25 de febrero del 2021
Ilustraciones | JUAN GAVIRIA @juangavir
20 de Enero de 2021
Por:
Ricardo Silva Romero

Hace justo un año, Ricardo Silva Romero publicó aquí lo que resultó siendo un vaticinio sobre el 2020 que apenas comenzaba. A continuación, la reflexión del escritor sobre los doce meses que tenemos por delante.

2021

UNA NUEVA ÉPOCA: empezaría por el principio, “¡feliz año a diestra y siniestra!”, pero este 2021 viene de muy lejos y quién sabe a dónde irá a parar. Dicho de otro modo, antes de que se preocupe hasta el último lector de este texto sobre el horizonte que está comenzando, ocurre que en estos momentos no estamos viviendo doce meses más, sino acostumbrándonos a una época que es preciso descifrar: como han estado señalando los astrólogos que leen entre líneas, empezando por la misma Diana Ramírez con la que escribí y publiqué aquí mismo un artículo sobre 2020, este enero no va a ser una tregua soleada en la que podremos caminar por ahí como divagando en público y como reuniendo las principales estadísticas de la propia vida, y en cambio va a ponerse en marcha una montaña rusa que será mucho menos dura para aquellos que no se resistan a sus vaivenes.
 
En los últimos años y los últimos meses poco a poco se nos han estado cayendo los jerarcas de los siglos pasados, los abusadores uniformados, los políticos que nos desconocen y los gerentes que eran los dueños manilargos de nuestros destinos –y que en Colombia nos redujeron a sapos y lagartos–, para que no roguemos de rodillas, sino que reclamemos mirando a los ojos; para que no esperemos las caridades que conceden los señores feudales, sino las solidaridades que han solido impedir sin sonrojos ni escrúpulos, pero que no podrán seguir impidiendo si la idea es sobreaguar. Se nos ha estado abriendo un mundo nuevo más firme e íntimo de lo que parece, un mundo de reuniones y clases y encuentros y conexiones y respaldos virtuales, para que demos con nuevos modos de ser humanos. Se nos ha estado preguntando si queremos seguir yendo al despeñadero ambiental, y seguir despilfarrándolo todo en la explotación de un planeta que ya no da más, y está por verse si vamos a ser capaces de honrar lo ajeno y de convivir con los demás: con lo demás. 
 
Me decía un amigo el otro día que temía de verdad a caer en estos temas, en las lecturas del tarot o en la interpretaciones de los mapas astrales, porque se sentía cediéndole la cordura al pensamiento mágico. Yo lo entiendo bien, claro, pues la “deformación profesional” de alguien que escribe ficciones –como yo– es sospechar que casi todo el mundo tiene la razón, pero en mi defensa, o sea en la defensa de esta persona que desde niño ha creído en lo que le pongan por delante, me lancé a decirle a él que en este caso no se trata de pensamiento mágico, sino de pensamiento dramático: en el género enorme del drama cada uno de los hechos y de los personajes tienden a suceder por algo y para algo, y la fe detrás de aquella estructura en tres actos –la estructura “principio, medio y fin” que se nos enseña en el colegio– es la fe en que si la transformación humana se da en la ficción es porque también puede darse y se ha dado allá afuera.
 
Quizás sonó peor eso último que dije, todavía más esotérico e invisible, pues cuando le noté la cara de decepción me vi obligado a insistirle a mi amigo que en cualquier caso no había que creer en lo invisible para darse cuenta de que los embates de 2020 –la pandemia, la pobreza, la violencia, la locura, el autoritarismo, el fundamentalismo– tendrían que probarles a los países del siglo XXI que no eran embelecos de oenegés ni eran caprichos de progresistas los llamados a enfrentar el cambio climático; a montar sistemas de salud sobre la base de la prevención; a desempolvar la solidaridad como eje de las sociedades de ahora; a desmontar a fuerza de terapias la cultura de la aniquilación; a asumir la responsabilidad estatal en un conflicto armado que no cesa, y a defender la democracia de los embates de los politicastros gansteriles, los populistas, que se hacen pasar por “uno más” de los ciudadanos descorazonados y traicionados por una clase política que ha sido especialmente hábil para postergar los cambios de fondo. 
 
Estamos viviendo un pulso que empezó en 2016, le dije a mi amigo, convertido, yo, en un profeta de café virtual, y no estábamos dándole inicio a un año, sino tratando de estar a la altura de una época. Resulta absurdo que para redescubrir semejantes obviedades, como por ejemplo que no se vive por años sino por épocas, y que no solo se vive en la cabeza sino en el mundo, haya tenido que suceder semejante catástrofe. Pero así fue: así es.
 
TOMAR LAS RIENDAS DE UNO MISMO: si desde las gafas astrológicas se definía el año pasado como el año en el que iban a caer las viejas estructuras e íbamos a notar que éramos tripulantes del mismo barco –el año, en fin, del “emperador desnudo” adentro y afuera de la casa–, este 2021 que suena a novela distópica podría resumirse como el punto exacto en el que, ante semejante horizonte tan nuevo, ante semejante incertidumbre nunca vista, es necesario tomar las riendas de la propia vida. Pero quitémonos de encima los planetas, si se quiere, como podemos quitarnos cualquier lente con el que queramos acercarnos a los fenómenos que se dan en la Tierra: ¿luego de las estadísticas abrumadoras, de las cifras incontestables de contagios, de incendios, de damnificados por los desastres ambientales, de masacres, de feminicidios, de asesinatos de firmantes de paz, de crímenes de líderes sociales, no es claro que dentro de muy poco la especie entera tendrá que transformarse o el mundo no será?
 
¿No es obvio que durante demasiado tiempo pudimos portarnos como hijos que no tenían la culpa de nada, y despilfarrar la Tierra, y se nos ha llegado el tiempo de portarnos como los padres que no pueden delegarle a nadie sus responsabilidades? ¿No fueron más innegables que nunca la violencia y la pobreza, la insensatez y la obsolescencia, en ese 2020 tan severo, tan grave, que no se acabó sino que simplemente se volvió el 2021?
 
En el 2020, “año bisiesto, año siniestro”, fue evidentísimo que luego de siglos y siglos de “sálvese quien pueda” la solidaridad no era más un ideal, sino una necesidad, una exigencia: la solidaridad era lo práctico y lo que nos iba a sacar a todos adelante. Pero que haya sido obvia la solución no significa, de ninguna manera, que los defensores del viejo mundo se hayan hecho a un lado como vaqueros que se dirigen silbando hacia el poniente: la perpetua campaña presidencial que se hace aquí en Colombia continuó siendo, año y medio antes de las elecciones, una guerra sucia de tiempos de redes; Duque y su recua en contra del propio Duque siguieron hablando contra la JEP y contra los acuerdos de paz con las Farc hasta la última oportunidad del año; Trump no se largó así como así, a pesar de haber perdido por 74 votos electorales y siete millones de votos populares, sino que se negó a aceptar la derrota y lanzó su grito de guerra para sacar a las calles a sus barras bravas: ¿cómo poner en cintura un mundo cuyo combustible no es ya el petróleo sino la mentira?
 
Más que nunca es urgente tomar las riendas de uno mismo, repensarse, reafirmarse en las vocaciones y en los servicios que se le han estado prestando a los otros, con la esperanza de que aquella actitud –como un giro de una trama– sea también la de tantas sociedades que han dejado sus suertes en las manos de los políticos, y según los astrólogos y según lo que ha venido sucediéndonos en las narices el 2021 es un año fundamental para defender la democracia de aquellos que quieren escriturársela, pero de ninguna manera buscan asumir las responsabilidades. Pongo un ejemplo: para mí es verdaderamente increíble que, como me decía el otro día mi vecino el coronel Carlos Velásquez, este Gobierno tan flojo no se dé cuenta de lo peligrosa y lo grave que ha sido desde siempre su vocación a reducir el conflicto armado interno a problema del Ejército Nacional.
 
Que se haya echado atrás la transformación de esa doctrina de respaldar la paz política, como dándole de nuevo al Ejército la vieja orden de apagar el fuego con fuego “y que yo no me entere”, es un ejemplo de cómo ese país del pasado sigue resistiéndosele a la cultura exasperante –pero pacífica– del diálogo.
(...)
 
*Artículo completo publicado en la edición impresa de enero de 2021.