dio un par de consejos que me salvaron de vivir una vida menos mía, con una espiritista que solía reconocer que todo se lo susurraban los ángeles.
 
De sesión de tarot en sesión de tarot, no solo me he enterado de cosas mías que de otro modo no habría podido recordar ni articular –de dramas que el psicoanálisis, por ejemplo, no me habría recomendado dejar en paz–, sino que, sobre todo, he hecho verdaderos amigos: la politóloga tarotista Catalina Gómez, por ejemplo, se me ha vuelto tan cercana que me ha ayudado a retratar a los personajes reales de un par de libros que he escrito. Qué raro es, para mí, que alguien no crea en esto. Si estamos hablando de un recurso de principios del siglo xv, cuando el mundo era sabio, para sentirse un poco más cerca del misterio. Si Napoleón lo consultaba para que alguien le llevara la contraria. Si –como advertía Jung– se trata de valerse de arquetipos para llegar a uno mismo. Y puede uno tomárselo con calma, mucho más del lado del autoanálisis que del lado de la adivinación, sin pedirle fechas ni trucos ni ajustes de cuentas.
 
Cuando mi papá murió, y nos quedamos sin él y sin su tarot de Marsella, y empezó la lluvia y empezó el efecto dominó hasta alcanzar niveles cómicos que ya comentaremos otro día, luego de una serie de coincidencias –de aquellas que parecen escritas– todo empezó a conspirar a nuestro favor y mi esposa y yo empezamos a dar con astrólogas particularmente serias. Ya habíamos conocido un par muy atinado, muy sagaz. Pero nada como la gente que nos encontramos de pura suerte, desde ese 2016, en la necesidad de encajar los golpes, de entender la trama general para llevar con buen espíritu la trama propia: la arquitecta astróloga Diana Ramírez, por ejemplo, nos ha explicado, por fin, por qué se puede ser un Leo que no quiere mandar o por qué se ha estado sintiendo que la humanidad está doblando una esquina: que estos son los últimos años de estos tiempos. Qué raro es, para mí, que alguien no crea en esto. Si las primeras civilizaciones, de Babilonia a Egipto, sospecharon tanto la relación de lo invisible con lo visible como la relación de lo celeste con lo terrestre. Si los ciclos lunares empezaron a estudiarse hace 25.000 años.
 
Pregunto a Diana Ramírez por qué le temo tanto a 2020: ¿porque no lo conozco?, ¿porque es bisiesto?, ¿porque ella nos advirtió alguna vez que sería un año estremecedor, definitivo?, ¿porque cualquier persona con un poco de intuición, y tiempo para enterarse de que el planeta de Putin está patas arriba, puede imaginar que todo lo que empezó en 2016 va a dar acá? No. Porque en esta historia humana de ciclos y espirales y bucles –me dice Diana– se está volviendo a vivir en la Tierra un remezón que sucedió por última vez hace quinientos años. Arriba, en el cielo, se está dando la conjunción de Plutón, el Nodo Sur y Saturno en Capricornio. Y entonces abajo, en todos los países que uno se sepa, están cayéndose las viejas estructuras como emperadores de traje invisible.
 
El poder no es ni va a ser ya lo que era. Dicen los astros –me dice Diana– que, en medio de las manifestaciones que están rompiéndolo todo en todos los sentidos, los políticos, los empresarios, los tecnócratas, los jefes abusadores, los dirigentes, los curas, los jerarcas del siglo xx van a tener que olvidarse de sus excesos, de sus hombros encogidos ante las desigualdades: “Así es la vida…”. Dicen los astros que mientras tanto, de puertas para adentro, cada uno de nosotros va a tener que dejar atrás lo que lo contuvo, lo protegió, lo nutrió, lo cobijó todo este tiempo: de alguna casa habrá que irse, de algún trabajo habrá que marcharse, sea uno del signo que sea, porque está a punto de comenzar un nuevo orden y también en lo personal una monarquía tendrá que ser destronada.
 
Es que 2020, el año de la visión perfecta, va a comenzar con un par de eclipses que van a removerlo a todo: el pasado por fin va a ser el pasado, señoras y señores, y ya nada estará oculto bajo el sol. Y la era de Acuario, la era que se ha estado anhelando desde las noches felices de los años sesenta, finalmente se verá en el horizonte, y por fin será claro que todos somos uno porque estamos en el mismo barco en crisis –y que, “ya que a la larga somos una sola mente a escala planetaria y solar”, es hora de pasar de la inteligencia personal a la inteligencia vincular–, pero que cada individuo tiene una historia por cumplir que afecta y va a afectar lo colectivo. Cada cual tendrá que barrer la puerta de su casa si le interesa vivir en un barrio limpio, si le interesa estar a la altura de los tiempos de la transparencia.
 
¿Políticos que no entienden a sus sociedades? ¿Empresarios que se niegan a pagar un poco más de impuestos? ¿Curas que se resisten a reconocer que se acabaron los días de los abusos? ¿Militares que quieren resultados a toda costa? ¿Famosos que no hacen filas para sacar plata del cajero? ¿Tiranitos que asolan cuadras, pueblos, naciones porque tienen las armas de  su lado? ¿Machistas que horadan, socavan, violentan a las mujeres? Vendrán, al fin, los tiempos duros para ellos. Hará bien todo aquel que tanto en lo público como en lo privado caiga en cuenta de que estamos viviendo un punto de giro en el drama de la historia humana. Hará bien quien asuma el cambio en su pequeñísima vida, la suya o la mía, porque también es sabido desde el principio de los tiempos que a algo se viene acá y todo pasa por algo y para algo en este mundo.
 
Diana me dice que el 2020 va a ser un año único en el milenio porque veremos claramente quiénes hemos sido, quiénes somos. Recobraremos el dolor, la vergüenza y la compasión si nos tomamos a pecho la sacudida. Dejaremos de hacernos los pendejos con el horror. Será un año durísimo de desengaños, como el fin de una novela de iniciación universal, pero entonces será una oportunidad para volverse adulto. Qué raro es, para mí, que alguien no se esté alistando como cuando está empezando una montaña rusa. Sí, claro, la Ilustración nos enseñó a ridiculizar “el ocultismo” y el aplastante catolicismo colombiano nos creó un temor infernal a todas estas “cosas esotéricas”, pero no parece sensato sufrir ni lo uno ni lo otro: los académicos, tarde o temprano, resultan de acuerdo con sus censores y los católicos no se habían sentido en paz con las mujeres sino hasta hace muy poco. 
 
Si mi papá estuviera vivo, que vaya uno a saber si cada vez lo está más, no estaría viviendo dilemas de científico al respecto: estaría atento como jugando un juego porque quien sepa jugar este año va a poder empezar otro capítulo. Feliz año, queridos lectores, en el peor de los casos llegaremos juntos a diciembre. ◆ 
 
* Autor de once novelas, varios libros infantiles y
– literalmente– miles de columnas. Estas últimas han
sido publicadas por Semana, El Tiempo, SoHo y El País
de España.
 
Texto publicado en la edición impresa de enero de 2020.